Ricardo F. Morín Ventana I 8” x 10” Acuarela y tinta sobre papel 2003
Ricardo F. Morín
18 de febrero, 2026
Oakland Park, Fl
1 La mayoría de las personas reconoce primero la vulnerabilidad no mediante una reflexión abstracta, sino cuando las funciones ordinarias cambian. El sueño se fragmenta. El movimiento requiere cálculo. La atención se desplaza hacia señales que antes pasaban inadvertidas. La vida humana no comienza desde la estabilidad sino desde la exposición. El cuerpo existe dentro de condiciones que no controla plenamente y debe adaptarse de manera continua a fuerzas que exceden la intención. La vulnerabilidad no es una excepción sino una condición estructural de estar vivo. El bienestar no elimina esta condición. Reorganiza la manera en que uno vive dentro de ella.
2 Los intentos de explicar la sanación suelen apoyarse en narrativas simplificadas de control, positividad o purificación emocional. Tales narrativas pasan por alto la complejidad mediante la cual los sistemas biológicos se regulan a sí mismos. Las hormonas, las vías neuronales, las respuestas inmunológicas y los patrones conductuales operan mediante retroalimentación más que por mandato. El organismo se ajusta a través de la interacción y no mediante un dominio absoluto. Comprender esta distinción permite ver la sanación menos como conquista sobre la enfermedad y más como participación en un proceso continuo de regulación.
3 Las prácticas mentales como la meditación, la visualización o la respiración estructurada pueden influir en los estados fisiológicos. Su valor no reside en eliminar la dificultad sino en modificar cómo la percepción interactúa con la respuesta corporal. La atención puede cambiar la tensión, los patrones respiratorios pueden modificar las respuestas autonómicas y el encuadre emocional puede influir en cómo se interpretan las señales de estrés. Estas prácticas no sustituyen las realidades biológicas. Operan dentro de los procesos fisiológicos existentes.
4 Muchas discusiones sobre la vida emocional recurren a un lenguaje familiar acerca del resentimiento o la ira sin examinar cómo funcionan tales patrones en la práctica. La fijación emocional estrecha la percepción porque reduce el rango de interpretaciones posibles disponibles para la mente. Cuando la atención se vuelve rígida, el cuerpo suele reflejar esa rigidez mediante contracción muscular, alteraciones respiratorias o interrupciones del sueño. Reconocer esto no niega agravios legítimos. Aclara cómo los patrones cognitivos sostenidos moldean la experiencia fisiológica.
5 La sanación también debe reconocer límites. No toda enfermedad puede rastrearse hasta un origen emocional y no todo sufrimiento ofrece explicación. La variabilidad biológica, la exposición ambiental y la herencia genética generan resultados que no pueden reducirse a intención o creencia. La humildad surge al reconocer que la ausencia de explicación no invalida la búsqueda de significado, pero tampoco lo garantiza.
6 La tecnología médica contemporánea introduce una dimensión adicional en este panorama. Los sistemas adaptativos capaces de medir la actividad neural y ajustar la estimulación en tiempo real demuestran que la regulación nunca ha sido estática. El sistema nervioso funciona mediante bucles continuos de retroalimentación. Las tecnologías de neuromodulación de circuito cerrado revelan este principio al hacer visible y medible el ajuste. En lugar de bloquear el dolor por completo, tales sistemas alteran la forma en que las señales se transmiten e interpretan, permitiendo que el cuerpo reorganice patrones que se han fijado a través de la tensión crónica.
7 La tecnología en este contexto no reemplaza al organismo. Participa junto a él. El dispositivo mide respuestas eléctricas, modifica la estimulación dentro de parámetros clínicos y favorece una adaptación gradual en lugar de la eliminación inmediata del malestar. Esto refleja una transformación más amplia en la medicina. La sanación implica cada vez más una colaboración entre sistemas biológicos y herramientas adaptativas externas. El límite entre la regulación interna y la asistencia tecnológica se vuelve relacional en lugar de oposicional.
8 Debido a este cambio, la mejoría puede aparecer de manera indirecta. Cambios funcionales como un sueño más constante, mayor movimiento o menor vacilación en las tareas cotidianas suelen surgir antes de que la percepción subjetiva del dolor cambie de forma significativa. El sistema nervioso aprende mediante la repetición a lo largo del tiempo y no mediante una resolución instantánea. Observar patrones durante días o semanas resulta más significativo que evaluar momentos aislados.
9 El lenguaje de la auto sanación requiere por lo tanto revisión. La sanación no implica independencia de la vulnerabilidad. Supone aprender a habitar la vulnerabilidad con mayor precisión, apoyado por prácticas, relaciones y tecnologías que amplían el rango de respuestas posibles. La fe, la meditación, la ciencia médica y la disciplina personal pueden contribuir, no como explicaciones competidoras sino como modos complementarios de relación con lo desconocido.
10 La experiencia por sí misma no proporciona significado último. El significado surge de cómo la experiencia se integra en la conciencia. Cuando la experiencia se trata como prueba de certeza, aparece la rigidez. Cuando la experiencia se sostiene como información y no como identidad, la adaptación permanece posible. El objetivo no es silenciar la mente ni eliminar la dificultad, sino permitir que la percepción permanezca lo suficientemente flexible para responder al cambio.
11 La sanación, entonces, no es puramente psicológica ni puramente tecnológica. Es la negociación continua entre organismo y entorno, percepción y fisiología, vulnerabilidad y adaptación. Las herramientas modernas pueden refinar esta negociación al ofrecer nuevas formas de retroalimentación, pero la condición subyacente permanece sin cambios. Los seres humanos continúan viviendo dentro de límites mientras desarrollan nuevas maneras de responder a ellos. La tarea no consiste en escapar de la vulnerabilidad sino en aprender a regularse dentro de ella.
El pragmatismo suele presentarse como realismo. Aparece como sobriedad, madurez y rechazo de la ilusión. Habla en el lenguaje de lo viable más que en el de lo deseable. Al hacerlo, el pragmatismo se distancia de la ideología, al tiempo que reproduce resultados ideológicos.
Con el tiempo, el pragmatismo deja de describir un método y comienza a funcionar como una postura. Se convierte en una forma de señalar seriedad. Los principios se reformulan como lujos y la convicción se recodifica como rigidez. Los límites éticos no se rechazan de forma explícita. Se tratan como impracticables.
Tras la resiliencia, el pragmatismo completa el giro de la resistencia hacia la aceptación. Donde la resiliencia pide adaptación, el pragmatismo pide acuerdo en que la adaptación es razonable. La aceptación se elogia como inteligencia y no como rendición. Objetar pasa a ser una señal de incomprensión del funcionamiento del mundo.
A medida que el pragmatismo se impone, las alternativas comienzan a estrecharse. Las opciones se reducen a lo que puede implementarse de inmediato. Lo posible cede su lugar a lo manejable. Lo que no puede ejecutarse dentro de las restricciones existentes se descarta como inviable.
