« Atado y desatado »

La articulación del deseo y del pecado


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Ricardo Morín
00032: Atado y desatado
Óleo sobre lienzo
45,7 x 61 x 1,9 cm
2009

Nota del autor

Este texto examina cómo las culturas han hablado del deseo a través del lenguaje del pecado, de la patología y de la identidad.   No pretende defender ni condenar, sino mostrar cómo las palabras han cargado juicios a lo largo del tiempo y cómo esos juicios continúan configurando nuestra comprensión.   Las reflexiones que siguen buscan recuperar claridad: ver el deseo como parte de la vitalidad de la vida, y no como una distorsión impuesta por vocabularios heredados.

Resumen

Históricamente, el deseo se ha articulado mediante términos como sexualidad, fetichismo, moralidad y religión.   Con el tiempo, estas palabras pasaron de la descripción al juicio, generando una confusión entre naturaleza y cultura.   La evidencia procedente del comportamiento animal, la biología y la salud pública demuestra que la variación del deseo no es anomalía ni patología.   Al fundamentar la ética en la dignidad y el consentimiento en lugar de la vergüenza, el deseo puede reconocerse como una expresión natural de vitalidad, y no como una fuente de sospecha.

La carga de las palabras

Nuestras palabras más familiares ya revelan la historia de nuestra confusión.   Sexualidad, del latín sexus, significaba simplemente diferenciación biológica; sólo en el siglo XIX se convirtió en una categoría amplia que abarcaba deseo, identidad y conducta (Laqueur 1990).   Fetichismo, del portugués feitiço (“hechizo” o “sortilegio”), se aplicó primero a objetos religiosos africanos antes de entrar en la ciencia europea, donde llegó a significar apego sexual irracional (Foucault 1978).   Moralidad, de mores (“costumbres”), describía prácticas comunitarias, pero se endureció en prohibiciones contra el deseo, sobre todo bajo la influencia cristiana.   Religión, de religare (“atar” o “vincular”), significaba originariamente cohesión ritual, aunque con el tiempo pasó a atar a los individuos a la culpa y al recelo de sus propios cuerpos.   Aquí se hace visible la tensión de lo Atado y desatado:   la lengua que ata el deseo a la sospecha y, al mismo tiempo, la posibilidad de desatarlo para verlo como parte de la exuberancia de la naturaleza.   Cada uno de estos términos nació descriptivo y terminó en juicio.   Al usarlos hoy, heredamos sus distorsiones.

La articulación del deseo y del pecado

La cultura ha contemplado el deseo no como parte de la riqueza ordinaria de la vida, sino como una amenaza que vigilar.   Las teologías lo presentaron como pecado; los textos médicos lo clasificaron como patología; los códigos sociales lo encuadraron como peligro (Foucault 1978).   Esto no aclara:   distorsiona.   La sexualidad resulta a la vez sobreexpuesta y reducida:   en lo público es objeto de normas y prohibiciones; en lo privado se convierte en expectativas irreales que inhiben la expresión o la exageran en fetiche.   Lo que debería ser natural se transforma en una negociación con la vergüenza.

La naturaleza ofrece un relato más honesto.   Se han documentado interacciones homosexuales en más de cuatrocientas especies (Bagemihl 1999).   Los carneros forman vínculos duraderos entre machos, rechazando a menudo a las hembras.   Los delfines emplean el contacto genital entre sexos para afianzar alianzas (de Waal 2005).   Cisnes, gaviotas y pingüinos establecen parejas del mismo sexo que crían polluelos con éxito comparable al de las parejas heterosexuales (Roughgarden 2013).   Entre los bonobos, el contacto sexual se da en casi todas las configuraciones y actúa como un mecanismo de pacificación y cohesión social (de Waal 2005).   Incluso en los insectos, las conductas que los humanos describen como “homosexuales” aparecen de forma rutinaria en rituales de dominancia o por la simple abundancia del impulso sexual.   Nada de esto desestabiliza a las especies; al contrario, integra la sexualidad en el entramado de la supervivencia y la afiliación.

Los humanos muestran una variación semejante.   Condiciones cromosómicas como el síndrome de Klinefelter (XXY) o el de Turner (XO) ilustran que el sexo biológico no es un binomio rígido, sino un espectro (LeVay 2016).   Las influencias hormonales durante la gestación moldean la atracción y la conducta antes de que la cultura imponga sus etiquetas (Hrdy 1981).   Estudios neurocientíficos han sugerido correlaciones entre ciertas estructuras hipotalámicas y la orientación, aunque ningún factor único explica el deseo (LeVay 2016).   Lo que surge no es un orden fijo, sino un continuo.   La insistencia en categorías estrictas —heterosexual u homosexual, normal o desviado— no proviene de la naturaleza, sino de la imposición cultural.

Y aun así, la cultura sigue confundiendo deseo con identidad, reduciéndolo a papeles fijos.   Estas categorías pueden tener utilidad política, pero corren el riesgo de oscurecer la fluidez que revela la biología.   Cuando la identidad se convierte en prescripción, los individuos viven su propia vitalidad bajo sospecha, midiéndose contra ideales que niegan la variación.   El resultado es el extrañamiento: un deseo filtrado por la vergüenza.

