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« La lógica de la extracción »

March 18, 2026

Ricardo F. Morín
Serie Triangulación Nº 2
37″ x 60″ x 2″
Óleo sobre lino
2006

Ricardo F. Morín

10 de Marzo de 2026

Oakland Park, Florida

1

Las sociedades modernas describen el progreso mediante un vocabulario de invención y expansión.  Sin embargo, las consecuencias que con frecuencia se observan en la vida económica surgen de arreglos institucionales que preceden a las propias innovaciones.

Las nuevas tecnologías aparecen como descubrimientos; los mercados aparecen como oportunidades; el crecimiento aparece como el resultado natural del ingenio humano.  Este lenguaje crea una imagen del desarrollo que enfatiza la creatividad mientras oculta una estructura más duradera que se encuentra debajo.  Los gobiernos, las autoridades jurídicas y las instituciones comerciales rara vez inician sistemas de crecimiento económico únicamente a partir de la invención.  Comienzan cuando las instituciones convierten condiciones que antes pertenecían a la vida humana compartida en recursos que pueden poseerse, medirse e intercambiarse.

La tierra se convierte en propiedad; el trabajo se convierte en trabajo asalariado; el conocimiento se convierte en datos.  Los ríos que antes suministraban agua libremente a las comunidades cercanas ahora aparecen en los mercados financieros como activos negociables.  Cada transformación amplía el campo de la actividad económica porque reorganiza lo que anteriormente era común.  La narrativa del progreso celebra la innovación que sigue a esta conversión; sin embargo la expansión suele depender primero de la extracción que hizo posible esa innovación.  El desarrollo económico se despliega por lo tanto mediante un acto institucional recurrente:  la conversión de condiciones compartidas en sistemas organizados de propiedad.

2

La primera gran transformación ocurrió cuando la tierra y el trabajo entraron en los sistemas económicos modernos como mercancías.  Las sociedades anteriores cultivaban la tierra y organizaban el trabajo mediante obligaciones locales, derechos consuetudinarios y prácticas comunales.  Las economías modernas introdujeron un arreglo diferente.  Los sistemas jurídicos definieron la tierra como propiedad transferible; esta definición permitió que haciendas, plantaciones y sitios industriales circularan dentro de los mercados.

La producción industrial también requirió un suministro estable de trabajo que pudiera medirse y compensarse en términos monetarios.  Los contratos salariales cumplieron ese requisito.  Los trabajadores intercambiaron horas de esfuerzo por ingresos; los empleadores calcularon la producción mediante unidades previsibles de trabajo.

Esta reorganización institucional creó la base del crecimiento industrial.  Las fábricas y la agricultura comercial no dependían únicamente de la maquinaria; dependían también de sistemas jurídicos y económicos que convirtieron la tierra y el trabajo en insumos capaces de sostener una producción continua.  La Revolución Industrial se expandió por lo tanto no sólo mediante la invención sino también mediante la reorganización sistemática de los recursos humanos y naturales en instrumentos económicos.

3

La expansión industrial pronto exigió recursos que iban más allá de la tierra y el trabajo.  Las fábricas requerían fuentes concentradas de energía capaces de sostener la producción mecánica a gran escala.  El carbón proporcionó la primera solución; el petróleo siguió con una eficiencia aún mayor.

Las industrias extractivas surgieron para suministrar estos combustibles.  Las compañías mineras desarrollaron tecnologías capaces de extraer carbón de capas geológicas profundas; las empresas petroleras perforaron pozos que alcanzaron depósitos bajo tierra y mar.  Ferrocarriles, oleoductos y rutas marítimas conectaron estos sitios de extracción con los centros industriales.

Los gobiernos y las corporaciones aseguraron el acceso a estos recursos mediante acuerdos territoriales, concesiones de perforación y alianzas estratégicas que protegían rutas marítimas e infraestructura energética.  Las potencias industriales negociaron derechos de perforación y controlaron corredores marítimos que transportaban combustible hacia fábricas y ciudades.  Estos arreglos vincularon territorios distantes con las demandas energéticas de las sociedades industriales en expansión.  La energía se convirtió en la sustancia que sostenía las economías industriales; el control de los flujos energéticos se convirtió en una medida de influencia geopolítica.  La expansión económica dependió por lo tanto no sólo de la invención técnica sino también de la capacidad de los Estados para organizar y proteger sistemas de extracción de recursos a través de las fronteras nacionales.

