*

Acuarela sobre papel, 99 cm de alto x 65 cm de ancho.
*
Introducción
Al despuntar el alba, el canto del gallo rasga el silencio—agudo e insistente—arrastrando a todo aquel que lo oye a la conciencia de un nuevo día.
En la pintura Rooster’s Crow, los colores giran en una confluencia de rojos y grises, capturando al ave no como un sereno heraldo del amanecer, sino como un símbolo de agitación. Su forma retorcida, sus plumas dispersas y sus líneas fracturadas reflejan una corriente de cambio más profunda—un choque de fuerzas, caótico e inevitable. La imagen sugiere el flujo incesante del tiempo y el peso de las transformaciones que siempre lo acompañan.
En esta narrativa en evolución, la fragmentación del canto del gallo refleja la expansión de la Inteligencia Artificial. Antes, su grito anunciaba la llegada del día; ahora, resuena en una transformación más compleja—un equilibrio cambiante entre los ritmos de la naturaleza y la creciente influencia de los sistemas tecnológicos. La silueta del gallo, fracturada en su estela, se convierte en un reflejo de las tensiones entre la agencia humana y el auge de fuerzas que, aunque diseñadas por nosotros, pueden escapar a nuestra plena comprensión. Aquí, la Inteligencia Artificial actúa tanto como agente de cambio como posible arquitecta de un futuro que ni podemos prever ni controlar.
« El Algoritmo del Gallo »
Un gallo no canta para advertir ni para invitar; su llamado es sólo el sonido de la inevitabilidad, crudo y urgente, ajeno a la respuesta de quienes lo escuchan. No ordena el amanecer ni espera permiso—simplemente anuncia lo que ya ha comenzado.
En la dinámica cambiante de la ambición y el poder, la tecnología ha asumido un papel similar. Modelada por la intención humana, avanza bajo la guía de quienes la programan, su influencia determinada por las prioridades de sus arquitectos. Para algunos, representa el umbral de un progreso sin precedentes, una vía para superar las limitaciones humanas; para otros, encarna una nueva forma de dominio, un instrumento que redefine la administración de sociedades de maneras antes impensables. Se ensalza su eficiencia como virtud, prometiendo simplificar la gestión, eliminar fricciones y suprimir la imprevisibilidad de la deliberación humana. Pero una máquina no negocia ni disiente. Y en manos de quienes ven la democracia como un lastre—un obstáculo al avance—los algoritmos dejan de ser simples herramientas para convertirse en los verdaderos mediadores del poder.
Tomemos un ejemplo cotidiano: los sistemas de recomendación en línea. Presentados como facilitadores de la elección individual, en realidad modelan lo que vemos y oímos, influyendo en nuestras decisiones antes incluso de que las tomemos. Algo similar ocurre con la administración de sociedades mediante modelos computacionales: ofrecen la ilusión de autonomía mientras restringen el margen real de acción a lo que su lógica predice que preferiremos. El resultado es un dilema inquietante: creemos decidir libremente, cuando en realidad son los sistemas quienes trazan el camino.
Hubo un tiempo en que la lucha por el control se libraba de forma visible—conquistas territoriales, leyes reescritas a la vista de todos. Ahora, el enfrentamiento ocurre en espacios menos tangibles, donde líneas de código determinan el rumbo de naciones, donde ecuaciones complejas deciden qué voces serán amplificadas y cuáles silenciadas. El poder ya no reside exclusivamente en los uniformes ni en los cargos electos. Se desplaza hacia tecnócratas, corporaciones y oligarcas cuya influencia trasciende los límites de cualquier gobierno. Algunos proclaman abiertamente su propósito de transformar el mundo; otros operan en la sombra, dejando que la corriente avance hasta que oponerse sea imposible. La cuestión ya no es si los algoritmos gobernarán, sino quién dictará su curso.
El sistema de crédito social en China ya no es una teoría, sino una realidad donde el comportamiento se moldea mediante incentivos y restricciones apenas perceptibles. Modelos predictivos rastrean y condicionan acciones individuales, configurando hábitos sin que sus sujetos lo noten hasta que el cambio es irreversible. En Occidente, las estrategias son menos explícitas, pero no menos efectivas: las plataformas diseñadas para conectar a las personas ahora son herramientas de persuasión masiva. La desinformación ya no es producto de la acción humana; se genera a escala, con una precisión matemática que moldea percepciones sin levantar sospechas.
