Un Soliloquio

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Ricardo F. Morin, Serie Nueva York, nº 1
142 cm x 213 cm
Óleo sobre tela
1992

Prefacio

Este texto no se deja reducir ni anuncia lo que contiene.  Avanza hacia lo interior—a través de la observación, el pensamiento y la tensión entre la claridad y la desaparición.  El soliloquio mantiene su curso sin desviarse: no actúa ni explica, sino que sostiene una mirada interior.  Leerlo no es dejarse conducir, sino permanecer con él—donde el pensamiento se vuelve presencia y el lenguaje mide aquello que perdura.



Soliloquio

Había en el escritor, desde siempre, una energía creadora—una fuerza y pasión por expresarse—que le sostenía.  No era invocada; simplemente persistía.  Tan imponente era esa presencia que no podía ser sometida a la rutina, ni encauzada en hábitos que favorecieran la resistencia física.  No podía detenerse para caminar ni entregarse a ninguna actividad que no formara ya parte del acto mismo de crear.  Había aprendido a escribir de pie, a leer caminando, a pensar incluso en el sueño.

Su experiencia nunca fue una aflicción que debiera nombrarse o curarse, sino una vida que debía vivirse en sus propios términos — un testimonio creativo de la plenitud del ser, no una nota clínica al pie de la definición de otro..  Negarse a ser definido por ella era honrar tanto su libertad como su obra de toda una vida.  Era una condición que sólo podía comprenderse en soledad, aunque eventualmente compartida por escrito—pero nunca como búsqueda de validación.

Dentro de los límites del conocimiento íntimo, esa experiencia se revelaba como una forma de absorción devocional, capaz de conferir dignidad incluso en momentos de desgaste físico o envejecimiento.

Su rechazo de la validación no era un desafío a la autoridad, sino la negación de que debiera existir presión externa alguna.

Se decía que no había nada único en nadie, que toda expresión reflejaba únicamente lo aprendido.  El escritor no contradecía esa idea, pero sabía que había más en el ser que lo recibido—más incluso que la experiencia.  Tal vez nadie fuese único, pero cada voz era distinta, formada por la suma irreductible de una existencia imposible de equiparar.  De una mezcla aleatoria, de una suma inefable, surgía algo:  algo irrepetible e insustituible, no porque fuese superior, sino porque pertenecía únicamente a quien lo sostenía.

Temía a la locura—no como espectáculo, sino como esa lenta deriva en la que el sentido se aparta hacia la soledad.  La fuerza que lo impulsaba era real, pero insuficiente si no encontraba verdad—una verdad que resonara no sólo en su lógica, sino también en la de los otros.  ¿Cómo reconocerse uno a sí mismo si la inteligencia permanecía sola?  Sin eco, el pensamiento se volvía cámara sellada: intrincada, sí, pero sin aire.  No buscaba certeza; buscaba correspondencia.  No temía la soledad, sino el ser intraducible.

La vida se le aparecía ahora como algo fugaz, precario.  Atemporal en la percepción, pero arraigada en el tiempo.  Se deslizaba con sigilo—entre fracasos, desengaños y repentinos momentos de claridad luminosa.  Nada podía repetirse.  Pero había llegado a aceptar eso:  no porque todo se perdiera, sino porque incluso la memoria alteraba lo que retenía.  Lo que volvía no era el momento mismo, sino el acto de percibir—la profundización de la atención.  Y por eso no vivía para conservar lo que fue, sino para mantenerse presente ante lo que cambia.  No había retorno, solo un avanzar—con más atención, más conciencia.

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Ricardo F. Morin Tortolero

En tránsito, 6 julio de 2025


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