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Un hombre observa cómo sus hermanos se tensan ante circunstancias que nadie puede controlar. De niño, el hombre jugaba un juego en el que un mensaje pasaba de una persona a otra hasta regresar alterado, sin parecerse ya a lo que se había dicho al inicio. Lo que entonces ocurría sin consecuencias reaparece ahora, aunque nada de ello es liviano.
Con los hermanos viviendo en lados opuestos del Atlántico, lo que un hermano dice no llega del mismo modo al otro. Lo que regresa ha cambiado, no por intención, sino por lo que cada uno ya lleva consigo. El hombre intenta coordinar lo que se quiere decir, pero ninguno comprende del todo al hombre, y el hombre no comprende del todo a los hermanos. Cada uno permanece con la sensación de que aquello que se intenta abordar no ha sido reconocido.
En cierto punto, la secuencia deja de avanzar. Lo que podía relacionarse con otra cosa ya no lo hace. Cada hermano vuelve a lo que no se cumplió o a lo que no pudo llevarse a cabo, no porque se negara, sino porque algo intervino que nadie podía anticipar. Lo que pudo haberse aclarado antes permanece donde está. El esfuerzo continúa sin modificarlo.
Cuando el hombre describe lo que ocurre, se le dice que está filosofando. Lo que sucede no adopta la forma de una explicación.
En ese punto, lo que queda no es lo que puede resolverse, sino lo que aún puede hacerse. El hombre dice que lo que falló tendrá que resolverse de otro modo, pero que sigue siendo posible si la esperanza se mantiene.
Nada de esto es exacto. Las situaciones no permanecen dentro de una medida, y sin embargo no se abandonan. La paciencia permite que continúen sin romperse.
Al mismo tiempo, el hombre advierte la diferencia cuando aquello que aborda no regresa. Lo que se da permanece donde está, incluso cuando es preciso. Nada vuelve transformado por lo dicho. Algo queda fuera.
Más tarde, llega un mensaje. El asunto se ha resuelto. No hay referencia a lo anterior. Aun así, algo ha cambiado.
Por ese mismo tiempo, el hombre se entera de que alguien que conocía se ha quitado la vida. Recuerda cómo hablaba, a menudo durante largos periodos, sobre lo ocurrido en su familia, sobre lo que veía en otros y sobre lo que había asegurado para sí. Nada de lo que decía carecía de claridad. Sin embargo, no lo acercaba a quienes lo escuchaban. Los oyentes permanecieron con él tanto como pudieron. No había nada más que hacer.
El hombre no intenta darle sentido. El hecho no se desprende de lo que era visible. Lo que puede verse alrededor no lo explica.
Hay condiciones que parecen rodearlo—recursos, exceso, formas de afrontar que no modifican lo que permanece debajo—pero si esas condiciones explican algo es algo que no puede determinarse.
En algún momento, el hombre ve una película en la que las relaciones no se sostienen con facilidad. Lo que destaca no es el conflicto, sino la frecuencia con que lo ofrecido no es recibido, incluso cuando es reconocido. Lo que resiste no siempre es un rechazo. A veces, la resistencia consiste en que aceptar lo ofrecido exigiría que algo cediera.
Nada resuelve esto. Algunas personas permanecen presentes unas para otras sin saber si lo que ofrecen será recibido.
Ricardo F. Morín, 23 de abril de 2026, Bala Cynwyd, PA.
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Posdata
Se dijo. No permaneció.
Lo que regresó no era lo mismo.
Lo intentó de nuevo.
Se sostuvo por un momento.
Luego cambió.
Nada se añadió.
Nada se quitó.
Aun así no era lo que había sido.
Permaneció con ello.
No permaneció.
No hubo rechazo.
Ninguna interrupción.
No cruzó.
Entre ellos lo mismo.
Lo que importaba no se sostuvo.
No oculto.
No retenido.
No se mantuvo una vez dicho.
Lo sintió antes de perderse.
Después no pudo volver a encontrarse.
Permaneció.
No regresó.
Nada se resolvió.
Algo ya no estaba.
No ausencia.
No lo que había sido.
Sin palabra para ello.
Nada siguió.
Tags: condiciones no resueltas, continuidad, distorsión, límites del entendimiento, malentendido, Percepcion, Presencia, reconocimiento, Silencio, tensión relacional

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