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« Retrato de un presidente »

December 12, 2025

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Este texto no es un alegato a favor ni en contra de una figura política, ni un ejercicio de adjudicación moral.    Se trata de un retrato diagnóstico, sustentado en acciones públicamente documentadas, conductas observables y un registro históricamente verificable.    Allí donde las distinciones jurídicas resultan pertinentes, se respetan; cuando la percepción diverge del motivo, dicha divergencia se examina en lugar de ser desestimada.

El propósito del retrato no es invalidar las experiencias de quienes perciben sinceridad o calidez en el sujeto, sino situar tales percepciones dentro de una estructura más amplia de comportamiento a lo largo del tiempo.    El afecto momentáneo (Affekt), el talante privado y los encuentros selectivos no se consideran aquí como prueba de continuidad de carácter, sino como elementos que coexisten —a veces de manera tensa— con patrones que han tenido consecuencias públicas.

Este mismo enfoque rige la manera en que se abordan las afirmaciones sobre capacidades excepcionales.    Las aseveraciones que sustituyen la evidencia por el mito —como las declaraciones de inteligencia casi sobrehumana— no se aceptan sin examen.    Más allá de cómo se interpreten el razonamiento errático, la confusión procedimental o la reiterada incomprensión de los límites legales e institucionales, tales afirmaciones requieren la suspensión de la realidad observable.    En ese sentido, funcionan menos como descripción que como compensación:    intentos de reconciliar una disonancia con una imagen de dominio.    Cuando la coherencia se debilita, el recurso se desplaza hacia otro lugar.    La validación a través de lo falso no esclarece la capacidad; neutraliza la contradicción.

No se formulan afirmaciones de carácter médico, psicológico ni patológico.    El análisis se mantiene estrictamente dentro del ámbito de la conducta, la postura y la recurrencia.    La interpretación se ofrece cuando resulta justificada; se ejerce contención cuando los hechos, por sí solos, deben bastar.

A los lectores inclinados tanto a la afirmación como al rechazo se les invita a suspender ambos impulsos.    El texto solicita únicamente que las acciones se consideren en secuencia y que los patrones se examinen sin premura.    No se presupone el acuerdo; sí una lectura atenta.


Ensayo diagnóstico sobre poder, postura y patrón histórico

Lo que sigue no considera el cuerpo como evidencia de una disposición interior, sino como una superficie pública sobre la cual se han asentado, con el paso del tiempo, hábitos de poder, repetición y afirmación.

En el umbral de su octava década, la fisonomía del presidente no se limita a registrar el curso natural del envejecimiento, sino una separación progresiva entre impulso y contención, entre reflejo y aquellos mecanismos que en otro momento podrían haberlo moderado.    Lo que se manifiesta no es una ausencia, sino una desalineación:    capacidades que persisten sin coordinación, reacciones que proceden sin mediación.

El agotamiento de las reservas mentales se hace visible en el rostro como una tensión sostenida.    En él coexisten —sin reconciliación— ambición y negación, afirmación y fragilidad.    La fricción entre la realidad vivida y una aspiración intransigente se registra como una forma de orgullo endurecido, resistente a la revisión.

Esta disyunción ya era visible décadas atrás.    En 1989, durante el caso de la violación en grupo (gang-rape) ocurrida en Central Park, en la ciudad de Nueva York, actuó públicamente mediante un anuncio a página completa en la prensa que afirmaba la culpabilidad y reclamaba castigos severos para cinco jóvenes que aún no habían sido juzgados.    Esa certidumbre impulsiva contribuyó al endurecimiento de la condena pública y acompañó años de encarcelamiento injusto antes de su posterior exoneración.    Dicho juicio no fue revisado.    El episodio no se limitó a revelar un error; puso de manifiesto una estructura instintiva:    la certeza desplazando a la deliberación, la acusación antecediendo al proceso.

Esta misma insistencia en la continuidad por encima de la corrección se manifiesta en otros ámbitos, no solo en la conducta, sino también en la apariencia.    La cuidada arquitectura de la imagen pública —hasta el elaborado peinado, mantenido con notable constancia a lo largo de las décadas— denota una preferencia por la estabilidad sin alterar el rumbo.    El cambio se absorbe superficialmente; la forma se conserva.

Conviene señalar, no obstante, que muchos entre sus seguidores —e incluso algunos que no se alinean con él políticamente pero se abstienen de oponérsele por razones de autopreservación— lo describen no desde la adulación, sino desde la convicción genuina de que existe en él un aspecto sincero, incluso cálido.    Esta percepción no debe ser descartada de plano.    Refleja una realidad experimentada por quienes lo tratan en contextos limitados o controlados.    Sin embargo, merece ser examinada, precisamente porque tales impresiones pueden confundir el talante momentáneo con el motivo duradero.    La calidez, cuando se halla desvinculada de la consistencia o de la contención, no necesariamente modera el impulso; puede coexistir con él, desplegada de manera selectiva, mientras los patrones subyacentes permanecen inalterados.

Ese mismo reflejo permanece latente en la actualidad, aparentemente sin haber sido atenuado por el paso del tiempo.    Reaparece no como argumento, sino como postura.

La boca, marcada por un labio superior retraído, indica contención más que disposición al habla.    El impulso parece mantenerse en suspensión antes que moderarse.    Los ojos, asimétricos y vigilantes, permanecen orientados hacia el exterior más que hacia el interior, y registran el entorno menos como un espacio de intercambio que como un ámbito a ser evaluado.    Las cejas elevadas ya no transmiten convicción; reaparecen como una afirmación habitual, reiteradamente reafirmada.    La piel, excesivamente oxigenada y revestida de un tono dorado y acerado, enfatiza la continuidad superficial por encima de la variación; presenta la vitalidad como apariencia más que como integración.

