Escritos con años de diferencia, « Intervalos » y « Memorias » reflejan diferentes momentos de ajuste. Cada uno se sostiene por sí solo.
Ricardo Morín, 14 de septiembre del 2016, Nueva York, NY
Somos espejos de las personas en nuestra vida, y a través de ellas nos conocemos a nosotros mismos. Cuando te veo, también me veo a mí mismo. Ser vulnerable es admitir nuestros miedos y limitaciones. Crecer es aceptarlos, y también otras cosas, incluso que nos movemos al ritmo de un universo diverso y caótico. El infinito es vasto y el tiempo cambiante pierde su influencia.
El envejecimiento forma parte del ciclo que nos da nacimiento y muerte. Estas son expresiones de la vida. A cada instante terminamos y comenzamos de nuevo. Renunciamos a nuestras ambiciones para vivir el presente. Nuestra mente se resiste y se aferra a la idea de independencia, de que puede recrearse incluso a sí misma.
Sin embargo, el universo es un todo y nosotros somos parte de él. Somos libres como personas, pero nunca estamos separados de lo que nos rodea. La soledad puede ser inherente a nosotros y la mente puede estar exiliada, pero ninguna barrera nos separa del todo.
… Repensar la identidad y la pertenencia en la vida cívica »
Por Ricardo Morín
Julio de 2025
Ricardo Morin Silence III 22’ x 30” Watercolor, graphite, gesso, acrylic on paper 2010
Resumen
Este ensayo examina las tensiones morales y cívicas entre la identidad y la pertenencia democrática. Si bien la afirmación de una identidad cultural, étnica o política puede ofrecer dignidad y solidaridad, también puede cristalizar en límites excluyentes. El ensayo sostiene que las democracias liberales deben encontrar formas de reconocer la diferencia sin permitir que esta degrade los compromisos compartidos: los derechos de igualdad, el reconocimiento mutuo y el imperio de la ley. A partir de la reflexión histórica y la lucidez filosófica, se propone una imaginación cívica que resista el reduccionismo y abra espacio a la complejidad plena de la vida humana.
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« Líneas que dividen: Repensar la identidad y la pertenencia en la vida cívica »
La idea de un pueblo significa más que una humanidad compartida: evoca un sentido de pertenencia moldeado por la cultura, la memoria y el reconocimiento mutuo. En su mejor forma, designa los lazos que unen a los individuos con comunidades, tradiciones y aspiraciones más grandes que ellos mismos. Pero cuando la frase mi gente se convierte en un marcador de separación o de propiedad sobre la cultura, el sufrimiento o la verdad, corre el riesgo de reforzar las divisiones que nuestros marcos cívicos y legales buscan precisamente superar. Lo que comienza como una afirmación de identidad puede transformarse con facilidad en una postura excluyente. La escuchamos en momentos de dolor, orgullo o miedo: “Tú no lo entenderías—tú no eres de los nuestros.” A veces eso es cierto. Pero cuando el lenguaje de la pertenencia se endurece hasta convertirse en una negativa a escuchar o una excusa para no importar, deja de ser refugio y se vuelve muro.
A lo largo de la historia, las identidades colectivas—nacionales, raciales, religiosas o políticas—han sido fuentes tanto de solidaridad como de división. La identidad puede servir para recuperar la dignidad y afirmar la visibilidad frente a la marginación, pero también contiene las semillas de la separación. La línea entre afirmación y alienación es peligrosamente delgada. La misma identidad que enaltece a una comunidad puede transformarse en un límite que aísla a las demás. Es un arma de doble filo: capaz de sanar o herir, según cómo se la utilice.
El proyecto democrático moderno descansa sobre un equilibrio delicado: debe reconocer la diferencia sin abandonar la igualdad. Las democracias liberales se basan en la idea de que todos los individuos, independientemente de su afiliación grupal, poseen derechos iguales ante la ley. Es un principio que se enseña desde la infancia, muchas veces antes de ser comprendido del todo: la sensación de que las reglas deben ser justas, de que ser excluido o juzgado antes de ser conocido está mal. Esa intuición moral temprana se refleja en las promesas constitucionales, que existen no solo para representar a las mayorías, sino para proteger la dignidad de cada persona, especialmente cuando forma parte de una minoría—por creencia, por origen o por circunstancia.
El objetivo no es borrar la identidad, sino evitar que se convierta en el único eje sobre el cual se midan los derechos, el valor o la participación. Cuando la identidad se transforma en la moneda principal de la pertenencia, corremos el riesgo de convertir la ciudadanía en una competencia de agravios, en la que el reconocimiento se otorga solo a costa de otros.