El pragmatismo no niega los límites. Los aplaza. A nivel de justificación, se convierte en una forma de decir ahora no. La demora sustituye al rechazo. La postergación reemplaza al juicio. Ambas desplazan los límites de la decisión hacia el tiempo.
Las consecuencias de esta postura se distribuyen de manera desigual. Quienes están protegidos de los efectos suelen definir qué cuenta como pragmático. Quienes quedan expuestos deben vivir con la decisión. El pragmatismo desciende, mientras la consecuencia no asciende.
El pragmatismo gobierna por el tono más que por el argumento. Prefiere la calma a la urgencia y la compostura a la insistencia. La pasión se considera descalificante, mientras la contención se toma como prueba de razón. Así, el pragmatismo clausura el debate sin hacerlo de forma explícita.
Lo que el pragmatismo es, entonces, es un método para elegir entre opciones restringidas. Es una respuesta a la limitación. Es una herramienta.
Lo que el pragmatismo no es es una ética. No es una justificación para abandonar los límites. No es prueba de que lo disponible sea suficiente.
Ricardo F. Morín Proporciones áureas Cada obra: 22″ x 30″ = 66″ de alto x 30″ de ancho en total Acuarela sobre papel 2005
Ricardo F. Morín
9 de febrero de 20026
Oakland Park, Florida
Las estructuras financieras contemporáneas se presentan cada vez más de maneras difíciles de seguir con claridad. Los mecanismos se vuelven más estratificados. Las explicaciones más técnicas. Sin embargo, la lógica básica que gobierna el valor, el riesgo y la consecuencia se vuelve más difícil de ver. La confianza continúa siendo exigida incluso cuando la inteligibilidad disminuye.
Un sistema financiero permanece inteligible cuando ciertas realidades permanecen visibles. Estas incluyen cómo se produce el valor, cómo se mueve el dinero, dónde se acumula el riesgo y bajo qué condiciones ocurre el fracaso. Cuando estos elementos requieren descifrado especializado, la explicación pierde fundamento. El lenguaje multiplica detalles sin reducir la incertidumbre. La distancia reemplaza al entendimiento.
La apariencia y la sustancia comienzan a separarse. El vocabulario elaborado, el respaldo institucional y el encuadre tecnológico señalan sofisticación sin necesariamente aclarar resultados. Términos como “innovación” (innovation), “eficiencia” (efficiency) o “diseño algorítmico” (algorithmic design) circulan ampliamente mientras los mecanismos subyacentes permanecen indistintos. La repetición del lenguaje familiar reemplaza gradualmente la demostración. El reconocimiento comienza a reemplazar el examen.
La opacidad se alinea con incentivos estructurales. Los sistemas difíciles de interpretar trasladan el poder de decisión hacia quienes los diseñan, estructuran o intermedian. A medida que la claridad disminuye, la autoridad migra hacia la interpretación en lugar de la transparencia. El proceso no requiere coordinación explícita. Surge a través de incentivos que se refuerzan entre sí. La complejidad genera comisiones. El posicionamiento temprano captura ventaja. Los intermediarios obtienen beneficios de la actividad independientemente del resultado a largo plazo. Las instituciones convierten la dificultad técnica en legitimidad. Los actores políticos se vinculan a sistemas presentados como progreso. Reducir la opacidad redistribuiría poder y recompensa, por lo que la opacidad persiste.
Las estructuras regulatorias y los ciclos de desregulación desempeñan un papel central en esta condición. Los periodos de liberalización financiera fomentan la titulización (securitization), la transferibilidad de la deuda (debt transferability) y las estructuras de propiedad en capas (layered ownership structures). Los marcos de supervisión suelen retrasarse respecto a nuevos instrumentos. Las prácticas de documentación se adaptan a la velocidad y escala en lugar de a la claridad. La exigibilidad legal permanece intacta incluso cuando la transparencia se debilita. Con el tiempo, los derechos financieros se separan de la relación original de préstamo, permitiendo que las obligaciones sobrevivan en formas fragmentadas o redistribuidas.
Dentro de este entorno, los artefactos financieros pueden continuar circulando mucho después de que su contexto original parece resuelto. La deuda hipotecaria ofrece un ejemplo claro. Los préstamos pueden agruparse, transferirse, titularizarse o reasignarse muchas veces. La documentación se fragmenta entre instituciones. Los derechos legales permanecen activos incluso cuando la conciencia práctica se desvanece. En algunos casos, gravámenes latentes o préstamos secundarios reaparecen mediante reventa o reasignación. A veces se describen como “hipotecas zombi” (zombie mortgages). El mecanismo opera dentro de marcos legales, pero sus efectos pueden permanecer invisibles para propietarios que creían sus obligaciones resueltas. A medida que cambian los valores del mercado, los inversores pueden reactivar estas reclamaciones para extraer valor de contratos históricos. La estabilidad financiera se vuelve vulnerable a instrumentos arraigados en transacciones pasadas difíciles de rastrear o reconstruir.
Este patrón refleja una dinámica más amplia. Los mercados financieros exploran el valor mediante instrumentos que pueden sobrevivir a la claridad de su origen. La titulización (securitization) y las cadenas repetidas de transferencia separan los derechos de propiedad y ejecución de las relaciones directas entre prestatario y prestamista. Cuando la opacidad gobierna el movimiento de tales instrumentos, las consecuencias pueden parecer desconectadas de la causa visible. La seguridad se vuelve contingente no solo a las circunstancias presentes sino también a capas de historia financiera que reaparecen cuando los incentivos se alinean.
Este patrón se repite en periodos de expansión financiera. Aparecen nuevos instrumentos. El lenguaje se expande a su alrededor. La legitimidad se forma antes de que la comprensión se estabilice. Las tecnologías cambian. El ritmo estructural permanece. La explicación crece mientras la claridad retrocede.
Ciertas señales acompañan este cambio. La fuente de valor se vuelve difícil de rastrear hacia actividades tangibles. La ganancia se alinea más con la expansión que con la permanencia. La compensación recompensa el momento o la posición más que el resultado sostenido. La reputación sustituye a la explicación. El riesgo se dispersa en lenguaje técnico, dificultando localizar la consecuencia.
La autoridad descansa cada vez más en el prestigio que en la explicación clara. Las definiciones cambian cuando se cuestionan. La simplicidad se trata como malentendido. La explicación se convierte en algo que debe aceptarse en lugar de comprenderse. La confianza permanece incluso cuando la claridad falta.
Los efectos se vuelven visibles. La ganancia se concentra donde existe control estructural. Quienes diseñan o gestionan sistemas financieros complejos capturan la mayor parte de los beneficios. Otros experimentan el sistema a través de sus consecuencias más que mediante participación directa en su diseño. La riqueza extraordinaria se acumula en un número reducido de actores mientras la inseguridad financiera se extiende. Esta concentración suele justificarse mediante la creencia de que las ganancias en la cima beneficiarán eventualmente a todos.