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A finales del siglo XX apareció una transformación que parecía apartarse de este patrón material.  Las redes digitales crearon entornos en los que la actividad humana podía registrarse, almacenarse y analizarse.  Las empresas que operaban estas redes pronto reconocieron que la información generada por la interacción cotidiana poseía valor económico.

Las búsquedas, las compras en línea, los intercambios sociales, las señales de ubicación y los historiales de navegación formaron registros detallados del comportamiento.  Las plataformas digitales desarrollaron algoritmos capaces de procesar estos registros e identificar patrones dentro de ellos.  Los sistemas publicitarios utilizaron esos patrones para relacionar productos con consumidores probables; las empresas compraron acceso a esas predicciones porque buscaban aumentar las ventas.

Las personas que buscan información, se comunican con amigos o se desplazan por las ciudades rara vez perciben que estas acciones ordinarias generan los flujos de datos que sostienen los mercados digitales.  Estos sistemas parecen impersonales; sin embargo siguen siendo construcciones humanas.  Ingenieros diseñan las plataformas, legisladores autorizan los marcos jurídicos que permiten la recolección de datos, e inversionistas financian la infraestructura que organiza esta información en ganancias.  La autoridad del sistema descansa por lo tanto en decisiones tomadas por actores identificables que participan en su funcionamiento.  El comportamiento humano se convierte en un recurso medible dentro de la economía digital, y la actividad cotidiana entra en sistemas de cálculo que transforman la experiencia ordinaria en insumo económico.

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La inteligencia artificial extiende este sistema informacional hacia un nuevo dominio.  Los sistemas de aprendizaje automático requieren vastas colecciones de lenguaje, imágenes y actividad registrada.  Los desarrolladores reúnen estos materiales mediante grandes conjuntos de datos que recopilan expresión escrita, material visual y rastros de comportamiento provenientes de numerosas fuentes.

Periódicos, libros, fotografías, investigaciones académicas y conversaciones en línea se convierten en material de entrenamiento para estos sistemas.  Los procesos computacionales analizan estos materiales y ajustan parámetros internos hasta que emergen patrones reconocibles de lenguaje o percepción.  Los modelos resultantes parecen generar conocimiento de manera independiente; sin embargo su estructura depende de las expresiones humanas que formaron el material de entrenamiento.

La actividad intelectual colectiva se convierte por lo tanto en la sustancia a partir de la cual los sistemas de inteligencia artificial derivan sus capacidades.  Las empresas que controlan estos sistemas poseen la arquitectura mediante la cual este conocimiento se transforma en inteligencia computacional.  La creatividad humana permanece como origen; los sistemas propietarios gobiernan el acceso a las capacidades resultantes.

6

La aparente inmaterialidad de este entorno digital oculta una base física sustancial.  La computación requiere hardware capaz de conducir electricidad, almacenar información y realizar cálculos complejos.  Estos dispositivos dependen de minerales extraídos de la tierra.

El cobre conduce la corriente eléctrica a través de circuitos y líneas de transmisión.  El litio y el cobalto estabilizan baterías que alimentan sistemas portátiles.  Los elementos de tierras raras crean imanes que operan dentro de turbinas y componentes electrónicos.  El silicio forma la base de la fabricación de semiconductores.

Las operaciones mineras extraen estos materiales de depósitos geológicos; las instalaciones de refinamiento los separan y procesan en formas utilizables; las plantas de fabricación los ensamblan en procesadores, sistemas de memoria y centros de datos.  La economía digital descansa por lo tanto sobre una cadena de producción material que se extiende desde la extracción mineral hasta la infraestructura computacional.

Los Estados compiten intensamente dentro de este sistema porque el control de las cadenas de suministro mineral influye en la capacidad tecnológica.  Los países ricos en cobre, litio y elementos de tierras raras negocian nuevas asociaciones con potencias industriales que requieren estos materiales.  El desarrollo tecnológico vuelve así a conectar la innovación digital con las realidades geopolíticas de la extracción de recursos.

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Los sistemas construidos sobre la extracción rara vez se presentan con ese lenguaje.  Los defensores de cada era tecnológica suelen describir el desarrollo como una progresión inevitable que ninguna sociedad puede alterar.  La industrialización llevó esa descripción; la dependencia del petróleo también la llevó; la expansión digital repitió la misma afirmación.  Expresiones como “el futuro digital no puede detenerse” o “la inteligencia artificial transformará todo” presentan los sistemas tecnológicos como resultados inevitables.