Este problema no es abstracto. Lo vemos a diario en el discurso público, donde los llamados a la identidad a menudo eclipsan los llamados al principio. La frase mi gente puede utilizarse para reclamar una herida histórica, una superioridad moral o una autoridad cultural—pero también puede insinuar exclusión, como si otros quedaran fuera de ese círculo moral. El peligro está en lo no dicho: ¿quién no está incluido en mi gente? ¿Quién pasa a ser ellos?
Estas dicotomías—nosotros contra ellos—aplanan la complejidad de las relaciones humanas y oscurecen nuestra interdependencia mutua. En realidad, ninguna comunidad existe en aislamiento. Nuestras economías, instituciones y ecosistemas están íntimamente entrelazados. El derecho está diseñado para reflejar esa interdependencia, concediendo derechos de manera universal, no tribal. Pero cuando la identidad se convierte en el filtro a través del cual se exige o se niega la justicia, el imperio de la ley se debilita. La justicia deja de ser ciega y se vuelve sirviente de intereses faccionales.
Esto no significa que debamos abandonar el lenguaje de la identidad. La especificidad cultural e histórica importa. Borrarla en nombre de la unidad corre el riesgo de otra forma de injusticia: el silenciamiento de experiencias vividas. La solución no es rechazar la identidad, sino contextualizarla—comprenderla como una parte de la condición humana, no como la totalidad del valor o la posición moral de una persona.
Para avanzar, debemos hacernos una pregunta difícil: ¿podemos reconocer la identidad sin permitir que se endurezca en división? ¿Podemos afirmar las diferencias culturales o históricas mientras construimos instituciones y relaciones lo suficientemente amplias como para incluir a quienes no se parecen a nosotros?
Lograrlo exige más que tolerancia. Requiere imaginación cívica—una que conciba la solidaridad no como uniformidad, sino como el compromiso de convivir con dignidad a través de las diferencias. Significa ver a los demás no como representantes de un grupo, sino como individuos con derechos, necesidades y aspiraciones iguales a los nuestros. Significa recordar que nadie puede ser plenamente conocido por un solo rasgo, historia o pertenencia—ni siquiera nosotros mismos. Cada uno lleva contradicciones: ternura junto al prejuicio, lealtad enredada con rencor, el deseo de ser visto y el temor de ser expuesto. Honrar nuestra humanidad compartida implica hacer espacio para esa complejidad—no para justificar el daño, sino para entender que la vida moral comienza no con la certeza, sino con la humildad.
En última instancia, el desafío de nuestro tiempo no es simplemente reconocer la diferencia, sino vivir con ella de forma constructiva. La verdadera prueba de una sociedad pluralista no está en cuán fuerte proclame la diversidad, sino en cuán equitativamente distribuya la pertenencia. Para lograrlo, debemos pasar de mi gente a nuestra gente—no como negación de la identidad, sino como un compromiso compartido, más profundo, con el frágil experimento de la convivencia.
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Bibliografía anotada
Appiah, Kwame Anthony: The Lies That Bind: Rethinking Identity. Nueva York: Liveright, 2018. (Explora cómo se construyen, mantienen y manipulan identidades como la raza, la religión o la nación—y propone una ética más flexible y cosmopolita.)
Arendt, Hannah: The Human Condition. Chicago: University of Chicago Press, 1958. (Analiza la naturaleza de la vida política y la pluralidad, fundamentando la pertenencia cívica en el espacio compartido de acción y palabra, en lugar de identidades fijas.)
Benhabib, Seyla: The Claims of Culture: Equality and Diversity in the Global Era. Princeton: Princeton University Press, 2002. (Defiende los derechos humanos universales reconociendo la legitimidad de las demandas culturales—y propone un modelo de iteraciones democráticas.)
Fukuyama, Francis: Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2018. (Describe el auge global de la política identitaria y su impacto sobre las instituciones democráticas, abogando por recentrar los valores cívicos compartidos.)
Glazer, Nathan y Daniel P. Moynihan: Beyond the Melting Pot: The Negroes, Puerto Ricans, Jews, Italians and Irish of New York City. Cambridge, MA: MIT Press, 1963. (Estudio sociológico clásico que muestra cómo las identidades étnicas persisten y moldean la pertenencia urbana a lo largo de generaciones, de maneras complejas y contradictorias.)
Hooks, bell: Yearning: Race, Gender, and Cultural Politics. Boston: South End Press, 1990. (Critica formas excluyentes de política identitaria y aboga por solidaridades que atraviesen las fronteras de raza, género y clase.)
Ignatieff, Michael: Blood and Belonging: Journeys into the New Nationalism. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 1994. (Reflexiones personales y políticas sobre el nacionalismo en la era post-Guerra Fría, advirtiendo del peligro moral de definir la pertenencia según la ascendencia.)
Rawls, John: Political Liberalism. Nueva York: Columbia University Press, 1993. (Presenta una teoría de la justicia basada en un consenso superpuesto, más que en una identidad compartida, y defiende la estabilidad en sociedades pluralistas.)
