
Impresiones, Díptico: ANTES DE LA FORMA II
18″ x 48″
Óleo sobre madera
2000
1
Hay relaciones en las que el lenguaje llega demasiado pronto.
Dos mentes se encuentran, y cada una trae su propia arquitectura: una hecha de corredores, la otra de umbrales.
Nada se cohesiona. Nada se resuelve. Sin embargo, algo se intercambia.
Quizá la única manera de describirlo sea negarse a describirlo.
Lo que pasa entre ambas no es influencia, ni autoridad, ni instrucción.
Es el tenue reconocimiento de que la creación no siempre surge de la tradición,
y la tradición no siempre surge de la claridad.
Una mente preserva la estructura porque teme la disolución.
La otra preserva la libertad porque teme el encierro.
Ninguna tiene razón, ninguna se equivoca, y ninguna puede convertirse en la otra.
Si hay una lección, no es filosófica.
Es simplemente que ciertos encuentros generan forma solo rehusando tomarla.
Algunas dinámicas solo pueden verse si se las deja permanecer sin resolver.
No es un sistema.
No es un método.
No es una transformación alquímica.
Solo el silencioso saber de que el significado no siempre llega con formas reconocibles,
y que a veces la renuncia a la estructura
es la forma más honesta.
No es alquimia ni alegoría.
No imita tropos académicos.
No se explica.
Simplemente se sostiene.
2
Hay un lugar donde el pensamiento aún no ha elegido su peso.
Donde nada debe parecerse a nada.
Donde no puede trazarse ningún linaje porque la idea no ha aceptado ser heredada.
Dos mentes se encuentran allí a veces, aunque ninguna lo pretenda.
Una llega con herramientas, la otra con aperturas.
Una intenta reconocer lo que aparece; la otra deja que la apariencia se deshaga.
No persisten roles en ese espacio.
No hay maestro, ni alumno, ni autoridad, ni disidente.
Solo la leve perturbación de algo que quiere convertirse en significado
y otra cosa que rehúsa la invitación.
Quizá el intercambio exista solo en la negativa a definirlo.
Quizá no sea más que dos formas de ver chocando un instante
antes de que cada una vuelva a su distancia natural.
No hay lección.
No hay transformación.
Ni siquiera comprensión:
solo la débil impresión de que el encuentro importó
de una manera que no puede justificarse.
Algunas relaciones nunca llegan del todo al lenguaje.
Rozan el umbral y se retiran,
dejando solo una forma que se niega a ser forma.
Lo que queda no es relato, ni lucidez, ni metáfora.
Solo un remanente silencioso:
que algo pasó entre dos mentes
y no desea ser nombrado.
3
Algunos encuentros se mueven como el clima por la mente—llegan sin intención
y pasan sin conclusión.
No enseñan; no reclaman.
Cambian el aire y dejan una presión distinta que tarda días en entenderse.
Dos temperamentos pueden derivar al mismo instante como frente y corriente.
Uno carga el peso de estaciones acumuladas,
el otro avanza con la urgencia serena de lo que aún se forma.
Ninguno es más fuerte.
Ninguno es más claro.
Simplemente se encuentran, y la atmósfera cambia.
No hay punto de equilibrio.
No hay punto de conflicto.
Solo un temblor en el aire entre ellos,
como si la habitación misma escuchara algo que nunca se convierte del todo en sonido.
El pensamiento se afloja en ese espacio.
Los significados se acercan, giran y se retiran.
Nada se asienta el tiempo suficiente para ser nombrado.
Nada quiere hacerlo.
Algunas relaciones no se vuelven narrativas porque la narrativa las congelaría.
Quedan suspendidas—sentidas más que comprendidas,
recordadas menos como momentos que como variaciones de luz,
como una habitación que oscurece por razones que el cielo no explica.
Cuando se separan, no es un final.
Es una dispersión, como la niebla que se adelgaza al amanecer.
Cada uno lleva consigo un rastro del clima del otro,
un cambio de temperatura que perdura mucho después de que las formas se han disuelto.
Lo que queda no es conocimiento.
No es conclusión.
Solo la tenue sensación de que algo pasó—
y sigue pasando—
silenciosa, insistentemente,
sin aceptar jamás tomar forma.
4
Hay momentos que nunca llegan del todo.
