
2026
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En una reciente entrevista de despedida publicada por The New York Times, Ross Douthat interpretó varias transformaciones de la política y la cultura estadounidenses mediante un vocabulario cuyos términos principales parecían exentos de explicación. «Conservadurismo», «liberalismo», «derecha» e «izquierda» comparecieron como condiciones reconocibles, constituidas de antemano y susceptibles de comparación. La familiaridad de Douthat con las instituciones y tendencias examinadas confirió a esos términos la autoridad que sus definiciones no proporcionaban.
La dificultad no reside en el contenido de las convicciones expresadas por Douthat, sino en las categorías que permiten reconocerlas y clasificarlas antes de someterlas a examen. Las palabras mediante las cuales avanza el argumento no identifican objetos estables. Esas palabras reúnen historias, instituciones, disposiciones y sectores políticos diferentes bajo nombres cuya aparente familiaridad encubre su inestabilidad. El expositor puede entonces desplazarse entre el comportamiento electoral, la creencia religiosa, la organización partidista, el juicio ético y el temperamento cultural sin establecer la relación entre esas materias. La palabra permanece mientras cambia su referente.
Esta inestabilidad no es privativa de un comentarista. El conservadurismo y el liberalismo se han convertido en nombres políticos cuya autoridad suele rebasar su capacidad descriptiva. Ambos términos se invocan como si designaran dos condiciones coherentes que permitieran clasificar a las personas y a las sociedades. Sin embargo, ninguna de esas condiciones existe con independencia de los juicios formulados en su nombre. Ninguna sociedad conserva todo cuanto recibe, y ninguna sociedad libera a todas las personas de toda restricción. La cuestión decisiva no consiste, por tanto, en determinar si un orden conserva o libera, sino en precisar qué preserva, qué restricciones mantiene o elimina, quién adopta esas determinaciones y mediante qué instituciones adquieren fuerza.
El conservadurismo se asocia con frecuencia a la preservación, aunque la preservación no basta para definirlo. Todo orden político preserva leyes, expectativas, jurisdicciones y formas de conducta. Los gobiernos revolucionarios preservan sus revoluciones; los gobiernos liberales preservan derechos constitucionales; las sociedades comerciales preservan las condiciones jurídicas de las que depende el intercambio. La preservación adquiere carácter conservador solo después de que un legado ha sido seleccionado e investido de autoridad.
El acto de selección resulta ineludible porque los legados entran en conflicto. La autoridad de la familia puede oponerse a las exigencias del mercado. La autonomía local puede contradecir la soberanía nacional. La continuidad religiosa puede entrar en conflicto con la igualdad constitucional. La propiedad privada puede proteger una disposición heredada y permitir, simultáneamente, la destrucción de otra. Un sistema comercial defendido como conservador puede disolver comunidades, oficios y costumbres con mayor rapidez que un programa público emprendido en nombre de la reforma. Ninguna apelación a la tradición puede resolver estos conflictos mientras alguien no determine qué tradición debe prevalecer.
El conservadurismo puede entenderse, por consiguiente, no como la preservación pasiva de cuanto existe, sino como un juicio acerca del legado recibido: qué formas heredadas deben conservar su autoridad, quién puede modificarlas y qué pérdidas resultarían irreparables si esas formas desaparecieran. Este juicio puede contener prudencia. Las instituciones suelen contener un conocimiento que ningún individuo diseñó y que ninguna generación aislada comprende por entero. La destrucción de una institución puede revelar su valor únicamente cuando las relaciones que sostenía ya no pueden recuperarse. Pero la duración no acredita inocencia. Una institución puede perdurar porque encarna experiencia acumulada, porque protege a quienes dependen de ella o porque sus beneficiarios poseen el poder necesario para impedir su modificación. El tiempo no permite distinguir por sí solo entre estas posibilidades.
La invocación de la tradición puede ocultar esta incertidumbre cuando presenta un legado escogido como si el propio pasado lo hubiera seleccionado. La tradición parece entonces hablar, ordenar o resistir. Las personas y las instituciones que efectúan la selección desaparecen de la oración. Aquello que ha sido preservado de manera deliberada adquiere la apariencia de una continuidad natural. El conservadurismo se vuelve engañoso cuando la selección se representa como herencia y la acción política se transfiere al pasado.