Taylor, Charles: Multiculturalism: Examining the Politics of Recognition. Editado por Amy Gutmann. Princeton: Princeton University Press, 1994. (Sostiene que el reconocimiento de la identidad cultural es vital para la dignidad individual, pero debe equilibrarse dentro de un marco liberal justo.)
Wiesel, Elie: Nobel Peace Prize Lecture. Oslo: Nobel Foundation, 1986. (Reflexión moral profunda sobre la solidaridad humana, la memoria y la responsabilidad de resistir la indiferencia—invocando la identidad sin caer en la exclusión.)
Díptico Silencioso por Ricardo Morín Técnica: Óleo sobre lino Dimensiones: 45,7 × 71,1 × 1,9 cm Año: 2010
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Prólogo
Díptico Silencioso no es una ilustración, sino una resonancia—una meditación sobre el silencio, no como vacío, sino como un estado de receptividad. Es el espacio donde el juicio se disuelve, donde la conexión humana persiste entre las palabras, donde el significado se siente más que se expresa. En su quietud, sostiene lo que permanece irresuelto. Hay silencios apacibles. Otros, en cambio, están cargados de historia.
RFMT
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Nuestra cena temprana siguió a una función matinal de Parade, un musical impregnado de historia, de indignidad, del peso de una vida arrebatada y de un veredicto que aún pendía sin resolución. En la mesa, hablamos de Leo Frank, el judío linchado en Georgia hace un siglo—indultado décadas después, pero nunca absuelto. Su verdadero asesino jamás fue perseguido.
Éramos seis en la mesa. Tres de nosotros éramos judíos. Comprendían, de un modo que los demás solo podíamos reconocer pero nunca encarnar del todo, el dolor particular de ser convertido en chivo expiatorio. Los otros simpatizaban, pero no podían sentir la misma alienación—no en la médula, no en esa forma heredada en la que la historia se imprime en unos más que en otros.
Era una conversación densa, pero no triste. Hablábamos con la claridad que llega cuando los hechos llevan mucho tiempo asentados, pero sus ecos persisten.
Entonces, la interrupción:
La mujer en la mesa de al lado se volvió hacia nosotros con una pregunta, su voz atravesando con facilidad nuestra conversación.
—¿Dónde están las chicas?
Miré a mis compañeros, los seis cómodamente instalados en la familiaridad del grupo.
—¿Qué chicas? —pregunté, sin acritud.
Ella parpadeó, como si esperara que la respuesta fuese evidente.
—Ya estamos casados entre nosotros —dije.
Se giró sin decir nada más.
No era necesario detenerse en ello. El momento era conocido. Un encuentro menor, el tipo de episodio que apenas registrábamos después de años de saber exactamente cómo el mundo podía inclinarse ante nuestra presencia.
Para desviar la conversación, dije:
—Freud diría que todas las relaciones son intentos de resolver asuntos pendientes con nuestros padres.
Alguien sonrió con ironía. Un tenedor se posó en el plato. Un instante de silencio, no de incomodidad, sino de reflexión.
—Los hombres con sus padres, las mujeres con sus madres —continué.
Las respuestas fueron variadas. Aprobación. Desvíos. Un cambio de tono. Algunos hablaron de no haber cumplido las expectativas de sus padres. Otros, de odio. Otros, de desapego. Algunos, de nada en absoluto.
Mencioné a mi padre. Su certeza de que nosotros, sus hijos, no sabríamos sobrevivir sin él. Se refería, por supuesto, a lo económico. Su generación tenía su propia concepción de lo que significaba perdurar.
—¿Cuántos hermanos tienes? —preguntó alguien.
—Cinco —respondí—. Incluyendo a mi hermana menor, que acaba de fallecer.
Una pausa.
—Era angelical.
—Sesenta y nueve.
Hubo simpatía, cálida e inmediata. Un momento sostenido el tiempo justo.
Y luego, como si fuese natural, la conversación viró—con facilidad, instintivamente. Hacia el teatro. Hacia los Premios Tony. Hacia la vida y el talento de voces que se han ido, pero que quedaron para siempre registradas.
En la mesa contigua, la mujer reía ahora, el momento entre nosotros ya olvidado de su lado.
Y nosotros también reíamos—por algo más liviano, algo que no pedía ser examinado demasiado de cerca.
El momento permaneció, inadvertido, pero no olvidado.
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Epílogo
Como la pintura, el momento persistió—no exigiendo resolución, sino esperando, en silencio, a ser comprendido. El peso de la historia, las sutilezas del sentido de pertenencia, las pausas en la conversación donde la verdad se siente, pero no se dice.
El silencio, al final, nunca está vacío. Es el espacio donde todo permanece.