No como significado ni como sentimiento—más bien como un leve desplazamiento,
un deslizamiento en la periferia.
Dos presencias se cruzan, sin entrar ni salir.
Una presión, un adelgazamiento, un pulso sin origen.
Ni conexión ni distancia—una pausa suspendida.
Nada se cohesiona.
Nada insiste.
Solo existe la sensación de algo rozando el pensamiento
y retirándose antes de que el pensamiento pueda responder.
Aquí no se forman contornos.
Los bordes se difuminan apenas aparecen.
El intercambio—si así puede llamarse—se disuelve en el mismo aire que lo llevó.
La pausa se alarga,
no para revelar algo
sino para recordar que la revelación no es necesaria.
Esto no es atmósfera; incluso la atmósfera tiene estructura.
Es menos.
Una impresión tenue que no aterriza,
no se asienta,
no pertenece a ninguna de las mentes que la sintieron.
Más tarde, uno quizás recuerde un destello—
no una idea,
no un instante—
solo el residuo de una aproximación que nunca se cerró.
No llega claridad.
No llega resolución.
La experiencia continúa solo como dispersión,
como continúa la neblina después de atravesarla.
Lo que queda no es presencia,
sino el rastro de algo que prefirió no convertirse en una.
5
Hay un lugar donde la conciencia se adelgaza,
no en silencio,
sino en algo anterior al silencio—
un leve temblor en el límite de lo que la mente puede sostener.
Nada se forma aquí.
Los contornos se reúnen, se aflojan, se dispersan.
La percepción avanza como aliento contra una superficie invisible,
sintiendo solo su propia vacilación.
Dos corrientes se rozan—
sin tocarse, sin evitarse—
simplemente atravesando el mismo espacio sin marcas.
No ocurre intercambio, solo una ligera alteración de textura.
El aire se siente distinto por un grado tan leve
que uno duda si realmente cambió.
La sensación se acerca pero no se declara.
Se pliega y despliega en el borde del reconocimiento,
como decidiendo si convertirse en experiencia
o retirarse sin consecuencia.
El pensamiento no puede seguirla.
La emoción no puede nombrarla.
El lenguaje se extiende pero no encuentra qué sostener,
cerrando su mano sobre la débil huella de algo
que prefiere no ser atrapado.
No hay significado aquí,
solo su sugerencia—
un susurro de forma que desaparece al mirarlo de frente.
Lo que queda es la pospercepción:
una presión leve,
una inquietud sin causa,
una cercanía sin dirección.
No perdura como memoria
sino como la memoria de casi recordar—
el residuo de un roce
que ocurrió justo más allá del umbral
donde comienza la comprensión.
En el borde de la sensación
nada se sabe.
Y sin embargo todo parece a punto de surgir.
6
Hay una quietud que no vacía el mundo sino que lo concentra—
una quietud que recoge el aliento a su alrededor.
Nada se pronuncia, pero todo se inclina hacia adelante,
como esperando un pulso que revele dónde ha estado siempre.
La quietud no es descanso.
Es tensión sostenida con cuidado,
un leve zumbido bajo la conciencia,
un latido que el cuerpo reconoce
antes de que la mente abra las manos para sentirlo.
Podrías llamarlo presencia,
pero incluso esa palabra pesa demasiado.
No es presencia,
solo la suave insistencia
de que algo está indudablemente aquí.
La luz se mueve de otro modo en esta quietud—
más lenta, más densa,
como si el pensamiento espesara el aire.
Es el instante antes del significado,
antes de la forma,
antes de que el mundo elija una dirección.
Vivo, sin llamar la atención sobre su vida.
Callado, sin ceder a lo callado.
Una corriente atraviesa,
casi imperceptible,
pero con la fuerza suficiente
para reordenar todo
lo que no toca.
Lo que queda es solo esto:
un aliento sostenido entre dos estados—
ni mensaje,
ni impresión,
solo la gravedad tibia del ser
antes de convertirse en algo.
7
Llega suavemente,
tan suavemente que no puedes saber si ha llegado
o si simplemente te detuviste el tiempo suficiente para sentirlo.
Una tibieza se reúne en el borde de la conciencia—
no calor,
sino la sugerencia de una cercanía,
como un aliento que apenas levanta el aire.