El liberalismo afronta una dificultad correlativa, aunque no idéntica. Suele asociarse con la libertad, el consentimiento y la emancipación frente al poder arbitrario. Sin embargo, ningún orden político puede eliminar la restricción como tal. Los derechos requieren leyes; las leyes requieren interpretación; la interpretación requiere instituciones; las instituciones requieren el poder de imponer conductas. La libertad contractual depende de tribunales capaces de exigir el cumplimiento de los contratos. La libertad frente a la discriminación depende de restricciones impuestas sobre conductas que, de otro modo, podrían defenderse como decisiones privadas. La protección de la autonomía individual exige determinaciones colectivas acerca de las condiciones que hacen posible esa autonomía.
El liberalismo no constituye, por tanto, la ausencia de restricción. Constituye un juicio acerca de la restricción: qué ejercicios del poder requieren justificación, de quién debe proceder el consentimiento que legitima la autoridad y qué protecciones puede reclamar una persona frente a las instituciones, las mayorías y las disposiciones heredadas. Al igual que el conservadurismo, el liberalismo no descubre sus respuestas sin dirimir entre bienes concurrentes. La libertad del empleador puede restringir la seguridad del trabajador. La libertad del propietario puede limitar el acceso público. La libertad de quien participa en el mercado puede depender de circunstancias que no dejan a otra persona ninguna alternativa efectiva. Calificar una relación como voluntaria no demuestra que las condiciones que produjeron el consentimiento hayan sido elegidas libremente.
El liberalismo puede ocultar estas decisiones cuando presenta la liberación como una simple supresión de interferencias. Una restricción queda abolida, pero de esa abolición procede otra distribución de la autoridad. La regulación pública puede retroceder mientras se expande el poder privado. Una prohibición heredada puede desaparecer mientras la necesidad económica adquiere mayor poder sobre la conducta. El lenguaje de la elección registra el momento de la decisión, pero puede omitir las circunstancias que determinaron cuáles opciones estaban disponibles. El liberalismo se vuelve engañoso cuando una disposición recién establecida se presenta como ausencia de toda disposición y la acción institucional desaparece tras la autonomía del individuo.
La concepción de la persona presupuesta por cada tradición también requiere examen. El discurso conservador suele concebir a la persona como una entidad formada por la familia, la costumbre, la religión, el lugar y la continuidad histórica. El discurso liberal suele concebirla como un sujeto capaz de prestar consentimiento y facultado para protegerse de autoridades que no ha elegido. Ninguna de las dos concepciones basta por sí sola. La persona no llega al mundo con independencia de toda relación, pero ninguna relación heredada posee autoridad ilimitada sobre la persona a cuya formación contribuyó. La formación no extingue el juicio; la autonomía no elimina la dependencia.
La oposición entre conservadurismo y liberalismo induce a error cuando estas concepciones parciales se presentan como descripciones de dos clases diferentes de personas. Una misma persona puede depender de relaciones heredadas y resistir la autoridad ejercida mediante ellas. Una misma institución puede preservar una libertad adquirida mediante una reforma. Una misma ley puede interrumpir una continuidad para proteger otra. La vida política no se divide limpiamente entre quienes heredan y quienes eligen, porque la elección se ejerce dentro de un legado y el legado persiste mediante sucesivos actos de elección.
La relación histórica entre ambas tradiciones tampoco admite una oposición fija. El liberalismo se desarrolló mediante impugnaciones del privilegio hereditario, la autoridad confesional y el gobierno arbitrario. El conservadurismo adquirió buena parte de su configuración reconocible al oponerse a los intentos revolucionarios de reconstruir la sociedad conforme a principios abstractos. Sus historias se cruzan sin adquirir simetría. Las instituciones liberales terminan por convertirse en legados defendidos por conservadores. Las defensas conservadoras de un gobierno limitado pueden recurrir a argumentos liberales sobre los derechos individuales. Los movimientos calificados como liberales pueden construir amplios poderes administrativos, mientras que los movimientos calificados como conservadores pueden aceptar transformaciones radicales cuando proceden de los mercados, la tecnología o el Poder Ejecutivo.