En este contexto, la paradoja del conocimiento incompleto de Gödel resulta reveladora: Ningún sistema puede explicarse completamente a sí mismo. A medida que los modelos de aprendizaje automático se expanden y se refinan, comienzan a reflejar esta misma limitación. Desde los algoritmos que curan contenidos hasta los que rigen los mercados financieros, su funcionamiento se vuelve progresivamente opaco, incluso para sus propios diseñadores. La paradoja es clara: cuanto más poderosos, más incontrolables.
A medida que estos sistemas se fortalecen, la línea entre la administración pública y la autoridad corporativa se difumina. La regulación, cuando existe, va siempre un paso atrás. Alguna vez se pensó que la tecnología nivelaría el campo de juego, potenciando al individuo. Pero la ambición desbocada no se pregunta si debe avanzar, solo si puede hacerlo. Y así, el desarrollo continúa, impulsado por quienes creen que la complejidad del gobierno puede ser sustituida por la precisión de las máquinas. La promesa de progreso es seductora, incluso cuando socava las estructuras que históricamente protegieron contra el autoritarismo. ¿De qué sirve una prensa libre cuando la información puede ser filtrada en tiempo real? ¿Qué valor tiene un voto cuando las percepciones pueden ser moldeadas sin que lo advirtamos, guiándonos hacia decisiones que creemos propias? La maquinaria del control ya no reside en ministerios de propaganda, sino en redes neuronales cuyo alcance y falta de supervisión las vuelven inabordables.
Algunos sostienen que estos sistemas corregirán sus propios excesos, que su deriva autoritaria se revertirá con el tiempo. Pero la historia no siempre justifica tal optimismo. Cuanto más eficiente es un mecanismo de control, más difícil es desafiarlo. Cuanto más integrada está la supervisión en la vida cotidiana, menos visible se vuelve. A diferencia de regímenes pasados, que imponían la obediencia por la fuerza, el nuevo paradigma no necesita ordenar; le basta con diseñar un entorno en el que disentir sea impracticable. No requiere reprimir cuando puede ofrecer comodidad. La pérdida de libertad no siempre llega con el sonido de botas marchando; puede infiltrarse en silencio, disfrazada de conveniencia, hasta que no quede alternativa.
Pero la inevitabilidad no garantiza la conciencia. Aunque el sistema se cierre en torno a sus engranajes y las decisiones se conviertan en ecos de una lógica impersonal, el mundo sigue girando, ajeno a quienes quedan atrapados en su maquinaria. Los arquitectos de este orden no se ven a sí mismos como señores del control, sino como innovadores, solucionadores de problemas que buscan optimizar la ineficiencia humana. No se detienen a preguntar si la administración de sociedades estaba destinada a ser eficiente.
En una sala donde las decisiones ya no necesitan ser tomadas, se da un intercambio. Una voz sintética, pulida e impersonal, responde a una consulta sobre el alcance del sistema.
—La gobernanza no se está automatizando —declara—. Sólo se mantiene la apariencia de su existencia.
La frase flota en el aire, seguida por un instante de silencio. Un funcionario, un ingeniero o quizá un burócrata—convencido alguna vez de que ejercía control sobre el proceso—titubea antes de formular la última pregunta.
—¿Y qué ocurre con la elección?
Una pausa. Luego, la voz, sin vacilar:
—La elección es un vestigio del pasado.
El peso de la respuesta se asienta, no como una proclamación de triunfo, sino como la confirmación de un desenlace largamente anticipado. La última jugada fue ejecutada mucho antes de que la pregunta se hiciera.
Y afuera, como si subrayara la conclusión de todo, un gallo canta una vez más.
*
Ricardo Federico Morín Tortolero
1 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida
Tags: agencia humana, autonomía, autoritarismo, ética, Conciencia, control, control algorítmico, democracia, desinformación, distopía, eficiencia, elección, futuro, gobernanza, inevitabilidad, influencia corporativa, inteligencia artificial, Libertad, poder, política, privacidad, progreso tecnológico, sistema de crédito social, sistemas humanos, Vigilancia
Leave a comment