Algunas estructuras se construyen intencionalmente como pirámides, dependiendo de nuevas entradas para sostener ganancias anteriores. Otras llegan a dinámicas similares sin diseño explícito. Los incentivos recompensan la expansión, el posicionamiento temprano y el crecimiento continuo. Con el tiempo, el sistema depende de la concentración ascendente y del flujo continuo para mantener la estabilidad. El resultado se asemeja a una lógica piramidal incluso cuando no se construyó formalmente como pirámide.
Esta semejanza rara vez aparece abiertamente. Adopta lenguaje familiar. Se presenta mediante formas financieras aceptadas, explicaciones técnicas o narrativas de innovación y progreso. La repetición hace que la estructura parezca natural. El reconocimiento reemplaza al escrutinio. La dependencia subyacente de la expansión continua se vuelve más difícil de ver porque parece lo que ya ha existido antes.
La opacidad y la escala refuerzan este movimiento. A medida que los instrumentos financieros se desplazan entre instituciones y mercados, la conexión entre causa y resultado se vuelve más difícil de rastrear. Las obligaciones antiguas reaparecen. Nuevos riesgos emergen de transacciones pasadas. Las ganancias se concentran. Las pérdidas se dispersan.
La brecha entre explicación y entendimiento permanece. La confianza continúa siendo exigida incluso cuando la claridad es desigual. La estructura continúa operando dentro de esa brecha.
Ricardo F. Morín Serie Nueva York, Nº 11 54″ x 84″ Óleo sobre lienzo 1989
Ricardo F. Morín
1 de enero de 2026
Oakland park, Fl
El trabajo comenzó dentro de una relación marcada por la camaradería y la solidaridad. La atención al lenguaje, la disciplina y la contención se desarrolló mediante un esfuerzo compartido, más que por la imposición de autoridad. Los estándares se aprendieron a través de la proximidad, la conversación y el tiempo. Cualquiera que fuera la forma que más tarde asumiera la escritura, no surgió en aislamiento; tomó forma dentro de un intercambio sostenido orientado al oficio.
Durante un tiempo, ese arreglo se sostuvo. El crecimiento avanzó en una dirección común. La guía aclaraba en lugar de restringir. La corrección afinaba en lugar de estrechar. En esa etapa, no había razón para imaginar que la continuidad exigiría algo distinto a más trabajo.
A medida que la escritura se desarrolló, apareció una fricción sin una fuente clara. Surgieron preguntas que no se resolvían con facilidad. Las revisiones se acumularon sin aclarar aquello que pretendían resolver. Lo que antes se sentía como depuración empezó a sentirse como ajuste, aunque la diferencia no fue inmediata. El trabajo continuó, pero con mayor vacilación.
La gratitud complicó el reconocimiento. Lo recibido era evidente y no podía negarse. Cuestionar la forma presente de la relación parecía prematuro, incluso ingrato. La resistencia parecía preferible a la interrupción, especialmente mientras la incertidumbre aún podía explicarse como parte del crecimiento.
Con el tiempo, se acumularon pequeños indicios. Las decisiones se pospusieron. Las direcciones cambiaron después del acuerdo. Las sugerencias se reconocieron pero regresaron sin cambios. La escritura se ralentizó. No ocurrió nada dramático, pero el progreso dejó de sentirse proporcional al esfuerzo.
Se intentó restablecer el equilibrio. Se ofrecieron aclaraciones. Se aceptaron ajustes. La expectativa era que la afinación de los términos recuperara la fluidez anterior. En su lugar, la misma tensión reapareció, reformulada, sin resolver aquello que la había provocado.
En cierto punto, la dificultad ya no pudo tratarse como algo temporal. Continuar comenzó a exigir formas de acomodación que alteraban el modo en que operaba el juicio al escribir. Se tomaron decisiones para preservar la relación más que el trabajo. Aquello que se estaba protegiendo se volvió más difícil de nombrar.
El reconocimiento no llegó como certeza. Llegó como un límite. Hubo cosas que el trabajo ya no podía hacer sin distorsión. Hubo direcciones que ya no podía tomar sin una resistencia que no disminuía con el tiempo.
La ruptura siguió a la vacilación, el aplazamiento y la resistencia. No resolvió nada de manera limpia. Puso fin a una forma de continuidad que había sido formativa. Lo que se abandonó no fue la gratitud, sino la dependencia. Lo que permaneció fue el trabajo mismo, ahora avanzando sin mediación.
El costo de la ruptura no fue el conflicto, sino la exposición. Los estándares tuvieron que sostenerse sin refuerzo. Las decisiones ya no pudieron diferirse. El fracaso, si llegaba, ya no sería compartido.
Nada en la ruptura borró lo aprendido. Marcó el punto en el que el aprendizaje ya no podía continuar de la misma forma. Lo que siguió no fue libertad en abstracto, sino autoría en el sentido estricto: juicio sostenido sin resguardo.
El resentimiento, la fuerza y la arquitectura del poder.
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“Geometric Allegory”, pintura digital 2023 por Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)
Ricardo F. Morin
25 de Diciembre de 2025
Oakland Park, Fl
Nota del autor
Los capítulos que siguen parten de la medida establecida anteriormente. No retoman la virtud como ideal ni la ética como aspiración, sino como conjunto de restricciones cuya ausencia produce consecuencias identificables. El análisis no se organiza en torno a intenciones ni a programas declarados, sino a procesos de acumulación mediante los cuales esas restricciones fueron desplazadas.
El resentimiento político, una vez movilizado como fuente de legitimidad, dejó de ser una condición social a ser abordada y pasó a operar como instrumento de gobierno. La autoridad militar, históricamente presente en la formación institucional de Venezuela, dejó de funcionar como elemento de contención y asumió un papel constitutivo en la identidad política del Estado. Las estructuras partidarias, lejos de mediar entre sociedad y poder, se rigidizaron en asimetrías que neutralizaron la oposición y transformaron el pluralismo en fragmentación.
Estos procesos no se produjeron de forma aislada ni pueden atribuirse a un único actor o momento. Emergieron a partir de una convergencia de afecto político, coerción y diseño institucional. La desilusión que aquí se examina no es de orden emocional. Es estructural: el resultado de ideales que se mantienen como símbolos una vez que sus límites operativos han sido eliminados.
La « Parte II » sigue estos mecanismos en secuencia. Lo que se observa no es una ruptura con la geometría ética delineada anteriormente, sino su deformación progresiva. La virtud persiste en el lenguaje mientras la restricción desaparece en la práctica. El discurso político conserva pretensiones universales incluso cuando el poder se concentra y la rendición de cuentas se disuelve. El resultado no es solo un régimen autoritario, sino una forma de organización política en la que la desilusión se vuelve sistémica: producida, sostenida y normalizada.
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Capítulo IX
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La primera señal
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Sobre el resentimiento político y social
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1
Tras la fractura de la democracia venezolana, el resentimiento político y social adquirió centralidad como forma de articulación pública. Originado en la desigualdad persistente, en agravios históricos y en promesas incumplidas, ese resentimiento pasó a operar como recurso político. Su movilización permitió a Hugo Chávez reorganizar el descontento social en torno a la Revolución Bolivariana, no como respuesta a la crisis, sino como base de legitimación del movimiento.
