Posts Tagged ‘vida pública’

« La disciplina de la duda »

August 24, 2025

*

Ricardo Morín
Serie de periódicos Nº 2: La disciplina de la duda
130 × 165 cm.
Tinta, corrector líquido y óleo absorbido sobre papel de periódico
2006

Ricardo F. Morín

August de 2025

Bala Cynwyd, Pa

Este ensayo es la segunda parte de una trilogía que examina la certeza, la duda y la ambivalencia como condiciones que configuran nuestra comprensión de la realidad. Se centra en la duda como disciplina y carga: una práctica que desestabiliza las afirmaciones de conocimiento y, sin embargo, hace posible la comprensión. Aquí la duda no se presenta como debilidad, sino como una postura necesaria dentro de la comunicación humana. Su valor no reside en el cierre, sino en mantener abierta la frágil línea entre apariencia y realidad. La trilogía comienza con Los colores de la certeza y concluye con Cuando todo lo que sabemos es prestado.

El escepticismo y la duda suelen mencionarse como si fueran lo mismo, pero difieren en aspectos esenciales. El escepticismo se inclina hacia la desconfianza: supone que las afirmaciones son falsas hasta que se demuestre lo contrario. La duda, en cambio, no parte del rechazo. Suspende el juicio, reteniendo tanto la aceptación como la negación, para que las preguntas puedan desplegarse. El escepticismo cierra la investigación de manera prematura; la duda preserva su posibilidad. Bien entendida, la indagación pertenece no a la creencia ni a la incredulidad, sino a la duda.

Esta distinción importa porque la indagación rara vez sigue un camino directo hacia la certeza. Con frecuencia es estratificada, inquieta e incompleta. Considérese el caso de la medicina. Un paciente puede recibir un diagnóstico inquietante y consultar a varios médicos, cada uno ofreciendo un pronóstico distinto. Uno puede ser más esperanzador, otro más cauteloso, pero ninguno plenamente concluyente. La tentación en tales circunstancias es aferrarse a la respuesta más tranquilizadora o descartar todas como poco confiables. Ambos impulsos distorsionan la situación. La indagación exige otro camino: comparar, sopesar, poner a prueba y, en última instancia, aceptar que la certeza puede no ser alcanzable. En este reconocimiento, la duda demuestra su disciplina: sostiene la investigación sin prometer resolución y enseña que la ausencia de final no es un fracaso, sino la condición para un entendimiento continuo.

Incluso dentro de la propia medicina, los líderes reconocen esta tensión. Abraham Verghese, junto con otros académicos de Stanford, ha señalado que apenas la mitad de lo que se enseña en las facultades de medicina resulta directamente relevante para el diagnóstico; el resto es especulativo o infundado. Esta observación no pretende desacreditar la formación médica, sino subrayar la necesidad de un método que priorice la verificación sobre la repetición acrítica. El diagnóstico clínico, por tanto, no se apoya en una acumulación de certezas, sino en la práctica constante de la duda disciplinada: cuestionar, descartar lo irrelevante y sostener lo provisional mientras se busca mayor precisión.

La historia ofrece otra lección vívida en la figura de Galileo Galilei. Cuando entrenó su telescopio hacia el cielo en 1609, observó cuatro lunas orbitando Júpiter y fases de Venus que sólo podían explicarse si el planeta giraba alrededor del sol. Estos descubrimientos contradecían el sistema ptolemaico, que durante siglos había colocado la tierra en el centro de la creación. La creencia exigía obediencia a la tradición; el escepticismo podía haber descartado todo conocimiento heredado como corrupto. El camino de Galileo fue distinto. Midió, documentó y publicó, sabiendo que la evidencia debía sopesarse antes de ser afirmada o negada. El costo de esta duda fue severo: interrogatorio, censura y arresto domiciliario. Sin embargo, fue precisamente su negativa a asentir con demasiada rapidez—su suspensión del juicio hasta que la evidencia resultara contundente—lo que hizo posible la indagación. Galileo muestra cómo la duda puede preservar las condiciones del conocimiento incluso bajo la mayor presión para creer.