El uso contemporáneo de estos nombres en Estados Unidos agrava la confusión. «Conservador» y «liberal» pueden identificar coaliciones partidistas cuyos integrantes coinciden en sus adversarios electorales mientras discrepan acerca de la religión, el comercio, la guerra, la sexualidad, el poder federal y la interpretación constitucional. Los nombres producen una apariencia de coherencia interna al situar compromisos incompatibles en lados opuestos de una división presupuesta. Una vez aceptada la división, toda controversia nueva se interpreta a través de ella. Las categorías no proceden de la indagación; determinan lo que la indagación puede reconocer.
Por esta razón, el comentario político fluido puede parecer más explicativo de lo que realmente es. Un expositor invoca el conservadurismo, el liberalismo, la derecha o la izquierda, y después aporta ejemplos previamente asignados a esas categorías. Los ejemplos parecen confirmar la clasificación porque la clasificación determinó desde el principio la relevancia que se les atribuye. La proximidad histórica puede fortalecer la representación. Quien ha trabajado dentro de instituciones influyentes puede presentar su experiencia personal como prueba de que las categorías poseen la coherencia que se les atribuye. La experiencia puede aportar un testimonio valioso, pero no puede reemplazar un criterio. Haber observado una tendencia política no equivale a establecer qué convierte sus expresiones dispares en una sola tendencia.
El problema se vuelve más visible cuando la metáfora ocupa el lugar donde se requiere una definición. «Energía pagana» y otras construcciones análogas, como conciencia cristiana, agotamiento liberal o fortaleza conservadora, reúnen impresiones sin determinar sus relaciones. Pueden remitir a la teología, el temperamento, la estética, la conducta política o la fantasía retrospectiva. Su imprecisión permite que circulen entre estos ámbitos mientras conservan la resonancia adquirida en cada uno. El resultado es una proyección oratoria de perspicacia: el lenguaje anuncia que algo ha sido discernido antes de precisar el objeto del discernimiento.
Una indagación diagnóstica debe interrumpir este desplazamiento. Cada vez que se invoque el conservadurismo, la indagación debe preguntar qué se conserva, quién lo seleccionó para su preservación y qué legado concurrente queda desplazado. Cada vez que se invoque el liberalismo, debe preguntar qué restricción se elimina, qué autoridad la reemplaza y qué circunstancias determinan la efectividad del consentimiento. Cada vez que cualquiera de las dos tradiciones presente su juicio como una necesidad histórica, la indagación debe restituir a los agentes omitidos por el relato.
«La tradición exige» y «el progreso reclama» parecen proceder de vocabularios opuestos, pero ejecutan un desplazamiento comparable. Ambas expresiones convierten decisiones en imperativos sin responsables. Una asigna la acción al pasado acumulado; la otra la asigna a un futuro anticipado. En ambos casos, personas e instituciones identificables actúan mientras la historia recibe la responsabilidad gramatical por sus acciones.
El conservadurismo y el liberalismo pueden conservar significado, pero no como condiciones evidentes por sí mismas. Ambos términos identifican formas recurrentes de dirimir asuntos relativos al legado, la autoridad, la restricción y el cambio. Su valor depende de que los juicios formulados mediante ellos permanezcan abiertos al examen. Su peligro comienza cuando se permite que los nombres resuelvan las preguntas que deberían obligarnos a formular.
El vocabulario político hace algo más que describir un argumento. Determina quién puede participar en él, qué continuidades adquieren visibilidad, qué restricciones parecen legítimas y qué decisiones pueden encubrirse como inevitabilidades. La perduración del conservadurismo y del liberalismo puede revelarnos, por tanto, menos acerca de la permanencia de dos doctrinas coherentes que acerca de la autoridad adquirida por sus nombres. Antes de decidir entre ambas tradiciones, debemos recuperar los actos de selección que cada una oculta. Solo entonces las palabras dejan de gobernar la indagación y quedan sometidas a ella.
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Ricardo F. Morín
14 de agosto, 2026
Bala Cynwyd, Pensilvania
Tags: agencia política, autoridad, clasificación, conservadurismo, lenguaje, liberalismo, Libertad, restricción, Ross Douthat, tradición, vocabulario político
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