Esta descripción cumple una función importante.  Cuando un sistema parece inevitable, la crítica de su estructura pierde urgencia.  La discusión pública se desplaza desde el examen de cómo las instituciones organizan los recursos hacia la adaptación al sistema que esas instituciones ya han creado.

Los ciudadanos repiten estas expresiones en la discusión pública y en la conversación privada; al hacerlo refuerzan la apariencia de que los sistemas tecnológicos operan más allá de la elección humana.  Esta repetición libera a los individuos de la carga de cuestionar las estructuras que gobiernan la vida económica y permite que los sistemas de extracción continúen sin un escrutinio sostenido.  Sin embargo los sistemas tecnológicos no surgen independientemente de decisiones políticas.  Los gobiernos establecen derechos de propiedad, regulan industrias y autorizan estructuras de inversión.  Las empresas diseñan plataformas, infraestructuras y mercados que canalizan recursos hacia sistemas de producción.  La narrativa de la inevitabilidad oculta estos arreglos y alienta a las sociedades a aceptar los sistemas tecnológicos como desarrollos naturales en lugar de instituciones moldeadas por decisiones deliberadas.

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La secuencia histórica revela un patrón recurrente.  Cada etapa del crecimiento moderno identifica condiciones de la vida que las instituciones pueden reorganizar como recursos económicos.  La tierra, el trabajo, la energía, la información y el conocimiento han entrado en esta secuencia en distintas épocas.

Estos recursos se originan dentro del entorno compartido de la sociedad humana y del mundo natural.  Las comunidades cultivan la tierra; los trabajadores aplican habilidad y esfuerzo; las generaciones contribuyen conocimiento y expresión.  Las instituciones económicas establecen mecanismos que reorganizan estas condiciones compartidas en sistemas de propiedad.  El derecho de propiedad asigna control sobre la tierra; la infraestructura industrial organiza el trabajo y la energía; las plataformas digitales recopilan información conductual; los sistemas computacionales ensamblan el conocimiento humano en modelos propietarios.

La tensión dentro de este proceso se vuelve visible cuando el recurso no puede describirse plausiblemente como de origen privado.  El agua ofrece el ejemplo más claro.  Ningún individuo la produce y toda sociedad depende de ella.  Sin embargo los sistemas financieros y jurídicos tratan cada vez más el acceso al agua como un activo que puede poseerse, negociarse o controlarse mediante estructuras de inversión.  Cuando las instituciones transforman un recurso tan evidentemente común en un vehículo de propiedad, la separación entre origen y control se vuelve inconfundible.

Las instituciones económicas no operan separadas de la autoridad política.  Los Estados establecen los marcos jurídicos que transforman los recursos comunes en sistemas de propiedad y producción.  A través de estos marcos los gobiernos conceden acceso a la tierra, la energía, la información y la infraestructura tecnológica.  Estos arreglos generan riqueza para las empresas y los inversionistas que operan dentro de ellos; también fortalecen la posición estratégica de los Estados que supervisan estos sistemas.

Las comunidades políticas se enfrentan por lo tanto a una responsabilidad difícil.  Deben decidir si los recursos que sostienen la vida colectiva permanecen sujetos a la autoridad pública o se convierten en instrumentos de propiedad concentrada.

Los gobiernos suelen tratar los recursos comunes no sólo como fundamentos de la actividad económica sino también como instrumentos de ventaja geopolítica.  Estados rivales compiten para asegurar el control de estos recursos y de las industrias que dependen de ellos.  Las disputas ideológicas acompañan esta competencia; sin embargo la estructura subyacente permanece similar entre sistemas rivales.  La prosperidad y la influencia surgen de instituciones que convierten recursos comunes en formas concentradas de riqueza y autoridad.

Las sociedades modernas continúan persiguiendo la innovación y la expansión; la historia de su desarrollo muestra que el crecimiento ha dependido repetidamente de esta conversión.  El progreso amplía la producción y el conocimiento; sin embargo con frecuencia separa la propiedad de los recursos comunes que hicieron posible esa expansión.  La pregunta duradera es si las sociedades pueden sostener el avance mientras mantienen la alineación entre los recursos que pertenecen a todos y los sistemas que gobiernan su uso.