2
El discurso de Chávez se apoyó de manera sistemática en referencias a la explotación colonial y a la corrupción política del siglo XX, construyendo una narrativa en la que las élites eran presentadas como responsables del deterioro social. La desigualdad persistente entre ámbitos rurales y urbanos, entre sectores vinculados a la renta petrolera y comunidades empobrecidas, fue integrada como elemento central de esa formulación. A través de esta operación retórica, Chávez se posicionó como mediador exclusivo del agravio y como portavoz de una promesa de justicia económica. [1]
3
Detrás del lenguaje de inclusión y equidad se implementaron políticas cuya eficacia dependía de condiciones transitorias. Los programas sociales conocidos como Misiones produjeron efectos inmediatos, pero carecieron de sostenibilidad estructural. Financiadas por una renta petrolera volátil, estas iniciativas abordaron consecuencias visibles sin alterar los mecanismos subyacentes y reforzaron la dependencia del Estado respecto a los ingresos petroleros y al control centralizado. [2]
4
Aun cuando gozaron de aceptación inicial, estas políticas introdujeron nuevas formas de desigualdad. El acceso a los beneficios estatales comenzó a condicionarse por la lealtad política, lo que incentivó la fragmentación y erosionó la confianza entre los mismos sectores a los que se dirigían. La corrupción administrativa y la ineficiencia operativa limitaron su alcance, acumularon promesas incumplidas y profundizaron la polarización social.
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5
El culto a la personalidad
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El carisma personal de Chávez facilitó la conversión del resentimiento en capital político. La identificación progresiva entre el líder y la nación diluyó las distinciones entre disenso y deslealtad, de modo que la crítica comenzó a presentarse como una forma de traición. Este proceso consolidó un culto a la personalidad que redujo los costos políticos de la centralización del poder.
6
Tal como se examinó en el Capítulo VI, Crónicas de Hugo Chávez, la autoconstrucción de Chávez como representante del pueblo coexistió con prácticas que redujeron el espacio del pluralismo y normalizaron la conformidad. Esta combinación reforzó su control político al tiempo que erosionó las capacidades institucionales de la democracia. La reiteración de agravios históricos operó como marco legitimador que desplazó la atención de estos efectos acumulativos.
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7
El resentimiento
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La Revolución Bolivariana se sostuvo mediante la activación de divisiones culturales preexistentes, en particular aquellas vinculadas a clase, raza y región. La retórica política, organizada en un esquema de antagonismo binario, amplificó el resentimiento y reforzó la lealtad de la base gobernante al presentar el conflicto social como una oposición irreconciliable. Este encuadre dificultó la cooperación entre sectores distintos y fragmentó las condiciones necesarias para una supervisión política amplia y sostenida por parte de la oposición.
8
Este encuadre antagonista se proyectó también sobre el sector privado. Las expropiaciones, los controles de precios y la deslegitimación pública de la actividad empresarial redujeron la capacidad operativa de la empresa privada y reforzaron la dependencia respecto del Estado. Estas medidas contribuyeron al deterioro económico, reorientaron la atribución de responsabilidades hacia actores definidos como adversarios y mantuvieron activos los ciclos de resentimiento. [3]
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9
Su atracción
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La movilización del resentimiento no operó únicamente como reacción frente a la desigualdad, sino como un mecanismo que se alimentó de ella. Al canalizar agravios históricos y contemporáneos, se estructuró un movimiento que ofrecía una narrativa de reparación mientras consolidaba dinámicas de división. Las referencias a la unidad y al progreso funcionaron como dispositivos legitimadores y produjeron efectos duraderos de desconfianza, expectativas no satisfechas y debilitamiento institucional. [4]
10
Cuando el resentimiento pasa a operar como principio de gobierno, tiende a socavar las estructuras destinadas a sostener la vida institucional. Aunque el discurso político ofreció expectativas de reparación, el funcionamiento del sistema amplificó las mismas desigualdades que declaraba corregir.
Notas finales – Capítulo IX
[1] Luis Vicente León, Chávez: La Revolución No Será Televisada (Caracas: Editorial Planeta, 2008), 112–127.
[2] Luis Vicente León, Misiones Sociales: ¿Un gobierno de dependencia? (Caracas: Editorial Alfa, 2011), 45–59.
[3] MIchael F. A., Sargeant, The Venezuelan Military Under Chávez: Political Influence and Militarization (Nueva York: Columbia University Press, 2013), 150–165.
[4] Gustavo Coronel, Venezuela: The Collapse of a Democracy (Miami: Editorial Santillana, 2015), 203–220.
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Capítulo X
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La segunda señal
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Emblema del Ejército Bolivariano.
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El pilar sólido del poder: la fuerza militar
1
La dinámica descrita anteriormente muestra que las fuerzas armadas operaron no solo como institución, sino como eje de articulación política. Desde la independencia en 1811, la autoridad militar ha desempeñado un papel persistente en la configuración del Estado venezolano, como reflejan las constituciones de los siglos XIX y XX. Esta continuidad no responde únicamente a coyunturas políticas, sino a una concepción arraigada del poder militar como principio de orden. A lo largo de casi dos siglos, la vida política se organizó de manera recurrente en torno a figuras caudillistas cuya legitimidad dependía del respaldo castrense. En este marco, las fuerzas armadas dejaron de funcionar como elemento contingente y pasaron a constituir una estructura estable de gobierno. La reconfiguración del poder militar emprendida por Chávez se inscribe en esta tradición y debe ser entendida como una adaptación de ese patrón histórico a una nueva forma de control estatal.
2
Tras la independencia, la vida política venezolana se desarrolló bajo condiciones de inestabilidad persistente, en las que el liderazgo militar asumió funciones de orden en un Estado fragmentado. Las primeras décadas estuvieron atravesadas por disputas entre facciones, desde la rivalidad entre Simón Bolívar y José Antonio Páez hasta conflictos posteriores encabezados por jefes militares, incluidos los enfrentamientos de los federalistas azules en la década de 1860 y el ascenso de Cipriano Castro a finales del siglo XIX y comienzos del XX. En ese contexto, la jerarquía castrense y su capacidad de acción concentrada consolidaron su posición como fuerza decisiva. La orientación política del país se definió de manera recurrente fuera de los espacios parlamentarios, mientras que el gobierno civil, marcado por la discontinuidad, mostró una capacidad limitada para articular un orden político duradero.
3
Este legado se manifiesta en figuras contemporáneas como el general en jefe Vladimir Padrino López y el general en jefe Diosdado Cabello, cuya trayectoria refleja la integración sostenida de lo militar en la estructura política del Estado. Padrino López, en su función como ministro de la Defensa, encarna la continuidad de la autoridad castrense dentro del aparato gubernamental. Su relación con Nicolás Maduro, fundada en lealtad institucional y afinidad con el proyecto bolivariano, ha contribuido a su posición como actor central en la estabilidad del gobierno. Diosdado Cabello, cuya carrera transita entre ámbitos militares y civiles, articula su influencia a partir de ese doble registro. En conjunto, ambas figuras ilustran la persistencia de una lógica política en la que disciplina organizativa y capacidad coercitiva permanecen estrechamente vinculadas.
