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Dominios de acción

January 14, 2026

Un estudio diagnóstico de cómo la vida pública continúa funcionando cuando el juicio es limitado y las condiciones permanecen inestables


Ricardo Morín
Mantra: Dominios de acción
21 x 28,5 pulgadas
Acuarela, grafito, ceras,
tinta y gesso sobre papel
2003

Nota:

Nada de lo que diga pertenece a la obra.

La obra no necesita palabras.

Ya habla en su propio medio, para el cual el lenguaje no tiene equivalente.


Ricardo F. Morín

18 de diciembre de 2025

Oakland Park, Fl

Este trabajo no fue escrito para sostener una posición ni para cerrar un debate.   Surgió de una atención sostenida a condiciones que no podían ser ignoradas sin distorsión.   Escribir, en este sentido, no es una expresión de propósito, sino una consecuencia de la conciencia.

Las páginas que siguen no reclaman autoridad por pericia ni por urgencia.   Parten del reconocimiento de que el juicio debe actuar con frecuencia bajo condiciones incompletas, y de que la claridad, cuando aparece, lo hace de manera gradual y sin garantía.   Lo que aquí se ofrece no es una conclusión, sino una continuidad:   un esfuerzo por mantenerse fiel a lo que puede observarse cuando la atención se sostiene.

Este estudio no procede de la especialización constitucional, de la autoridad institucional ni de la proximidad profesional al ejercicio del gobierno.   Procede de la observación.   Sus afirmaciones surgen de una atención sostenida a la manera en que la vida pública continúa funcionando bajo condiciones en las que el juicio está limitado, la información permanece incompleta y, aun así, las decisiones deben tomarse.

En ámbitos donde el conocimiento acreditado suele determinar la legitimidad, escribir desde fuera de la autoridad formal puede dar lugar al rechazo antes incluso de la lectura.  Ese riesgo es real.   Sin embargo, las condiciones examinadas aquí no pertenecen exclusivamente a dominios técnicos.  Se presentan cotidianamente a ciudadanos, funcionarios, instituciones y sistemas por igual.   El juicio bajo incertidumbre no es una actividad especializada; es una condición compartida.

La ausencia de credenciales formales no exime a este trabajo del rigor.  Exige otro tipo de disciplina:   contención en la afirmación, precisión en la descripción y fidelidad a lo que puede observarse sin presuponer dominio.  El análisis no pretende resolver cuestiones constitucionales ni proponer soluciones institucionales.   Examina cómo la gobernanza persiste cuando la claridad es parcial, cuando la autoridad opera a través de múltiples dominios y cuando la continuidad depende menos de la certeza que del ajuste.

Si este trabajo posee algún valor, no será porque hable desde la autoridad, sino porque atiende con cuidado a la forma en que la autoridad funciona cuando ninguna posición —experta o no— puede reclamar pleno control sobre las condiciones que enfrenta.


Este trabajo aclara una confusión presente en numerosas culturas políticas: la tendencia a tratar república y democracia como ideales intercambiables, en lugar de entenderlos como componentes distintos de la gobernanza.   Los capítulos observan cómo los arreglos políticos continúan operando cuando las categorías heredadas dejan de esclarecer lo que está ocurriendo.

El método es observacional.   La vida política se describe tal como se experimenta:   decisiones tomadas sin conocimiento pleno, términos utilizados por hábito e instituciones que se ajustan internamente mientras conservan su forma exterior.   El análisis parte de los límites del juicio como condición cotidiana:   las personas deben actuar antes de comprender plenamente las circunstancias en las que actúan.

Lo que sigue no propone un modelo ni defiende una tradición.   Traza cómo el lenguaje, las instituciones y las expectativas se separan a lo largo de distintos dominios de acción, y cómo la vida pública continúa operando bajo condiciones que no permiten una claridad plena.


Tras las elecciones presidenciales, decisiones de alto impacto se desarrollan mediante canales estructurados que limitan la participación por diseño:   la selección de nominados, el control de los tiempos de confirmación, la gestión de vacantes estratégicas y la secuenciación de los procedimientos dentro del Comité Judicial del Senado.   Las votaciones de confirmación y la concesión de cargos de duración indefinida trasladan aún más la autoridad desde el electorado hacia ámbitos institucionales protegidos.   De este modo, la participación alcanza su punto máximo en el momento de la selección y se retrae a medida que la autoridad avanza.


La acción ejecutiva bajo incertidumbre



Ritual electoral y persistencia de la forma

1

Las elecciones son el rasgo más reconocible de la participación democrática.   Proporcionan una estructura recurrente mediante la cual la implicación pública se organiza y se exhibe.   Su regularidad genera una sensación de continuidad incluso cuando las condiciones circundantes cambian.

2

Como ritual, las elecciones afirman la participación mediante la repetición. Los procedimientos permanecen familiares —campañas, votación, certificación, transición— y establecen una secuencia compartida que señala orden y legitimidad.   Estas formas exteriores sostienen la confianza en el proceso, incluso cuando los resultados permanecen inciertos.

3

Las elecciones perduran no porque resuelvan el conflicto, sino porque organizan la confianza en el punto de selección.   No zanjan el desacuerdo; hacen posible la coordinación continuada al establecer un momento reconocido de autorización.

4

Una vez organizada la confianza en el punto de selección, la atención pública se desplaza de los mecanismos de participación hacia la visibilidad de los resultados.   Ganar y perder sustituyen el examen de cómo la participación se traduce en política, administración o ejecución.   El ritual satisface la expectativa de involucramiento, mientras la atención se aparta de los trayectos mediante los cuales la autoridad opera después de la selección.

5

Este énfasis en el resultado refuerza la estabilidad simbólica.   Mientras las elecciones se celebren según lo previsto y los resultados sean reconocidos, el sistema parece intacto.   Las preguntas sobre cómo se toman las decisiones posteriormente —cómo se transporta, distribuye y limita la autoridad— reciben una atención menos sostenida.

6

Las discrepancias entre la elección electoral y la experiencia vivida suelen atribuirse a individuos más que a trayectorias institucionales.   La insatisfacción se personaliza, mientras la distancia estructural entre participación y gobernanza permanece en gran medida sin examinar.

7

Los rituales electorales persisten porque cumplen una función estabilizadora.   Marcan transiciones, renuevan la legitimidad y proporcionan un punto de referencia compartido para la vida pública.   Su perdurabilidad no depende de su capacidad para resolver presiones subyacentes, sino de su aptitud para preservar la coordinación en presencia del desacuerdo.

8

A medida que cambian las condiciones, la participación puede volverse más expresiva que efectiva.   El voto señala presencia y alineamiento, incluso cuando no modifica de manera sustantiva las trayectorias administrativas o ejecutivas.   La expresión permanece visible; la influencia se vuelve más incierta.

9

La democracia, entendida como método, permanece visible y activa.   Lo que fluctúa es el grado en que la participación alcanza los dominios donde las decisiones se ajustan de forma continua, y donde la autoridad sigue operando después del momento del voto.

10

La vida pública continúa mediante este arreglo porque la acción no puede detenerse en el punto de selección.   Las decisiones prosiguen mientras las condiciones evolucionan, la información se acumula de forma desigual y la responsabilidad se desplaza entre dominios.   Lo que perdura no es la resolución, sino la continuidad: la gobernanza avanza mediante ajuste, no mediante clausura, sostenida por instituciones que actúan sin reclamar finalidad.