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« Retrato de un Presidente: Serie III »

January 9, 2026
Ricardo F. Morín
Retrato de un presidente III
Acuarela, gouache, tinta negra y corrector blanco sobre papel
35,5 x 51 cm
2003

Ricardo F. Morín

7 de enero de 2026

Oakland Park, Fl.

1.

El momento presente no se manifiesta como una crisis de ideología, sino como una crisis de secuencia.  Lo que se pone a prueba no es el contenido de los principios declarados, sino el orden en el que autoridad, revisión y justificación llegan a producirse.  Las decisiones avanzan antes de que se hayan formulado las condiciones que normalmente las autorizarían, y se espera que la coherencia siga a la acción en lugar de gobernarla.  Esta inversión no elimina la ley, las instituciones ni la legitimidad.  Las desplaza.  Aquello que antes determinaba si una acción debía proceder ahora interviene después de que la acción ya ha sido declarada.

2.

En Venezuela, esta inversión se hace visible a través de la creciente separación entre legitimidad y autoridad ejecutable.  La victoria electoral, la credibilidad moral y el reconocimiento internacional continúan existiendo, pero ya no determinan quién es considerado operable.  La interacción se orienta hacia quienes son capaces de imponer cumplimiento en el tiempo presente.  La autoridad no se identifica por mandato, sino por continuidad con los mecanismos administrativos, financieros y coercitivos que aún ejercen control.  El efecto no es confusión, sino selección.  Quienes pueden ofrecer resultados inmediatos son elevados como interlocutores independientemente de su historial ético, mientras que quienes poseen legitimidad sin capacidad inmediata de imposición quedan relegados.

3.

Esta preferencia ha sido formulada a través de evaluación y no de insinuación.  Informes relativos a una sesión informativa clasificada presentada a Donald Trump indican que los servicios de inteligencia estadounidenses concluyeron que figuras procedentes del aparato existente del madurismo estaban mejor posicionadas para asumir el control en caso de la salida de Maduro.  La vicepresidenta Delcy Rodríguez fue identificada no por su legitimidad democrática o credibilidad pública, sino por su continuidad con los mecanismos administrativos, financieros y extractivos que continúan operando dentro del Estado.  Su experiencia en la supervisión del sector petrolero y en la interlocución directa con actores comerciales fue considerada como una señal de fiabilidad operativa más que de legitimidad política.  Lo que se evaluaba no era el carácter, sino la capacidad de imposición.  La implicación criminal no descalificó; indicaba dominio sobre los sistemas a través de los cuales puede imponerse cumplimiento.  En contraste, las figuras opositoras cuya autoridad derivaba de legitimidad electoral pero carecían de control inmediato sobre dichos mecanismos fueron consideradas no operables.  La selección privilegió la negociabilidad bajo presión.

4.

Este modo de selección no se limita a un solo escenario ni a un momento específico.  Reaparece allí donde la autoridad se ejerce antes de que exista coordinación.  La operatividad prevalece sobre la cualificación normativa.  La autoridad se deriva de la capacidad de transaccionar, imponer y estabilizar resultados en marcos temporales comprimidos.  La legitimidad es reconocida, pero no determina la interlocución.  Lo que gobierna es la capacidad de actuar de inmediato y de absorber las consecuencias con posterioridad.

5.

La misma inversión se manifiesta en Ucrania bajo condiciones distintas.  Declaraciones públicas que afectan a la asistencia militar, la postura diplomática y la negociación han sido emitidas sin coordinación previa con aliados o con las instituciones encargadas de la planificación y la revisión.  Estas declaraciones no aclaran el rumbo con antelación; obligan a responder a posteriori.  Los aliados recalibran compromisos una vez que las consecuencias ya están en marcha.  La planificación sigue a la afirmación.  La coordinación se ajusta al anuncio.  La cuestión no es si existe apoyo, sino si sus términos se introducen antes o después de los procesos que normalmente deberían regirlos.

6.

Este ordenamiento también es visible dentro del propio sistema estadounidense.  En múltiples ocasiones a lo largo de varios años, Donald Trump ha actuado sobre la base de garantías emitidas por Vladimir Putin a pesar de la existencia de evaluaciones contrarias producidas por las agencias de inteligencia de Estados Unidos.  Dichas instituciones no fueron desmanteladas ni silenciadas.  Los informes continuaron.  El análisis persistió.  Lo que cambió fue su posición temporal.  La inteligencia dejó de gobernar si una acción debía proceder y pasó a reconciliarse con compromisos ya asumidos.  La verificación quedó rezagada frente a la afirmación.  Las agencias diseñadas para anticipar riesgos se vieron obligadas a gestionar consecuencias que no habían autorizado.

7.

Una vez que este orden se vuelve perceptible, no permanece confinado a los responsables de la toma de decisiones.  Instituciones, aliados y adversarios ajustan su comportamiento en consecuencia.  Los actores diplomáticos tratan las declaraciones públicas como operativas incluso cuando su durabilidad es incierta.  Las agencias encargadas de la planificación modelan escenarios en torno a posiciones que pueden cambiar sin previo aviso.  Los aliados vacilan entre esperar aclaraciones o actuar para proteger su propia exposición.  Los adversarios no son instruidos por políticas declaradas, sino por la secuencia demostrada:  que los compromisos pueden preceder a la revisión, que las rectificaciones pueden seguir a la afirmación y que la coherencia no puede darse por supuesta.

8.

Lo que emerge no es parálisis, sino recalibración.  Los sistemas continúan funcionando al absorber la volatilidad como condición permanente.  La estabilidad ya no se produce mediante la previsibilidad, sino mediante la capacidad de ajustarse rápidamente a decisiones introducidas antes de que se hayan fijado sus términos rectores.  Esta adaptación no resuelve la inversión; la normaliza.  La gobernanza continúa, pero su fuerza coordinadora se debilita.  El movimiento persiste sin medida.

9.

La consecuencia de este patrón incide directamente en la relación entre autoridad y legitimidad.  La legitimidad continúa articulándose a través de elecciones, alianzas y reconocimiento formal.  La autoridad, en cambio, se ejerce mediante la inmediatez:  la capacidad de poner en marcha términos a los que otros deben adaptarse.  Esto no anula la legitimidad; la relega.  La autoridad deja de requerir justificación para operar.  La legitimidad sobrevive como lenguaje, mientras la autoridad se consolida a través de la secuencia.

10.

Cuando la autoridad se ejerce con independencia de la legitimidad, la gobernanza puede seguir funcionando, pero deja de persuadir.  Las decisiones se desplazan no porque sean aceptadas, sino porque ya están en curso.  La revisión se convierte en acomodación.  La ley pasa a explicar después de la acción en lugar de orientar antes de ella.  El riesgo aquí no es la ausencia de legalidad, sino el desplazamiento.  La restricción permanece formalmente intacta mientras pierde su capacidad de gobernar el tiempo.

11.

Esta condición no desemboca en un colapso inmediato.  Persiste.  Los sistemas constitucionales presuponen cooperación sin poder imponerla de antemano.  Dependen de una contención ejercida de manera voluntaria, secuencial y, a menudo, en contra del interés inmediato.  Cuando esa contención se debilita, las instituciones permanecen en pie, pero pierden su fuerza coordinadora.  La autoridad llena el vacío dejado por la cooperación, a menudo en nombre de la continuidad.  Lo que persiste es una gobernanza sin convergencia, poder sin persuasión y acción sin medida estable.