La respiración se registra como laboriosa más que relajada, marcada por la insistencia antes que por la soltura.    La leve inclinación hacia adelante de la cabeza no solicita respuesta; la precede, situando al mundo circundante como algo a ser afrontado más que encontrado.

A través de estos gestos, la continuidad sustituye al ajuste.    El cuerpo sostiene la afirmación incluso cuando las condiciones cambian y preserva la postura allí donde podría producirse una recalibración.

Los años posteriores refuerzan la estructura ya visible en conductas anteriores.    Determinaciones civiles, asociaciones documentadas públicamente y acusaciones recurrentes —distintas en su estatus jurídico pero convergentes en su patrón— exhiben de manera consistente la misma secuencia:    el impulso antecediendo al juicio, la dominancia suplantando a la contención, la consecuencia tratada como incidental más que como correctiva.

Considerado en su conjunto, el retrato no describe la desaparición de mejores instintos, sino su desplazamiento.    Estos persisten como restos no operativos —presentes, pero relegados— mientras reflejos más primarios modelan de forma creciente el gesto y la respuesta.    Aquello que en otro momento podría haber moderado la acción permanece ahora al margen, mientras la figura continúa operando por inercia más que por integración.


El término “desequilibrio mental” —derangement— ingresó al discurso público no como diagnóstico, sino como acusación.    Se empleó para explicar la oposición, la disidencia e incluso la tragedia.    Cuando una persona asesinada fue descrita como víctima del llamado “síndrome de desequilibrio mental anti-Trump”, la expresión no buscó describir una creencia.    Operó como desplazamiento.    La atención se apartó del acto violento y se dirigió hacia la lealtad.    La acción no se examinó; el crítico fue patologizado.

Esa inversión plantea una pregunta más amplia:    si la conducta que así se protege tiene precedentes en la historia presidencial estadounidense.

Estados Unidos ha tenido presidentes impulsivos, vengativos y temerarios.    Andrew Jackson gobernó movido por animadversiones personales e ignoró la autoridad judicial.    Richard Nixon cultivó enemigos y actuó en secreto contra límites constitucionales.    Woodrow Wilson reprimió la disidencia e impuso conformidad ideológica en tiempos de guerra.    Cada uno transgredió las expectativas éticas de su época.    Cada uno alteró los estándares del cargo.

Sin embargo, en todos los casos persistía una medida externa.    Jackson sabía qué ley desobedecía.    Nixon ocultó sus actos porque el ocultamiento aún tenía sentido.    Wilson justificó la represión apelando a la unidad nacional y a una necesidad moral.    Sus excesos eran inteligibles porque las normas que quebrantaban seguían siendo reconocidas.

Lo que distingue el caso presente no es la existencia de una falla ética, sino la ausencia de toda referencia ética.

El desacuerdo ya no se trata como oposición, sino como patología.    La responsabilidad no se debate; se traslada.    Los hechos no se refutan; se descartan como invenciones hostiles.    La tragedia no se examina ni se lamenta; se absorbe como agravio.    Las categorías que antes estructuraban el juicio —verdad, responsabilidad, proporción— no son simplemente violadas.    Son deslegitimadas.

Esto no es solo comportamiento autoritario.    Es gobierno por afirmación.    La repetición sustituye a la justificación.    La lealtad sustituye a la evaluación.    El yo se convierte en la medida desde la cual se ordena la realidad.

Las comparaciones históricas resultan tentadoras.    Calígula.    Gengis Kan.    Otros nombres surgen por instinto.    No por equivalencia de escala, sino por afinidad de lógica.

Aun así, incluso los tiranos gobernaron dentro de marcos reconocibles:    derecho divino, conquista, destino, linaje.    Su crueldad operaba dentro de una cosmología que producía sentido, por brutal que fuera.

Aquí no se invoca ningún marco semejante.    La autoridad no se apoya en la ley ni en la tradición.    No apela a teología ni a ideología.    Descansa exclusivamente en la identificación personal.    Quienes se alinean son validados.    Quienes disienten son declarados defectuosos.

El peligro de esta postura no reside en la transgresión de normas —la historia estadounidense ofrece numerosos ejemplos—, sino en la eliminación de los criterios que permiten reconocer una norma.    Cuando la oposición se define como enfermedad, no queda nada que debatir.    Cuando la tragedia se explica por la creencia y no por la acción, no queda nada que examinar.    Al público no se le pide juicio.    Se le pide alineación.

Esta condición no requiere diagnóstico para ser comprendida.    Requiere atención.

Lo observable basta:    el lenguaje empleado, las inversiones reiteradas, la forma en que la responsabilidad se disuelve en acusación.    El retrato que emerge no es el de una inteligencia excepcional ni el de una maldad singular, sino el de una presidencia ejercida sin medida, donde la contradicción deja de registrarse como contradicción y donde el poder se afirma sin referencia externa.

Una presidencia así no solo pone a prueba a las instituciones.    Pone a prueba si aún se distingue entre desacuerdo y desviación, entre explicación y excusa, entre lealtad y juicio.

El retrato no necesita cerrarse con una advertencia.    Basta con observar el resultado:    una escena en la que la autoridad ya no se sostiene por lo que hace, sino por quién se alinea; y en la que el cargo, despojado de medida, termina reflejando únicamente a quien lo ocupa.