4
Vladimir Padrino López es descrito con frecuencia como una figura disciplinada y pragmática, capaz de combinar la formación militar con habilidades de gestión política en un entorno institucional inestable. En su discurso público, ha insistido en el papel de las fuerzas armadas como garantes del orden y de la continuidad del Estado. Más allá de esa presentación, su posición ha adquirido relevancia en la articulación interna del poder bajo el gobierno de Nicolás Maduro. Su estilo, caracterizado por una diplomacia medida, contrasta con enfoques más confrontacionales y le ha permitido operar como interlocutor tanto dentro del aparato estatal como en escenarios externos. De este modo, su influencia se ejerce no solo a través de funciones formales, sino también mediante su capacidad para mediar y adaptarse a tensiones internas del sistema político.
5
El papel atribuido a Padrino López en las prácticas represivas del Estado lo ha situado como una figura controvertida en el análisis político. Diversas investigaciones y señalamientos lo han vinculado con redes de corrupción militar y con economías ilícitas, incluidas actividades relacionadas con el narcotráfico y la minería ilegal. Estas imputaciones no permiten establecer responsabilidades judiciales en este contexto, pero sí introducen un grado de opacidad en torno a su posición institucional. En ese marco, su figura aparece asociada tanto a la noción de estabilidad como a una influencia cuyo alcance efectivo permanece indeterminado. Algunos observadores han planteado que, en escenarios de crisis, podría desempeñar un papel de intermediación dentro del propio sistema de poder.
6
El análisis de las estructuras contemporáneas de poder requiere situarlas dentro de una secuencia histórica más amplia. Aunque Hugo Chávez suele ser presentado como el principal artífice del orden autocrático vigente, su trayectoria se inscribe en tradiciones previas de militarización y movilización populista. Su ascenso no constituyó una anomalía, sino la convergencia de procesos políticos y sociales acumulados a lo largo de casi dos siglos. Reducir la explicación a su figura individual oscurece las condiciones estructurales que hicieron posible ese desenlace. En este sentido, el recorrido de Venezuela hacia formas concentradas de poder solo puede entenderse a partir de su evolución institucional y constitucional.
Capítulo XI
La tercera señal
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La asimetría de los partidos políticos
1
Desde finales del siglo XX, el sistema político venezolano entró en una fase de transformación sostenida, condicionada por una inestabilidad socioeconómica persistente que afectó de manera desigual a distintos sectores sociales. El orden democrático establecido en 1958 se estructuró inicialmente en torno a un bipartidismo funcional entre Acción Democrática (AD) y el Partido Social Cristiano (COPEI), formalizado a través del Pacto de Puntofijo como mecanismo de estabilización institucional y alternancia en el poder. [1][2][3] Con el paso del tiempo, ese esquema tendió a concentrar la representación política y a restringir la incorporación de corrientes alternativas, en particular aquellas situadas fuera del consenso dominante. Esta dinámica redujo la capacidad del sistema para absorber demandas sociales emergentes y contribuyó a una disminución progresiva de su legitimidad.[4]
2
Durante las décadas de 1980 y 1990, una combinación de desequilibrios económicos, aumento de la desigualdad y deterioro de la credibilidad institucional debilitó de manera sostenida el sistema bipartidista. La expansión de la deuda externa, junto con la caída de los ingresos petroleros, intensificó tensiones sociales preexistentes. [5][6] En 1989, los acontecimientos conocidos como el Caracazo expusieron de forma abrupta la distancia acumulada entre las estructuras de gobierno y amplios sectores de la población. [7] Las medidas de ajuste asociadas a ese episodio pusieron de manifiesto límites estructurales del modelo político y económico vigente, así como fracturas persistentes en el entramado social.[8]
3
En este contexto de desgaste institucional y fractura social, el Movimiento V República (MVR), encabezado por Hugo Chávez, se consolidó como fuerza política dominante tras su victoria electoral en 1999. Su discurso combinó apelaciones redistributivas con la promesa de reorganizar el Estado a partir de los ingresos petroleros. En 2007, el MVR fue absorbido en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), un proceso que redujo la pluralidad interna y produjo una estructura partidaria más centralizada, diseñada para disciplinar la toma de decisiones y asegurar la ejecución de políticas.[9][10][11]
4
La muerte de Hugo Chávez en 2013 alteró los equilibrios internos del Partido Socialista Unido de Venezuela y abrió un proceso de disputa por la sucesión. El ascenso de Nicolás Maduro se produjo en un contexto de faccionalismo persistente, marcado por tensiones entre los sectores civiles y militares del aparato estatal. Su consolidación en el poder se apoyó en un uso instrumental del marco legal: reinterpretaciones constitucionales, subordinación del poder judicial y administración estratégica de los procesos electorales para preservar una apariencia de continuidad institucional. Paralelamente, prácticas extralegales —incluidas la represión selectiva, la restricción del espacio mediático y la cooptación de órganos del Estado— pasaron a desempeñar un papel central en la reproducción del control político.[12][13][14]
5
Pese a la aparición de nuevas organizaciones opositoras, el Partido Socialista Unido de Venezuela mantuvo su posición dominante dentro del sistema político. La fragmentación interna de la oposición se consolidó como un factor estructural, alimentado por desacuerdos estratégicos y por divergencias persistentes respecto a las formas de relación con el poder establecido. De manera simultánea, el aparato estatal desplegó mecanismos judiciales y electorales orientados a dividir, neutralizar o reconfigurar a los actores opositores, lo que redujo de forma sostenida su capacidad de articulación y de competencia efectiva.
6
La incapacidad de los partidos opositores para articular un frente coordinado se mantuvo como una vulnerabilidad persistente dentro del sistema político. Esta condición fue incorporada de manera recurrente en la práctica gubernamental, lo que limitó la posibilidad de que la oposición se presentara como alternativa operativa. Episodios clave, como el referéndum revocatorio de 2004 —en el que Hugo Chávez retuvo el mandato— y la Sentencia 156 del Tribunal Supremo de Justicia en 2017, que suspendió las funciones de la Asamblea Nacional controlada por la oposición, profundizaron esta asimetría institucional.[15][16][17]
7
A medida que la fragmentación del espacio político se intensificó, surgieron nuevas formaciones opositoras y se ensayaron estrategias alternativas. En un momento dado, el sistema llegó a registrar hasta cuarenta y nueve partidos (véase Apéndice: Ítem B). Sin embargo, esta expansión organizativa no se tradujo en capacidad de coordinación ni en competencia efectiva frente al partido gobernante. La multiplicación de estructuras partidarias operó, en la práctica, como un factor adicional de dispersión. Las divergencias estratégicas internas —entre enfoques orientados al diálogo y otros de carácter confrontacional— fueron absorbidas por el funcionamiento del sistema político mediante mecanismos de cooptación, fragmentación inducida y administración selectiva de reglas judiciales y electorales, lo que contribuyó a neutralizar desafíos sostenidos a la posición dominante.
