« Libro de mutaciones »

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Ricardo Federico Morin

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Editor Billy Bussell Thompson

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Ricardo F Morin
  Número de serie platónica 0023
  Imagen generada por computadora
  2018

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In memoriam Eva Lowenberger

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El encanto del éxito
somete la verdad al apuro
y la extravía en su propio enredo.

Ricardo F Morín —abril 12, 2021

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INTRODUCCIÓN

Libro de mutaciones surge de trabajar la memoria en el acto mismo de escribir.  El proceso determinó la dirección y la naturaleza del relato.  Recuerdos reales, hechos fortuitos y condiciones cambiantes de la vida diaria se reunieron en busca de unidad, pese a sus muchas formas posibles.  Lo que emergió fue un collage despojado de lo superficial y orientado hacia su propio realismo.

Había que desechar lo inauténtico.  También había que quitar el exceso.  En ese proceso, la historia reveló el curso que debía seguir.  Sin embargo, lo que quedó fuera sigue formando parte de su naturaleza y deja su propia marca en el conjunto.

Para mí, el proceso no era del todo distinto al de una pintura abstracta.  Lo que en la soledad del estudio ocurre por construcción y reconstrucción, aquí ocurrió por medio del lenguaje.  Cada palabra tenía que volverse necesaria para el equilibrio del relato, del mismo modo en que cada línea o pincelada debe justificarse dentro de una pintura.

Libro de mutaciones busca formular la memoria y los desplazamientos de la percepción a lo largo del tiempo.  Aunque la obra parte de la experiencia vivida, lo personal y lo particular no constituyen su fin principal.  Importa más cómo cambia la verdad de uno y cómo la propia humanidad sigue siendo difícil de aprehender.


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Capítulo 1

Ignis Fatuus:  El mundo entero podría colapsar; para vivir necesitamos falsas esperanzas.

Capítulo 2

Tu abuelo paterno casi nunca hablaba.  Acostado a su lado, sufrías sus ronquidos.  Un domingo por la mañana te sentabas tranquilamente con él en el banco mientras tocaba el órgano en la Iglesia de Bella Vista de Caracas.  Un domingo por la tarde te llevaba a dar de comer a las palomas en la Plaza Bolívar de Puerto La Guaira.  Un lunes temprano se sentaba ante un escritorio tallado y tomaba café caliente en un platillo de demitasse.  Durante un rato movía los pulgares y silbaba.  De repente te echó de la casa, convencido de que le habías roto algo suyo.  Temeroso, cruzaste la calle corriendo y casi te atropelló un coche.  Te uniste a unos niños mayores que jugaban a las canicas.

Capítulo 3

Ignoramos tanto que la humildad se vuelve una necesidad, no una elección.  Nada es concluyente.

Capítulo 4

Tu abuela materna nunca incurría en conversaciones triviales.  Para quitarte la costumbre de chuparte el pulgar, te aplicaba salsa picante en la mano izquierda antes de dormir.  Tú simplemente te pasabas al pulgar derecho.

Capítulo 5

El hombre no controla quién es, ni cómo piensa, ni cómo se percibe.  Tú tampoco controlas quién eres, cómo piensas ni cómo te percibes.  Preguntar por qué existes, u observar cómo cambias con el tiempo, no te confiere control.

Capítulo 6

En su celda, el padre Manuel, profesor de matemáticas, hablaba consigo mismo.  Sus murmullos eran apenas audibles.  Nos imponía la pregunta de qué engrandece a un hombre y qué lo empequeñece.  El padre superior Lisandro respondía que no había explicación para el mal en el mundo.

Capítulo 7

¿Puede uno disipar los temores ante la existencia de Dios y del diablo?  No puede hacerlo.  ¿Nace la cultura, como la tradición y la creencia, de la imaginación?

Capítulo 8

Como amigo, Rogelio era atento y considerado.  Tu madre te advirtió que no te acercaras demasiado a él:  era pobre y negro. Tú respondiste:  la pobreza no es vergonzosa y, además, la piel de tu padre apenas es un poco más clara.

Capítulo 9

¿Buscas sentido en los mundos imaginarios y en las ensoñaciones?

