« Lo que la mente olvida, el corazón lo guarda en el silencio »

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Mario Vargas Llosa

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“Mario Vargas Llosa fue un valiente buscador de la verdad.   También fue mi amigo.”

— Marie Arana, The Washington Post

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Le envié a mi hermana el emotivo homenaje de Marie Arana.   Bonnie había dirigido varias obras de Vargas Llosa en teatros madrileños y se había cruzado con él en más de una ocasión.    Sabía que esta noticia tocaría una fibra muy íntima.

“Es evidente cuánto te ha afectado la muerte de Vargas Llosa,” le escribí.

“Lo sentías cercano—no sólo como lectora o dramaturga, sino como alguien cuya voz te acompañó durante muchas etapas de tu vida.    Tu duelo resuena en mí, porque entiendo lo que significa perder a una figura que, sin ser familia, forma parte de nuestro paisaje interior—moldeando nuestras ideas, nuestras convicciones, incluso nuestra manera de ver el mundo.”

Ella respondió:    “la muerte de una mente tan brillante, tan presente durante décadas, deja un vacío difícil de nombrar.”   Esa idea me conmovió.

“Me entristece profundamente,” le contesté,

“pensar en el silencio que ahora lo sigue.    Entiendo por qué esto te duele tanto—quizás porque Vargas Llosa representaba precisamente lo contrario:    un intelecto luminoso, intensamente elocuente.    Imaginar que incluso él ya no está…    duele.”

“Estoy contigo,” añadí.

“Y aunque esté lejos te acompaño en este duelo.”

Estas reflexiones despertaron recuerdos de nuestra propia familia—de nuestro padre, cuya lucidez comenzó a desvanecerse tras un traumatismo cerebral.    Fue perdiendo poco a poco el habla, la claridad, la comprensión del mundo que lo rodeaba.

Y de nuestra madre, que aguantó muchos más, también acabó desvaneciéndose poco a poco—su presencia esfumándose en cámara lenta.

Nuestros tíos, Calixto y Fredy—por parte paterna y materna—vivieron un mismo tipo de despedida silenciosa.    Años de silencio.   Desapariciones graduales.    Pérdidas que no siempre supimos nombrar, pero que nos marcaron a todos.

Es un patrón que no puedo ignorar.

He investigado.    (Tal vez no lo sabías.)   Genéticamente, mi riesgo de atravesar algo similar está en un rango moderado.    No es ni un veredicto ni una certeza—sólo una presencia.    Una sombra que camina a mi lado, sin decir nada, sin revelar nada.

A veces me pregunto si saberlo ayuda o hiere más.

Pero elijo saber.

Elijo mirar de frente.

Porque si algún día me toca recorrer ese camino, quiero hacerlo con la misma dignidad que vi en nuestros padres—aún en la confusión, aún en el silencio—cuando sus ojos aún podían reconocernos con un detello de ternura.

Y quiero que tú lo sepas.

Y que los dos lo recordemos.

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Ricardo Federico Morín Tortolero

17 de abril de 2025

En tránsito de Florida a Pensilvania


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