La literatura ofrece un paralelo. En Hamlet de Shakespeare, el joven príncipe es confrontado por el espectro de su padre asesinado, que exige venganza. Creer significaría aceptar de inmediato la palabra de la aparición y matar al rey sin vacilación. Ser escéptico equivaldría a descartarla como alucinación o engaño. Hamlet no hace ni lo uno ni lo otro. Permite que la duda gobierne su respuesta. Pone a prueba la afirmación del espectro montando una obra que reproduce el supuesto crimen y observa la reacción del rey en busca de confirmación. Su negativa a actuar únicamente con base en la creencia, y su renuencia a descartar al espectro sin más, ilustran la disciplina de la duda. Su tragedia no radica en dudar, sino en llevar la duda más allá de lo proporcionado, hasta que la vacilación misma consume la acción. Shakespeare deja claro que la indagación requiere equilibrio: suficiente duda para poner a prueba lo que se afirma, suficiente resolución para actuar cuando la evidencia habla.

Las exigencias de la vida pública muestran con igual claridad la diferencia. En los primeros meses de la pandemia de COVID-19, se pidió a los ciudadanos confiar de inmediato en los pronunciamientos oficiales o, por el contrario, descartarlos como falsedades deliberadas. La creencia llevó a algunos a aferrarse acríticamente a cada garantía, por contradictoria que fuera; el escepticismo llevó a otros a rechazar todas las orientaciones como propaganda. La duda ofreció otro camino: preguntar qué pruebas sustentaban las afirmaciones, comparar los primeros informes con los estudios posteriores y aceptar que el conocimiento era provisional y cambiante. La incertidumbre era incómoda, pero también la única respuesta honesta a una realidad en rápida transformación.

Un patrón semejante surgió tras los ataques del 11 de septiembre. Los gobiernos urgieron a las poblaciones a escoger: apoyar la intervención militar o ser acusados de deslealtad. La creencia aceptó la justificación de la guerra al pie de la letra; el escepticismo descartó todas las afirmaciones oficiales como manipulación. La duda, sin embargo, preguntó qué pruebas existían sobre armas de destrucción masiva, qué intereses moldeaban la prisa por invadir y qué alternativas se estaban excluyendo. Dudar en tales circunstancias no fue deslealtad, sino responsabilidad: el intento de retener el asentimiento hasta que las afirmaciones pudieran ser verificadas. Estos ejemplos muestran que la duda no es pasividad. Es la disciplina activa de someter a prueba lo que se dice frente a lo que se puede saber, resistiendo la seducción del cierre prematuro.

La verificación exige precisamente esta suspensión: no la comodidad de la creencia, ni el descarte del escepticismo, sino la disciplina de demorarse en la incertidumbre el tiempo suficiente para que la prueba cobre forma. Puede decirse que sólo es posible verificar cuando la creencia queda en suspenso. La creencia anhela un cierre, el escepticismo presume la falsedad, pero la duda aquieta la mente en el intervalo, allí donde la verdad puede aproximarse sin la ilusión de ser poseída.

El mismo principio alcanza a las tentaciones del éxito y del reconocimiento. El éxito y la fama se asemejan a cenizas: restos vacíos de un fuego que alguna vez ardió y que ahora yace extinguido, incapaces de ofrecer verdadero gozo a una mente indagadora. Las cenizas evocan una llama que se consumió en su propio ardor. Así ocurre con la fama: cuando cesa el aplauso, sólo queda el residuo. También la creencia brinda amparo pasajero, pero se vuelve frágil cuando nunca se somete a prueba. El reconocimiento y la convicción prometen permanencia, y sin embargo ambos se quiebran con facilidad. Una mente entregada a la indagación no puede reposar en ellos. Requiere algo menos visible, más perdurable: la negativa a definirse con premura, la disciplina del anonimato.

El anonimato aquí no significa apartarse del mundo. Significa, más bien, contener la afirmación o el propósito hasta que el conocimiento madure. Declarar con exceso de rapidez lo que uno es, o lo que uno sabe, equivale a clausurar el descubrimiento. Por necesidad, la mente indagadora permanece anónima. Se resiste a ser apresada por etiquetas o sostenida en reconocimientos. Su apertura es su fuerza. Permanece atenta a lo que aún no ha sido revelado.

La época presente vuelve aún más apremiante esta disciplina. La tecnología acelera cada demanda de certeza: los titulares han de ser inmediatos, las opiniones instantáneas, las identidades reducidas a perfiles y etiquetas. Las redes sociales prosperan en la afirmación repetida de la creencia, rara vez en la duda considerada y puesta a prueba. Los algoritmos recompensan la prisa y la indignación, castigando la vacilación como debilidad y la contradicción como traición. Cultivar la duda y el anonimato es, por ello, una forma de resistencia. Resguarda la sutileza del pensamiento frente a la presión de la velocidad y el espectáculo. Se niega a que la indagación se reduzca a consignas o a que la certeza se comprima en frases hechas.