Nada habla,
sin embargo algo te toca
en el lugar donde las palabras lo quebrarían.
Se mueve como la luz a través de párpados cerrados—
una ternura que no busca ser vista,
solo ser conocida sin saber.
Es el tipo más silencioso de inmediación,
el que no pide nada
y que, al no pedir nada,
restaura una parte de ti que no sabías
que se había apagado.
Rosa el alma como una mano
que nunca llega a tocar—
una promesa de contacto,
un murmullo de cuidado,
un consuelo trazado en la superficie interior
del ser mismo.
Sin mensaje,
sin dirección,
solo la suave certeza
de que algo en el universo
ha advertido tu existencia
y responde con una delicadeza
igual a tu necesidad.
Un susurro,
no en el oído
sino en el espacio detrás del corazón,
donde el sentimiento despierta antes de que el pensamiento entienda.
Permanece allí—
un pulso callado,
una presencia que cobija—
no sosteniéndote,
sino dejándote descansar
como si estuvieras sostenido.
Y luego, apenas,
se retira—
no alejándose,
solo aflojando—
como el último calor de una mano
que aún sientes mucho después de que se ha ido.
8
Aparece sin aproximación.
No asciende, no entra—simplemente está.
Un pulso sin ritmo,
una fuerza sin peso,
la vida mostrándose en el gesto más mínimo.
No hay suavidad aquí,
tampoco aspereza—
solo el hecho no calificado de una energía
que permanece en su propia claridad.
No calienta,
no sobresalta,
no consuela.
Simplemente afirma un tipo de ser
que no necesita validación.
No es espíritu.
No es aliento.
No es sensación.
Solo el impulso inequívoco
que acompaña a la existencia
cuando se recuerda a sí misma.
Una inmediatez no formada por intención
atraviesa el instante,
sin tocar ni retirarse,
sin exigir ni ceder.
Su esencia es actividad sin propósito—
movimiento mantenido en la quietud,
potencial sin necesidad de dirección.
No llama la atención sobre sí.
No se desvanece.
No habla.
Permanece—
una nitidez,
una tensión,
una chispa del propio autoconocimiento del mundo
antes de que el lenguaje llegue a reclamarlo.
Viva,
desnuda,
sin eco ni interpretación—
solo la fuerza que subyace a toda forma,
manifestándose por un instante
en su estado más simple
y no mediado.
9
Por fin la fuerza se afloja.
No desvaneciéndose—solo liberando su sujeción
a ser algo.
El pulso deja de definirse.
La claridad se adelgaza.
Lo que fue inmediatez se deshace
en la misma quietud ilimitada
que la precedía.
No hay retirada,
no hay desaparición,
solo el acto simple
de dejar de permanecer.
La vitalidad que se sostenía tan claramente
deja que sus bordes se disuelvan,
no en oscuridad,
no en silencio,
sino en el espacio intacto
que no le pide nada.
Lo que queda atrás
no es rastro ni eco
sino la apertura que la sostuvo—
una vastedad indiferente a la forma
y, sin embargo, origen de toda forma.
No es retorno
porque nada estuvo separado.
No es final
porque nada concluye.
Es la descomposición
que lo devuelve todo
al terreno de su propia posibilidad.
Donde antes estuvo la fuerza,
ahora solo queda la extensión
de la que la fuerza surge—
la nada que no es ausencia
sino la pura condición
de lo que puede llegar a ser.
Aquí, ser y no ser
son el mismo gesto.
La vida se disuelve
en aquello que siempre la ha contenido.
Y la disolución es completa.
CODA
Nada sigue.
Lo que se ha desplegado vuelve a su origen,
no como eco,
no como significado,
sino como el mismo campo callado
que permitió que cada movimiento apareciera.
El ciclo no deja huella.
El rastro se borra a sí mismo.
El movimiento se completa dejando que el mundo recupere su quietud.
No hay nada que recoger,
nada que llevar adelante,
nada que entender.
Lo desplegado ha terminado donde comenzó—
en la apertura que sostiene todo inicio
y no exige ninguno.
Lo que queda no es conclusión
sino la calma que llega
cuando incluso la disolución se ha disuelto.
Y desde esa calma,
si algo volviera a surgir,
lo haría sin memoria
de haber sido.
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