Notas finales – Capítulo XI
[1] John D. Martz, Acción Democrática. Evolution of a Modern Political Party in Venezuela (Princeton: Princeton University Press, 1966). Ofrece una historia detallada del partido Acción Democrática (AD) en una tesis doctoral sobre Venezuela. https://doi.org/10.1215/00182168-46.4.468
[2] Steve Ellner, “Venezuelan Revisionist Political History, 1908–1958: New Motives and Criteria for Analyzing the Past”, Latin American Research Review (The Latin American Studies Association), vol. 30, núm. 2 (1995): 91–121. El artículo ofrece un contexto crítico para la historia del partido socialcristiano COPEI. https://www.jstor.org/stable/2503835
[3] Samuel Paltiel Handlin, “The Politics of Polarization: Legitimacy Crises, Left Political Mobilization, and Party System Divergence in South America” (Tesis doctoral, Ciencia Política: University of California, Berkeley, otoño de 2011), 8, 39–48, 54, 59, 73, 79, 81–86, 91–93, 95, 116, 168, 172.
[4] David J. Myers, “The Struggle to Legitimate Political Regimes in Venezuela: From Pérez Jiménez to Maduro”, Latin American Research Review (Cambridge University Press, 23 de octubre de 2017). DOI: https://doi.org/10.25222/larr.240
[6] Javier Corrales, Fixing Democracy: The Venezuela Crisis and Global Lessons (Cambridge: Cambridge University Press, 2021), 99–133.
[7] Margarita López Maya, “The Venezuelan Caracazo of 1989: Popular Protest and Institutional Weakness”, Journal of Latin American Studies (2003), 35, 117–137. DOI: 10.1017/S0022216X02006673
[10] Marta Harnecker, Understanding the Venezuelan Revolution: Hugo Chávez Talks to Marta Harnecker (Nueva York: Monthly Review Press, 2005), 45–47.
[11] Barry Cannon, Hugo Chávez and the Bolivarian Revolution: Populism and Democracy in a Globalised Age (Manchester: Manchester University Press, 2009), 101–103.
[12] Gregory Wilpert, Changing Venezuela by Taking Power: The History and Policies of the Chávez Government (Londres: Verso Books, 2007), 102–104.
[13] Javier Corrales y Michael Penfold, Dragon in the Tropics: Hugo Chávez and the Political Economy of Revolution in Venezuela (Washington: Brookings Institution Press, 2011), 19–24, 30–34.
[15] Gustavo Delfino y Guillermo Salas, “Analysis of the 2004 Venezuela Referendum: The Official Results Versus the Petition Signatures”, Project Euclid, noviembre de 2011. DOI: 10.1214/08-STS263
[17] Margarita López Maya, “Venezuela’s Hugo Chávez: Savior or Danger?”, Latin American Perspectives, vol. 29, núm. 6 (2002): 88–103. Ofrece un contexto crítico para el referéndum revocatorio de 2004. https://www.jstor.org/stable/2692130
El consenso suele presentarse como un acuerdo alcanzado libremente. Aparece como resolución del conflicto y suspensión de la disputa. Señala estabilidad donde había división y cierre donde persistía la incertidumbre. En este sentido, el consenso se ofrece como logro colectivo.
Con el tiempo, sin embargo, el consenso deja de describir un resultado y comienza a operar como presunción. El acuerdo ya no se demuestra, sino que se declara. La unidad se afirma antes de que la disidencia haya sido abordada. La apariencia de concordia sustituye el trabajo de la deliberación.
Una vez supuesto el consenso, el desacuerdo cambia de estatus. Deja de formar parte del proceso y pasa a interpretarse como interrupción. La objeción se recodifica como obstrucción y la duda como irresponsabilidad. La participación se vuelve condicional a la alineación.
El consenso estrecha el campo de lo decible sin recurrir a prohibiciones. Las posiciones no se prohíben, pero se vuelven inoportunas. Las preguntas no se silencian, pero se juzgan extemporáneas. El espacio para la disidencia se contrae sin fuerza visible.
Esta contracción posee una lógica temporal. El consenso se presenta como ya alcanzado, incluso cuando sus efectos siguen desplegándose. El tiempo se invoca para justificar el cierre. Lo que permanece sin resolver se aplaza en nombre de avanzar.
El peso ético del consenso se distribuye de manera desigual. Quienes pueden declarar el acuerdo son quienes menos expuestos están a sus consecuencias. A quienes soportan los efectos se les pide aceptar que la cuestión está zanjada. El cierre desciende, mientras la autoría no asciende.
El consenso gobierna por atmósfera más que por argumento. Se apoya en el tono, la repetición y la apariencia de unanimidad. Disentir no se prohíbe, pero se considera innecesario. El silencio se confunde con asentimiento.
Lo que el consenso es, entonces, es una condición en la que el desacuerdo se trata como ya resuelto. Nombra el cierre más que la comprensión. Estabiliza los resultados limitando la indagación posterior.
Lo que el consenso no es no es una unanimidad alcanzada libremente. No es prueba de que las posiciones en conflicto hayan sido reconciliadas. No es evidencia de que la disidencia haya perdido relevancia.
Ricardo F. Morín Mi nido 24″ x 30″ Óleo sobre lino 1999
Ricardo F Morín
January 1, 2026
Oakland Park, Fl
La ayuda no se ofreció de manera casual. Se ofreció a lo largo del tiempo, modelada por la historia, la familiaridad y la creencia de que la lealtad exigía permanecer presente cuando las circunstancias eran inestables. Se aceptaron compromisos imprecisos con la expectativa de que la constancia pudiera compensar la inestabilidad, y de que la paciencia permitiría que la claridad llegara allí donde aún no aparecía.
Con el paso del tiempo, esos compromisos se volvieron más difíciles de anticipar. Los planes cambiaban después de haber sido aceptados. Las expectativas se modificaban sin ser expresadas. Lo acordado una semana se revisaba la siguiente. Cada ajuste se absorbía en lugar de cuestionarse. Las reuniones dejaron de producir decisiones. Los acuerdos ya no sobrevivían a la semana. El esfuerzo por ser justo se convirtió en un esfuerzo por ser adaptable. Aquello que no se confrontaba se cargaba.
Había vacilación al nombrar lo que estaba ocurriendo. Hacerlo parecía severo. Corría el riesgo de parecer poco caritativo o impaciente. El silencio solía parecer preferible a la objeción, no porque no se viera nada, sino porque lo que se veía resistía una articulación sencilla. El silencio, que alguna vez fue una forma de contención, había dejado de aclarar algo. La resistencia parecía más segura que el juicio.