La disciplina de la duda enseña que la verdad nunca se posee, sólo se persigue. El éxito, la fama y la creencia pueden fulgurar un instante, pero acaban desmoronándose en cenizas. Lo que permanece es la labor callada de preguntar, la paciencia de permanecer indefinido hasta que el conocimiento tome cuerpo. Creer es instalarse en el residuo; dudar es sostenerse en el fuego vivo. Preguntar es avivar la llama; creer es juntar cenizas.


Bibliografía anotada

  • Arendt, Hannah: Between Past and Future. New York: Viking Press, 1961. (Arendt examina la importancia de pensar sin apoyos absolutos; ilumina cómo la disciplina de la duda resiste certezas políticas y sociales).
  • Bauman, Zygmunt: Liquid Modernity. Cambridge: Polity Press, 2000. (Bauman describe la fluidez y la precariedad de las certezas en la modernidad; refuerza la idea de la duda como condición frente a la volatilidad contemporánea).
  • Berlin, Isaiah: The Crooked Timber of Humanity. Princeton: Princeton University Press, 1991. (Berlin analiza el pluralismo de valores y la imposibilidad de certezas únicas; sostiene la necesidad de vivir con tensiones irresueltas).
  • Bitbol-Hespériès, Annie: Descartes’ Natural Philosophy. New York: Routledge, 2023. (Bitbol-Hespériès examina cómo la filosofía natural cartesiana surge de un ejercicio constante de duda metódica; ofrece una lectura contemporánea que conecta ciencia y metafísica).
  • Han, Byung-Chul: In the Swarm: Digital Prospects. Cambridge, MA: MIT Press, 2017. (Han examina la presión de la transparencia y la aceleración digital; aporta claves para entender cómo la tecnología desvirtua la paciencia de la duda).
  • Croskerry, Pat; Cosby, Karen S.; Graber, Mark; and Singh, Hardeep, eds.: Diagnosis: Interpreting the Shadows. Boca Raton, FL: CRC Press, 2017. (Abordan la complejidad cognitiva del razonamiento diagnóstico; muestra cómo la incertidumbre es inherente a la práctica clínica y cómo la duda disciplinada puede reducir los errores diagnósticos).
  • Elstein, Arthur S. y Schwartz, Alan: Clinical Problem Solving and Diagnostic Decision Making: Selective Review of the Cognitive Literature. New York: Oxford University Press, 2002. (Un estudio fundamental en la toma de decisiones médicas, que muestra cómo el razonamiento diagnóstico depende menos de un conocimiento estático y más de la duda metódica y la verificación).
  • Finocchiaro, Maurice: Retrying Galileo, 1633–1992. Berkeley: University of California Press, 2005. (Finocchiaro explora los juicios y revisiones históricas del proceso contra Galileo; muestra cómo la duda científica chocó con la autoridad religiosa y cómo ha sido reinterpretada).
  • Gaukroger, Stephen: Descartes: An Intellectual Biography. Oxford: Oxford University Press, 2002. (Una biografía intelectual que sitúa a Descartes en el contexto cultural del siglo XVII; ilumina cómo la duda cartesiana fue también estrategia frente a tensiones religiosas y científicas).
  • Garber, Daniel: Descartes Embodied: Reading Cartesian Philosophy through Cartesian Science. Cambridge: Cambridge University Press, 2001. (Garber analiza la estrecha relación entre la ciencia de Descartes y su método filosófico; subraya cómo la práctica científica refuerza la disciplina de la duda).
  • Graber, Mark L.; Schiff, Gordon D.; and Singh, Hardeep: The Patient and the Diagnosis: Navigating Clinical Uncertainty. New York: Oxford University Press, 2020. (Graber explora cómo los médicos gestionan la incertidumbre, subrayando que la precisión en el diagnóstico surge de métodos estructurados más que de un conocimiento incuestionado).
  • Han, Byung-Chul: The Disappearance of Rituals. Cambridge: Polity Press, 2020. (Han explora cómo la sociedad digital erosiona los espacios de repetición y espera; ilumina la urgencia de recuperar anonimato y demora en la indagación).
  • Machamer, Peter, ed.: The Cambridge Companion to Galileo. Cambridge: Cambridge University Press, 1998. (Colección de ensayos actualizados que presentan la obra de Galileo desde la historia de la ciencia, la filosofía y la política; ilumina cómo la duda empírica transformó la cosmología).
  • Nussbaum, Martha: Political Emotions: Why Love Matters for Justice. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2013. (Nussbaum examina cómo las instituciones liberales pueden cultivar de manera responsable las emociones públicas—como el amor, la tolerancia y la solidaridad—enriqueciendo así la sección del ensayo sobre la vida cívica, que muestra cómo el cultivo emocional, más allá de la creencia o el escepticismo, sostiene la indagación social).
  • Popkin, Richard: The History of Scepticism: From Savonarola to Bayle. Oxford: Oxford University Press, 2003. (Estudio histórico del escepticismo, mostrando cómo evoluciona entre desconfianza radical y disciplina de la indagación).
  • Shakespeare, William: Hamlet. New Haven: Yale University Press, 2003. (Encarnación literaria de la duda como fuerza ambivalente: motor de la indagación y riesgo de la parálisis).
  • Shea, William, and Mariano Artigas: Galileo in Rome: The Rise and Fall of a Troublesome Genius. Oxford: Oxford University Press, 2003. (Narración accesible y documentada del enfrentamiento de Galileo con la Iglesia; ilustra cómo la persistencia en la duda verificadora tuvo consecuencias vitales y políticas).
  • Verghese, Abraham; Saint, Sanjay; and Cooke, Molly: “Critical Analysis of the ‘One Half of Medical Education Is Wrong’ Maxim.” Academic Medicine 86, no. 4 (2011): 419–423. (Autorizado por académicos vinculados a Stanford en educación médica; argumenta que gran parte de la enseñanza médica carece de relevancia directa para la exactitud diagnóstica, lo que subraya la necesidad de la duda disciplinada y la reevaluación).