Capítulo 10

Durante el almuerzo, el tío Calixto se sentó frente a ti al extremo de la mesa.  Con toda naturalidad anunció el suicidio de una pareja que te había presentado apenas un mes antes.  Tu consternación era evidente; el tío Calixto insistió en que no preguntaras más.  Años después, con el mismo tono truculento, te acusó de malos pensamientos:  Tienes al diablo en ti, por ser gay.

Capítulo 11

Te preguntabas cuán moral puede ser una persona si cree en el diablo, el infierno y la condenación eterna.  Para ti, esa moralidad era defectuosa.  Para ti, la religión no es distinta de la astrología.

Capítulo 12

Hace quince años, Francis murió de cáncer.  Su hermano se afligió como si le hubieran amputado un miembro.  Años después, su hermano prendió fuego a su casa antes de beber anticongelante.  La familia no se sorprendió.  Los vecinos te culparon por no haber borrado su dolor.  Alarmado, uno de ellos llamó al día siguiente para acusarte de haber expuesto cuarenta y cinco pisos a la conflagración.

Capítulo 13

El suicidio no es distinto del homicidio.  Matarse a sí mismo no es distinto de matar a otro.  Ambos son actos de cobardía.  La conciencia pertenece sólo a los vivos.  Poner fin a la propia vida es volverse contra la propia naturaleza.  La locura puede nombrarse, pero no alivia la agonía.  El recuerdo del amor es el único consuelo.

Capítulo 14

Justo antes de la Primera Comunión, tu padre habló de la muerte.  Respondiste que es inevitable.  Más tarde lo oíste decirle a tu madre que tu respuesta había sido inesperada.  En Navidad, le dijiste a tu padre que ya lo sabías todo sobre Santa.  Él respondió:  ¿Qué piensas hacer al respecto?  Te encogiste de hombros y le pediste la bendición antes de irte a la cama.

Capítulo 15

¿Sufres por no ser inocente?

Capítulo 16

El tendero dijo que conocía a tu familia, así que le pediste que te llevara a casa en la parte trasera de su camioneta.  Cuando llegaste, encontraste a tu padre en estado de pánico.  Habías desaparecido para él, y tú pensabas que él te había olvidado.  A partir de entonces dejaste de ir a tus clases de arte durante diez años.  Luego, ya adolescente, vagabas por tu vecindario.  Una tarde encontraste a un muchacho mayor estudiando.  Estaba memorizando algo cuando lo interrumpiste.  Te preguntó por qué le ofrecías dulces, y tú dijiste:  ¿Por qué no?  ¿Acaso no somos vecinos?  Cuando llegaste tarde a casa, tus padres estaban saliendo para denunciar tu desaparición.

Capítulo 17

¿Puede alguien medir la conciencia?

Capítulo 18

Cada vez que cruzabas la reja de la casa de tu amigo, su pastor alemán se abalanzaba hasta reconocer tu voz y tu olor.  Aquel día tu amigo no había ido a la escuela porque no se sentía bien.  Sin preámbulos, te dijo que lo mandarían a una escuela militar.  Luego dijo que estaba muy alterado y que tenía que descargarse.  Te sentaste en silencio al pie de su cama.  Intercambiaron monosílabos mientras él se masturbaba bajo la manta.  Te dice:  Tengo que hacerme la paja y acabar.  Esas palabras no significaban nada para ti.  Te fuiste con una mirada amistosa y no volviste a verlo jamás.

Capítulo 19

No apartabas el miedo tanto como reconocías su existencia fugaz, como al despertar de un sueño.

Capítulo 20

De vacaciones con un compañero de clase, tu atención se fijó en su hermano mayor, Francisco.  Cada vez que sus cuerpos se tocaban, temblabas.  Temías sentirte abrumado.  Mucho después de su muerte, su atractivo todavía te persigue.

Capítulo 21

Desde la primera infancia, la inocencia ya se había perdido en el dolor.  Hacía mucho que eras presa fácil.

Capítulo 22

A los 18 años conociste a Ennio Lombana después de cruzar a la casa de los vecinos.  Te convertiste en su víctima sexual.  Te fuiste a la universidad a seis mil kilómetros de distancia.

Capítulo 23

Intentaste no pensar nunca en el miedo, pero se volvió una obsesión.

Capítulo 24

Tu padre y tu maestro de arte alentaron tu educación en América del Norte, pero temían sus implicaciones.  Sus recuerdos permanecen en silencio.