Gradualmente, los efectos de esa resistencia se hicieron visibles. La lealtad no estabilizó la situación. La prolongó. Cuanta más incertidumbre se acomodaba, más se convertía en la condición organizadora. Los compromisos perdieron sus contornos. La responsabilidad se dispersó. El cuidado, extendido sin límite, dejó de corregir algo y, en cambio, facilitó la continuidad de la inestabilidad.
En cierto momento, un amigo adoptó una postura distinta. Permaneció atento, pero a distancia. No intervino repetidamente ni intentó sostener aquello que no mostraba signos de sostenerse. En ese momento, esa distancia fue fácil de malinterpretar. El compromiso, tal como entonces se entendía, parecía exigir proximidad. La contención parecía más bien una retirada.
Solo más tarde se hizo clara la importancia de esa postura. Lo que había parecido pasivo era una forma de ver las cosas. Los límites habían sido reconocidos antes, y la conducta ajustada en consecuencia. La distancia no señalaba indiferencia, sino la comprensión de que la presencia, en condiciones inestables, no siempre mejora los resultados. La diferencia no residía en la intención, sino en el momento.
Este reconocimiento perturbó supuestos anteriores. La proximidad se había confundido con responsabilidad. La resistencia se había tratado como virtud sin preguntarse si sostenía algo más allá de la apariencia de un buen cuidado. Lo que se sentía como lealtad se había convertido, en parte, en permiso. La admisión más difícil no se refería a las acciones de otros, sino al papel desempeñado al permitir que esas acciones continuaran sin consecuencia.
La distancia no llegó de inmediato. Surgió después de intentos reiterados por restablecer la proporción, después de que las explicaciones dejaran de sostenerse y después de que el silencio dejara de aclarar algo. Retirarse no fue un rechazo del interés. Fue una forma de preservar el juicio, de evitar que el interés quedara consumido por la imprevisibilidad y de dejar abierta la posibilidad de que las condiciones aún pudieran cambiar.
La negativa, entendida de este modo, no es dramática. No acusa ni se anuncia. No busca reconocimiento. Retira el consentimiento en silencio, permitiendo que los arreglos puedan estabilizarse o revelar sus propios límites. Lo que termina no es el cuidado, sino la participación en condiciones que requieren autoengaño para sostenerse.
Esta forma de negativa no es superioridad moral. Es responsabilidad vuelta hacia adentro. Comienza cuando permanecer presente exige abandonar el propio juicio y cuando la lealtad, sin control, socava aquello que pretendía proteger. El silencio, en ese punto, no elude la obligación. Restaura la coherencia.
El acto es contenido. Sus consecuencias son duraderas. Al dar un paso atrás, se deja de suministrar la energía de la que depende la inestabilidad, sin cerrar la posibilidad de una renovación o el restablecimiento de proporción. Lo que permanece intacto es el juicio. Lo que se abandona es la creencia de que la resistencia siempre es ética —y la negativa se convierte en el medio mediante el cual se mantiene la claridad, y no la ruptura.
“Geometric Allegory”, pintura digital 2023 por Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)
Ricardo F. Morin
25 de Diciembre de 2025
Oakland Park, Fl
Nota del autor
Este conjunto de capítulos marca un desplazamiento dentro de la serie Desenmascarar la desilusión. El análisis se mueve desde la orientación simbólica hacia un criterio de evaluación: no para proponer un modelo de gobierno ni para formular una ética normativa, sino para establecer una medida mediante la cual la práctica política pueda ser examinada.
Los capítulos iniciales no presentan la alegoría como instrucción metafísica ni como refugio interpretativo. La tratan como un instrumento de reconocimiento: una forma de identificar cuándo el lenguaje político conserva su función orientadora y cuándo comienza a operar desligado de responsabilidad. Sin algún marco de justicia, contención y discernimiento entendido como límite relacional, la desilusión deja de ser legible como resultado estructural y se confunde con agravio retrospectivo o reacción moral.
Lo que aquí se propone no es una aspiración, sino una condición de medida. La virtud se considera operativa solo en la medida en que actúa como restricción sobre el ejercicio del poder. Cuando persiste únicamente como vocabulario, sin función reguladora, pierde capacidad explicativa. Este umbral —entre forma y retórica, entre límite y símbolo— establece el punto desde el cual los capítulos posteriores examinarán su progresiva distorsión.
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Capítulo VII
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El modo alegórico
La resistencia a la autoridad recurre con frecuencia a un simbolismo que exige interpretación y, al hacerlo, desvincula el significado de la responsabilidad. En el espíritu de Platón, propongo que el verdadero filósofo sea un alegorista invertido. En lugar de limitarse a descifrar símbolos, el filósofo distingue entre aquello que significa y aquello que gobierna.
Los símbolos y las alegorías no son meros reflejos del mundo material, sino puertas de acceso a aquello que lo excede. La alegoría funciona como reconocimiento solo allí donde los símbolos han dejado de orientar la conducta: una orientación hacia aquello con lo cual el filósofo procura alinearse.
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Capítulo VIII
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El gobierno ideal y el poder de la virtud
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Allégorie de la Géométrie, del pintor barroco francés Laurent de La Hyre [1606–56], óleo sobre lienzo, ca. 1649 (40 7/8 x 86 1/8 in.) – Fine Arts Museums of San Francisco. Adquisición museística, Roscoe and Margaret Oakes Income Fund.
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Allégorie de la Géométrie, de Laurent de La Hyre (1649), evoca una concepción del gobierno ideal entendida como una geometría de virtudes, en la que el equilibrio depende de la proporción y no de la invocación. Justicia, templanza y sabiduría forman una tríada cuya significación no reside en su enumeración, sino en las relaciones que establecen entre sí. Como en la geometría, la estabilidad se mantiene únicamente mientras dichas proporciones se sostienen.
Así como el filósofo no se detiene en los símbolos, la evaluación del gobierno no puede quedar sometida a los caprichos del poder. En el espíritu de las Formas platónicas, un gobierno se mide por su adhesión a principios que no dependen de la circunstancia: justicia, templanza y sabiduría. Allí donde estos criterios operan, la política deja de organizarse únicamente en torno al poder.
El concepto de virtud en la gobernanza trasciende la abstracción moral; opera como una condición relacional entre gobernantes y gobernados. La virtud no pertenece de forma exclusiva a unos u otros, sino que emerge de la forma que adopta esa relación y de los límites que esta sostiene. Allí donde la virtud opera, la gobernanza no se organiza en torno a la acumulación de poder, sino alrededor de restricciones que regulan su ejercicio: justicia para limitar la arbitrariedad, templanza para contener el exceso y sabiduría para disciplinar la decisión.
El gobierno entendido como una forma estructurada por la virtud permite identificar los abusos de poder no como desviaciones excepcionales, sino como fallas de estructura. Cuando símbolos como la equidad o la pluralidad se separan de sus funciones reguladoras, quedan disponibles para su uso como instrumentos de control. Allí donde la virtud conserva un papel operativo, tales símbolos dejan de oscurecer el poder y retoman su función como límites a su ejercicio.