El fracaso de una cultura sin bondad ni civilidad

July 25, 2025
Ricardo Morin
El vacío del símbolo
CGI
2025

A todos quienes sufren

Por Ricardo Morin

Julio de 2025

*

Resumen

Este ensayo examina el declive ético en el corazón de la vida cívica contemporánea y sus consecuencias para la cultura.   Sostiene que la cultura no consiste únicamente en la preservación de formas artísticas o intelectuales, sino en la expresión pública de un propósito moral.   A partir de La condición humana (1958) de Hannah Arendt —en particular, de su crítica a la “ausencia de mundo” de la sociedad de masas— el ensayo rastrea cómo las formas simbólicas e institucionales se han desprendido de la responsabilidad ética.   En lugar de una cultura fundada en compromisos morales compartidos, identifica el surgimiento de la anticultura:   una imitación promovida por el espectáculo sobre la vida cultural, despojada de responsabilidad cívica y profundidad moral.   Rechazando la nostalgia, el ensayo aboga por una renovación cultural basada en la solidaridad, la compasión pública y el compromiso ético.



La vida cultural de una sociedad no se sostiene únicamente por los museos, la literatura o los festivales.   Estos pueden servir como símbolos de identidad o refinamiento, pero la cultura, en su sentido más pleno, exige una orientación moral más profunda.    Si la bondad —entendida como el compromiso con la dignidad de los otros— no anima la vida cívica, la cultura pierde su fundamento y se convierte en una cáscara decorativa.   Puede conservar el lenguaje, los símbolos y los rituales de una sociedad sana, pero sin vitalidad ética esas formas corren el riesgo de volverse performativas o incluso engañosas.   Lo primero que se marchita en tal decadencia no es la expresión, sino la conciencia:  la facultad interior que otorga a la cultura su peso ético.  Sin la participación de la conciencia, la creación persiste como mero adorno, y la inteligencia se convierte en simple actuación.

El estado actual de la vida pública estadounidense ilustra este declive.  El discurso público se ha vuelto grosero.  Es común que los actores políticos califiquen a sus oponentes no solo de equivocados, sino también de peligrosos o depravados.   Durante su primera presidencia —y nuevamente desde su regreso al poder— Donald Trump ha tildado a sus críticos de “traidores”, “escoria” y “malvados”.   En mítines y en las redes sociales, ha llamado “alimañas” a sus adversarios políticos, un lenguaje utilizado históricamente por regímenes autoritarios para deslegitimar a la oposición.   La prensa ha sido repetidamente descrita como “el enemigo del pueblo”, una expresión empleada desde hace mucho para socavar la rendición de cuentas pública.