Capítulo 25

La ignorancia es la condición esencial de la existencia.  La arrogancia oscurece la ansiedad, la soledad, el miedo y la ausencia de amor.  La racionalidad no puede alcanzarse por medio del dogma.

Capítulo 26

La Nena Pérez fue una rebelde de oro para José Luis.  Su belleza hechizaba a todos los que la veían.  Para su esposa Antonieta, en cambio, era una intrusa.  Décadas después llegó una carta suya desde Andalucía.  En ella, Antonieta era elogiada como toda una señora.  En tono autodenigrante, él alababa a tu padre.  Habías mencionado que La Nena no te reconoció en un encuentro casual en Caracas.  Se alteró al saber que tu voz ya no le resultaba familiar.  Parecía haber olvidado que una vez habían cruzado en canoa la bahía de Tucacas.

Capítulo 27

¿Cómo puede haber amor si uno está vacío?  El hastío descubre ese vacío.  La importancia personal aspira a la iluminación del mismo modo que el anhelo aspira a la santidad y a la humildad.  Encontrar el amor puro es cuestión de suerte.

Capítulo 28

Antes de entrar en la universidad te inscribiste en un curso de inglés como segunda lengua.  El profesor volvió estimulante el aprendizaje.  Su paciencia te desarmó.  A la hora de comer hablabas sin parar, olvidabas comer y él sonreía con ternura.

Capítulo 29

La desesperación no puede aliviar el sufrimiento.

Capítulo 30

Tres Marías viajaron desde Sudamérica a las cataratas del Niágara de visita.  Subieron a la noria del parque de atracciones a orillas del lago Ontario.  Su visita era un completo misterio, salvo que creían estar en contacto con extraterrestres.  Una de ellas comprendió que no era el objeto del afecto de Ennio Lombana.  Tu madre se derrumbó de inmediato.

Capítulo 31

En 1977, hambriento y desamparado, estuviste cerca de morir.  Te distraías en las discotecas.  Conociste a Donald Bossak y a Paul Barret:  el primero inseguro y el segundo suicida.  Te mudaste a los dormitorios de la universidad para enfrentarte a un grupo de alborotadores incitados por tu futuro compañero de cuarto.  Gritaban:  Fuera el extranjero, mientras prendían fuego a tu puerta.  En la graduación te enteraste de que la universidad te había asignado un guardaespaldas.  Para entonces habías llegado a conocer a un estudiante.  Aquel disidente polaco, Jurek Pystrak, alivió tu miseria.  El verano antes de graduarte estudiaron juntos en Austria.  Después de graduarte, él siguió sus estudios en la Universidad de Pensilvania y tú seguiste a Yale para el MFA.  Jurek murió a mediados de los años ochenta en Berlín.  Sólo más tarde supiste que había sido SIDA.

Capítulo 32

La tecnología extiende nuestras vidas hacia mundos preconcebidos.  Los arquetipos algorítmicos imponen un orden sobre el prejuicio, a través del cual te controlan, te venden y te manipulan.

Capítulo 33

Todos los fines de semana, tú y Jurek viajabais entre New Haven y Filadelfia.  Antes de irse con su Fulbright, él sugirió que estaba bien salir con otra persona durante su ausencia.  Tú lo tomaste como una falta de lealtad.  Desde Berlín te escribió que había conocido a un historiador del cine.  Después de la muerte de Jurek, Karl visitó tu estudio.  Encontró tus lienzos geométricos extrañamente formales.  ¿Fue su conversación un eco de la influencia que había ejercido sobre Jurek y de su propia idea de la libertad de expresión artística?  Más tarde escribió desde Berlín que se estaba muriendo.  En su carta dice que tus búsquedas de tratamientos son pretensiones misioneras inútiles.

Capítulo 34

Pero no es una misión, es compasión.  Karl estaba lleno de sus propios recuerdos; le rogaste que no perdiera la esperanza.