Ya existe un marco alternativo.   La Organización Mundial de la Salud define la salud sexual como “un estado de bienestar físico, emocional, mental y social” que incluye la posibilidad de experiencias seguras y placenteras (WHO 2006).   La Asociación Mundial para la Salud Sexual ha ido más allá, afirmando que el placer sexual es un derecho humano fundamental (WAS 2019).   Estos marcos no vigilan el deseo:   protegen a las personas contra la coerción y la explotación.   Señalan que el papel de la cultura no es dictar qué deseos son admisibles, sino garantizar dignidad y consentimiento.   Una vez aseguradas estas condiciones, el deseo retoma su papel natural: fuente de intimidad, de vínculo, de creatividad y de equilibrio (Gruskin et al. 2019).

Afrontar la complejidad de la naturaleza es resistir su reducción a dramas morales de vicio y virtud.   El deseo no requiere la validación de la obsesión cultural, ni merece la condena de vocabularios heredados de pecado.   Es un aspecto de la vida, tan ordinario y vital como el hambre o el sueño.   Reconocerlo sin miedo es recobrar la alegría.   Al levantar el peso de la vergüenza, devolvemos al deseo su lugar en el orden viviente:   no una anomalía que deba defenderse, sino una manifestación de vitalidad que nos une entre nosotros y con la exuberancia de la naturaleza.

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Bibliografía anotada

  • Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS):   “Declaración sobre el placer sexual.”   Ciudad de México: WAS, 2019.   (Afirma el placer sexual como un derecho humano fundamental y lo inserta en la agenda de salud y derechos.   Refuerza el argumento de una ética basada en la dignidad y no en la vergüenza.)
  • Bagemihl, Bruce:   Biological Exuberance: Animal Homosexuality and Natural Diversity.   Nueva York: St. Martin’s Press, 1999.   (Estudio fundamental que documenta conductas homosexuales en más de 450 especies.   Refuta la idea de que la homosexualidad es “antinatural” y muestra la amplitud de la diversidad sexual en el reino animal.)
  • de Waal, Frans:   Our Inner Ape:   A Leading Primatologist Explains Why We Are Who We Are. Nueva York: Riverhead Books, 2005.   (A partir de estudios con primates, de Waal demuestra que el sexo funciona como herramienta social entre bonobos y chimpancés, sirviendo a la alianza y a la resolución de conflictos, más allá de la reproducción.)
  • Foucault, Michel:   La voluntad de saber (Histoire de la sexualité, vol. 1).   Trad. de Robert Hurley. Nueva York: Pantheon, 1978.   (Texto fundacional sobre la construcción cultural de la sexualidad. Foucault sostiene que la sexualidad no es una categoría natural intemporal, sino un discurso moldeado por instituciones de poder.)
  • Gruskin, Sofia, et al.:   “Sexual Health, Sexual Rights and Sexual Pleasure.”   Global Public Health, 2019, 14 (10): 1361–1372.   (Este artículo sitúa el placer sexual dentro de los marcos de la salud pública global.   Destaca que la realización y el placer son inseparables de la salud y de los derechos, reforzando la necesidad de una ética basada en la dignidad y no en la prohibición.)
  • Hrdy, Sarah Blaffer:   The Woman That Never Evolved.   Cambridge:   Harvard University Press, 1981. (Hrdy reinterpreta el comportamiento de las hembras primates, mostrando estrategias activas en el apareamiento y en la formación de alianzas.   Su obra desmonta el mito de la pasividad femenina y demuestra que la agencia sexual es parte esencial del éxito evolutivo.)
  • Laqueur, Thomas:   Making Sex: Body and Gender from the Greeks to Freud.   Cambridge:   Harvard University Press, 1990.   (Traza el paso histórico del modelo “unisex” de la Antigüedad al modelo binario moderno.   Su análisis revela cómo el lenguaje científico contribuyó a crear categorías culturales de género y sexualidad.)
  • LeVay, Simon:   Gay, Straight, and the Reason Why:   The Science of Sexual Orientation.   2.ª ed. Nueva York: Oxford University Press, 2016.   (LeVay sintetiza investigaciones sobre estructuras cerebrales, genética e influencias prenatales, y sostiene que la orientación sexual surge de una interacción compleja de factores biológicos.   Útil para contextualizar el continuo del deseo humano.)
  • Organización Mundial de la Salud (OMS):   “Defining Sexual Health.”   Ginebra: OMS, 2006.   (Define la salud sexual como un estado de bienestar que incluye la posibilidad de experiencias seguras y placenteras, libres de coerción o violencia.   Autoridad esencial para afirmar que la realización sexual es un asunto de salud, no de moral.)
  • Roughgarden, Joan:   Evolution’s Rainbow: Diversity, Gender, and Sexuality in Nature and People. 2.ª ed.   Berkeley:   University of California Press, 2013.   (Cuestiona la visión darwiniana tradicional de la selección sexual y resalta la diversidad de género y sexualidad en numerosas especies. Tiende un puente entre la variación biológica y la experiencia humana.)

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