Este estilo de política se ha normalizado.   En juntas escolares, cámaras legislativas y plataformas de campaña, los funcionarios electos acusan a sus contrapartes de ser “corruptores”, “comunistas” o “antiamericanos”:   un lenguaje que transforma la discrepancia en condena moral.   En 2023, cuando el gobernador republicano de Utah, Spencer Cox, apoyó públicamente la protección de los jóvenes LGBTQ y pidió un diálogo civil, comentaristas de la extrema derecha lo denunciaron como “republicano solo de nombre”, un supuesto traidor a los valores conservadores.   Su llamado a la empatía fue interpretado no como fortaleza de carácter, sino como rendición política.   En un ambiente así, incluso los gestos mesurados de respeto se interpretan como debilidad o, peor aún, como traición.

Las teorías conspirativas que antes quedaban relegadas a panfletos marginales ahora resuenan en audiencias del Congreso.   La representante Marjorie Taylor Greene ha acusado a sus oponentes políticos de organizar “rituales satánicos”, mientras que el senador J.D. Vance ha sugerido que las élites culturales y académicas representan una amenaza existencial para la nación.   En un entorno semejante, la oposición política se redefine como desviación moral.   El resultado no es solo polarización, sino el desmantelamiento sistemático de la imaginación cívica.

Lo que se promueve en este clima no es solo una ideología política, sino también una forma de poder centrada en la humillación del otro:   una postura autoglorificante que se sostiene en la denigración que requiere.  Este tipo de liderazgo no descansa en principios ni en una visión pública, sino en la exaltación de la propia imagen.  Es una forma de poder narcisista —no en sentido clínico, sino como la conversión de la autoridad simbólica en vehículo de agravio, culto a la personalidad y desprecio sistemático por la diferencia.

Las consecuencias de este clima no se limitan a la retórica. En 2022, Paul Pelosi, esposo de la entonces presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi, fue atacado en su casa por un intruso radicalizado por conspiraciones que abundan en las redes cibernéticas. En 2025, la senadora estatal de Minnesota Melissa Hortman y su esposo fueron asesinados por un hombre supuestamente enfurecido por las agendas legislativas progresistas. Por la misma época, un atacante solitario arremetió contra asistentes a un evento del Orgullo (Pride month), alegando agravios ideológicos como justificación. Más recientemente, el 10 de septiembre de 2025, el influyente comunicador Charlie Kirk fue asesinado por un joven radical inflamado por la misma retórica que decía oponerse. Estos actos no son tragedias aisladas: revelan un paisaje cívico en el que la ira no solo se normaliza, sino que también se convierte en arma. El discurso deshumanizador no es palabra ociosa; se transforma en licencia para la violencia.

Las plataformas digitales amplifican estas dinámicas. Lo que comenzó como herramientas de conexión se ha convertido en motores de indignación. Los algoritmos de plataformas como X (antes Twitter) privilegian el contenido que inflama en lugar del que informa. Los ataques verbales, las descalificaciones personales y las afirmaciones tribales generan más interacción que la reflexión o la mesura. Las voces más ruidosas —no las más sabias— son las más amplificadas. Como resultado, la crueldad suele recompensarse como franqueza, y la burla se confunde con lucidez.

Los efectos son tangibles. Un alcalde recibe amenazas de muerte por aplicar políticas de salud pública. Un maestro es hostigado en las redes sociales por adoptar un lenguaje inclusivo. Una bibliotecaria renuncia tras negarse a censurar materiales que afirman el pluralismo. La Universidad de Columbia paga más de 200 millones de dólares en sanciones al gobierno federal bajo presión política de la administración Trump, obligada a exhibir conformidad partidista para poder continuar su investigación contra el cáncer. No se trata de excepciones anecdóticas. Revelan un deterioro más amplio de la sensibilidad democrática: una incapacidad para reconocer a los conciudadanos como dignos de cuidado, diálogo o siquiera respeto básico.

En ninguna parte resulta más visible esta inversión del lenguaje moral que en dos de los fracasos nacionales más persistentes: la ausencia de una cobertura sanitaria universal y la circulación descontrolada de armas de fuego. En ambos casos, el lenguaje de la libertad oculta la lógica del lucro. Las industrias del seguro y de las armas, fortalecidas por inversores y patronos políticos, convierten la dependencia y el miedo en ingresos, mientras los legisladores invocan la “elección” y los “derechos” como coartada moral de su complicidad. El resultado es una inversión cívica: la salud y la seguridad —antes entendidas como responsabilidades morales de una sociedad justa— se administran como mercados de lucro. Cuando el interés se apropia del vocabulario de la conciencia, la democracia empieza a pronunciar su propia negación.