El chavismo, tal como se configuró bajo Hugo Chávez y continuó bajo Nicolás Maduro, se sitúa en contraste directo con estas condiciones. Aunque el régimen recurrió de manera extensiva al lenguaje de la justicia y la equidad, dichas referencias dejaron de funcionar como restricciones sobre el poder. Los símbolos asociados a la virtud fueron desligados de sus funciones reguladoras y reutilizados como mecanismos de legitimación. De este modo, la gobernanza persistió en el vocabulario de la virtud mientras operaba sin sus funciones limitantes.
La gobernanza virtuosa adopta la forma de una estructura equilibrada: no gobernada por la corriente del poder, sino constreñida por la justicia. Un sistema de este tipo no privilegia la voluntad del gobernante por encima del bien común, ni se apoya en apelaciones que fluctúan con la circunstancia. Allí donde estas restricciones se mantienen, el orden se vuelve posible, no como aspiración, sino como condición.
Ricardo F. Morín Paisaje II 45,7 x 61 cm Óleo sobre tabla 2000
Ricardo F. Morín
1 de Febrero de 2026
Oakland Park, FL
La palabra activismo funciona hoy en el lenguaje público como un dispositivo de descalificación más que de descripción. Aparece cuando alguien protesta, informa o cuestiona la forma en que se ejerce el poder. La palabra no explica lo ocurrido ni si se siguieron las normas. Asigna sospecha a la persona que habla. Una vez que la palabra entra en una oración, la atención se desplaza de los hechos a las intenciones, y la indagación se detiene antes de poder avanzar.
Este uso lingüístico de activismo depende de presentar el orden existente como algo que no admite cuestionamiento legítimo. Lo que ya existe se describe como normal, legal y necesario. Aquello que lo cuestiona se etiqueta como activismo. La estructura de la frase supone que la autoridad no necesita justificarse, mientras que quienes se ven afectados por ella sí. De este modo, el lenguaje distribuye legitimidad de antemano y protege al poder de la explicación.
Las órdenes ejecutivas recientes en materia migratoria hacen que este mecanismo sea concreto y visible. Políticas que antes se describían como control fronterizo se han extendido profundamente al interior del país. Agentes federales operan ahora en ciudades, pueblos, lugares de trabajo y viviendas privadas lejos de cualquier frontera. Este cambio no es solo geográfico. Modifica quién queda expuesto al poder del Estado y bajo qué supuestos.
La aplicación migratoria en el interior del país trata ahora en la práctica como intercambiables a categorías de personas que son distintas. El objetivo declarado es detener a personas con antecedentes penales y asumir custodia de quienes ya están arrestados. Al mismo tiempo, las operaciones están diseñadas para recoger a cualquiera que esté presente, cercano o vagamente asociado. Personas sin antecedentes penales son detenidas junto a personas acusadas de delitos. Residentes de larga data, personas mayores, trabajadores con familia e incluso ciudadanos quedan atrapados en los mismos operativos. Las distinciones legales permanecen en el papel pero se derrumban en la ejecución.
Esta mezcla operativa se presenta por las autoridades como coherente, pero su coherencia se afirma más de lo que se demuestra. Detener a una persona condenada por un delito violento y arrestar a un vecino sin historial criminal se describen como partes de una misma misión. El lenguaje sugiere unidad y propósito. En la práctica, objetivos distintos se combinan por escala, no por claridad. El resultado es que nadie puede saber dónde termina la aplicación de la ley, y la incertidumbre misma se convierte en la condición dominante.
El perfilamiento aporta el método práctico que permite sostener esta expansión. Lejos de la frontera, los agentes no pueden basarse en cruces o violaciones documentadas. Se apoyan en la apariencia, el acento, la ubicación o la asociación. Las personas son detenidas no por lo que han hecho, sino por lo que se supone que son. La ciudadanía, la residencia y la legalidad dejan de funcionar como protecciones confiables en el momento del encuentro.
La respuesta comunitaria surge cuando estas prácticas se vuelven visibles en la vida cotidiana. En lugares como Montana, los residentes han visto a vecinos sacados de sus hogares en horas tempranas, a personas mayores retiradas casi sin vestir, a niños detenidos junto a adultos y a pueblos alterados por grandes despliegues federales. En otras partes del país, ciudadanos han muerto durante operativos de aplicación migratoria. A medida que estos hechos se repiten, dejan de parecer excepcionales y comienzan a registrarse como condiciones que se espera que la población tolere.
La protesta pública surge de este reconocimiento del daño y no de una actuación ideológica. Las personas se reúnen, hablan y exigen respuestas porque se ha cruzado algo familiar. Su reacción se basa en lo que han visto y vivido. Sin embargo, esta respuesta suele descartarse como activismo, un término que evita examinar la conducta que la provocó y cuestiona en cambio si reaccionar era permitido.
La etiqueta activismo desplaza la responsabilidad de la acción estatal hacia la respuesta cívica. La palabra no pregunta si la aplicación de la ley fue legal, proporcionada o humana. Pregunta si la gente debió haber objetado. De este modo, la conducta de la autoridad queda fuera de escrutinio y la disidencia pasa a ser el objeto del juicio. La rendición de cuentas se invierte.
El mismo recurso lingüístico se aplica al periodismo que documenta estos hechos. Cuando los periodistas registran redadas, publican testimonios o muestran imágenes de arrestos, su trabajo a veces se descarta como periodismo activista. La acusación no es que los hechos sean falsos, sino que fueron reunidos con una intención indebida. La precisión se sustituye por sospecha, y el acto mismo de documentar se trata como una falta.
Este patrón de lenguaje altera gradualmente la forma en que se entiende la democracia. La vida democrática depende de cuestionar a la autoridad, revisar decisiones y objetar cuando se produce daño. Bajo la gramática del activismo, estas acciones se tratan como interrupciones. La aceptación silenciosa es elogiada. El escrutinio se presenta como exceso. La estabilidad se eleva por encima de la justicia.
La consecuencia ética de este desplazamiento es la negación de la agencia cívica ordinaria. Cuando a trabajadores, padres y vecinos se les dice que al hablar se convierten en activistas, dejan de ser tratados como ciudadanos capaces de razonar. Son tratados como obstáculos que deben gestionarse. La autoridad deja de explicarse y pasa a afirmar la continuidad como justificación suficiente.
Una definición cada vez más estrecha de pertenencia nacional avanza junto a este cambio lingüístico. La pertenencia se mide por el silencio. La lealtad se mide por la obediencia. La diferencia se trata como amenaza. La supremacía no entra por una declaración abierta, sino por la repetición, a medida que se pide una y otra vez a las personas que acepten lo que ya no se les permite cuestionar.
Una sociedad plural no puede sostenerse bajo una gramática que trata el cuestionamiento como desviación. Dicha sociedad no depende de un origen compartido, una cultura única o una creencia uniforme. Depende del reconocimiento de que ningún grupo posee en exclusividad el significado de la nación. Cuando el lenguaje se usa para descartar a quienes señalan daños o exigen explicaciones, la democracia no se defiende. Se redefine silenciosamente contra las personas a las que debería servir.