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Para quienes hemos perdido a alguien,
cuya presencia reposa en la memoria
y cuya ausencia da forma a lo que somos.
Que esta historia preserve algo de su huella perdurable.
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Julián intentó consignar por escrito lo que había soñado.
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Se preguntó: ¿podía la escritura ser fiel a aquel que observa, tiembla y anhela comprender?
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Soñó que ofrecía a su madre un cuenco de caldo de víbora. La cabeza de la serpiente y los fragmentos de su cuerpo desgarrado aún se agitaban, como si ignorasen su condición: viva, aunque deshecha. Sostenía el cuenco con ambas manos; se lo había entregado una anciana sentada al otro extremo de un estanque circular, extenso y poco profundo. El estanque parecía contener algo más que agua: quizá tiempo, o memoria, o destino. A su alrededor se perfilaban sombras—figuras difusas que repetían el mismo rito, o quizá ninguno. No podía discernirlo.
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El camino hacia su madre era arduo; el suelo, resbaladizo por una sustancia que no sabía nombrar. El aire era espeso, cargado de un silencio opresivo que volvía cada paso lento, gravoso. La víbora se revolvía en el caldo, intentando huir. Aun así, él mantenía el cuenco firme. Creía—en algún rincón de sí mismo—que si su madre bebía, podría alcanzarse la curación, o la comprensión, o la paz para ambos.
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Al llegar junto a ella, se arrodilló. Le habló con dulzura, instándola a beber mientras el caldo aún conservaba el calor. “Sujeta bien la cuchara,” susurró. “Solo pequeños sorbos.” Pero ella desvió el rostro. No quiso beber. Si por miedo, por orgullo o por rechazo a lo ofrecido, no lo sabía. La víbora se estremeció, y su corazón se tensó de angustia.
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Despertó inquieto, sin haber descansado. El sueño aún velaba su percepción. Su aliento era forzado, escaso bajo el aire denso de la alcoba. ¿Por qué no lograba serenarse? ¿Qué, con exactitud, le mantenía en vela?
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Se preguntó si se trataba de una premonición—el temor latente de su propio deterioro. ¿Era la serpiente que se agitaba una imagen de la mente al perder su serenidad? ¿Eran la marcha lenta, el suelo lábil, las manos temblorosas, un ensayo de su propio declive? ¿O era el duelo—ese que se desliza sigiloso por el alma, que exige alimento sin hallar nunca saciedad?
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Solo sabía que intentaba ayudar, sostener, ofrecer consuelo que no podía ser acogido. Y, al hacerlo, se enfrentaba no solo a la ausencia de su madre, sino también a la sombra de su propia angustia—la interrogante de quién caminaría a su lado cuando llegara su hora de despedida.
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Pero acaso—pensó—haya algo sagrado en ese intento. En la ofrenda, incluso cuando es rechazada. En el andar pausado—por incierto que sea.
Allí puede habitar la humildad:
la que no exige,
y sin embargo, desarma el dolor
con su presencia—
demasiado firme para ser rechazada.
No se le opone resistencia—
basta con aceptar su invitación a ser acogida.
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Ricardo F. Morín
Bala Cynwyd, Pa, 2 de junio de 2025
Tags: bilingüe, Duelo, introspección, Memoria, ofrenda, Pérdida, prosa poética, Ricardo Morin, sueño

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