Sin embargo, esta crisis suele caracterizarse erróneamente. Nombrarla no es un ejercicio de nostalgia. El diagnóstico no propone volver a un pasado idealizado, sino exigir un ajuste de cuentas con los fundamentos éticos de la cultura misma. Una sociedad puede erigir monumentos, publicar literatura y preservar archivos; pero si deja de cultivar la compasión, la humildad y el hábito del cuidado, su cultura ya ha comenzado a marchitarse.

Esta decadencia moral da lugar a lo que puede llamarse anticultura: no la ausencia de formas culturales, sino su inversión —su uso como instrumentos de división, mercadotecnia o control. La anticultura ofrece apariencia sin sustancia, herencia sin responsabilidad y visibilidad sin visión ética. Imita el sentido, pero no lo genera. Su lenguaje se halaga en lugar de orientar. Sus relatos entretienen, pero no vinculan.

Reconstruir la cultura es recuperar su esencia moral. No basta con preservar instituciones, patrocinar festivales o financiar las artes si se descuida el espíritu ético. Una cultura sin bondad se vuelve hueca —fácilmente cooptada por el espectáculo, el tribalismo o el poder. Los actos de valentía pública, la rehumanización del discurso y la negativa a normalizar el desprecio no son gestos ornamentales; son condiciones esenciales para la renovación. Como la democracia, la cultura debe cultivarse—no solo heredarse o exhibirse. En su núcleo, cultura y bondad no son separables. Nutrir una da vida a la otra. Donde la bondad decae, la cultura pierde su vitalidad; donde se cultiva, la cultura puede renacer. La labor de rehumanización, por tanto, nunca se completa; debe permanecer como un trabajo continuo de la conciencia.

*


Bibliografía anotada

Arendt, Hannah: The Human Condition. Chicago: University of Chicago Press, 1958. (Arendt explora la distinción entre trabajo, obra y acción, ofreciendo una crítica fundamental de cómo la vida moderna ha erosionado el compromiso público significativo).

Bellah, Robert N., et al: Habits of the Heart: Individualism and Commitment in American Life. Berkeley: University of California Press, 1985. (Este estudio sociológico examina las tensiones entre el individualismo y la responsabilidad cívica en la cultura estadounidense).

Berman, Marshall: All That Is Solid Melts into Air: The Experience of Modernity. New York: Simon & Schuster, 1982. (Berman rastrea la desorientación psicológica y cultural provocada por la modernidad, especialmente en la vida urbana).

Girard, René: Violence and the Sacred. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1977. (La teoría de Girard sobre el deseo mimético y la violencia sacrificial aclara cómo las formas culturales pueden degenerar en mecanismos de exclusión o agresión).

Lasch, Christopher: The Culture of Narcissism: American Life in an Age of Diminishing Expectations. New York: W. W. Norton, 1979. (Lasch critica el auge del individualismo terapéutico y la erosión de la virtud cívica).

MacIntyre, Alasdair: After Virtue: A Study in Moral Theory. Notre Dame: University of Notre Dame Press, 1981. (El argumento de MacIntyre de que el discurso moral moderno está fragmentado y es incoherente proporciona el fundamento filosófico del ensayo).

Nussbaum, Martha C.: Political Emotions: Why Love Matters for Justice. Cambridge: Harvard University Press, 2013. (Nussbaum sostiene que cultivar capacidades emocionales—como la compasión y la solidaridad—es esencial para una sociedad justa).

Putnam, Robert D.: Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community. New York: Simon & Schuster, 2000. (Putnam presenta un estudio integral sobre la decadencia del compromiso cívico en Estados Unidos).

Sandel, Michael J.: What Money Can’t Buy: The Moral Limits of Markets. New York: Farrar, Straus and Giroux, 2012. (Sandel critica la intromisión de la lógica de mercado en esferas de la vida tradicionalmente regidas por normas éticas).

Taylor, Charles: A Secular Age. Cambridge: Harvard University Press, 2007. (Taylor examina las consecuencias morales y culturales de la modernidad secular, en particular la fragmentación del significado compartido).