Capítulo 35

Nunca lloraste por nadie como lloraste cuando Benjamin Ivry se fue a trabajar a París en 1984.  Después de su partida, tu vieja amiga Carol Magar te ayudó a negociar la ciudadanía estadounidense.  Dieciocho años después, ella murió de cáncer cervical, y cinco años antes Benjamin había regresado de Francia.  ¿Fue su postura irónica lo que los separó como amigos?  La última vez que te habló fue en una librería de Park Avenue con la calle 57.  Allí, con motivo de la promoción de su libro Maurice Ravel:  His Life, le presentaste a tu esposo David.  Benjamin se excusó y se fue abruptamente para reunirse con su agente.  Más tarde ese mismo año se mudó a Tailandia.  Se convirtió en biógrafo y traductor de figuras reconocidas de las artes del siglo XX.  Sólo gracias a la World Wide Web puedes ver su imagen mientras envejece, y su prosa sigue ofreciéndote su particular oficio.  Sigue siendo tu provocador.

Capítulo 36

En 1987 te diagnosticaron SIDA.  Antes del diagnóstico habías llegado a conocer a un clérigo episcopal y a un actor de telenovela.  Ambos lucharon por tu atención.  Durante años uno desaprobó al otro.  El actor era irónico y el clérigo un libertino.  El clérigo murió de un infarto en 2008.  El actor tiene más de ochenta años.  Su marido se burla de ti.

Capítulo 37

Durante los años de histeria en torno al SIDA, tus amigos Philip Jung y Tom Bunny no le tenían miedo a la muerte.  Los consolabas cuando yacían tranquilos en tu regazo.

Capítulo 38

Casi ciega, Lyda se veía a sí misma como mecenas de la cultura latina en los Estados Unidos.  Disfrutaba comisariar exposiciones de arte en Midtown Manhattan.  Un maestro provinciano convertido en diplomático le inculcó la idea de que tenían la oportunidad de abrirse paso en el establecimiento artístico estadounidense.  Luego una revolución bolivariana seudoprogresista los convierte en populistas.

Capítulo 39

Escuchaste grandes historias.  Sus aspiraciones, afines al fervor religioso, nunca se materializaron.  Son timadores incapaces de renunciar a su deseo de dominar.

Capítulo 40

Pintar te mantiene cuerdo, dijo un amigo que había ido a tu loft.  Tus pinturas desarrollaban un vocabulario abstracto.  Pintabas de noche y trabajabas de día como diseñador comercial.  Cuando tu salud falló, renunciaste a todo y elegiste refugio con tu familia en Sudamérica.

Capítulo 41

Se aprende a vivir con el miedo.

Capítulo 42

Quedaste a la deriva en tu tierra natal.  Te encontraste con la repugnancia tanto del estamento médico como de tu familia.

Capítulo 43

En 1994, las instituciones médicas venezolanas estaban colapsando.  A unos pocos médicos y a varias empresas les presentaste una propuesta para la Fundación Metaguardia y la refrendaron.  Había sido registrada como un programa para personas con enfermedades terminales.  La propuesta llegó a las comisiones venezolanas de Salud, Educación y Cultura, y a las Naciones Unidas.  Fracasó.  El Ministerio de la Familia intenta convertir el programa en actividades para débiles mentales.  No pasó nada.

Capítulo 44

En noviembre de 1995 volaste de Caracas a Los Ángeles.  Te habían nominado a un Emmy por tu trabajo en En busca del Dr. Seuss.  A la mañana siguiente despertaste con una fiebre de 108 grados.  Desde una cama de hospital alucinaste que haces el amor con un ángel que desciendía sobre ti.  A tu enfermera le explicaste que la muerte es una ilusión.  En tu mente hablas de dioses y diosas egipcios, de agentes de la Gestapo merodeando por tu habitación, de Zapata luchando por la libertad de México y de un viaje intergaláctico en una nave espacial que sobrevuela el hospital.  Una enfermera te pidió que abrieras los ojos.  Tu cuerpo había empezado a desacelerarse; tu vista se había agrandado.  Te arrancaste la vía del brazo y quisiste huir.  No podías caminar, pero de algún modo bailas con la música que sonaba en la radio de las enfermeras.  Te sientes en otro tiempo.  Ves tu casa en Venezuela mientras gateas por el suelo.  Las juntas son como ríos.  Luego abres los ojos al océano.  Tu corazón palpita.  Subes al techo de tu casa y miras el cielo despejado.  Los fractales de luz vibran como miles de arcoíris.  Ahora estás despierto; tus tobillos están débiles.  Te pones de pie.  Te vuelves hacia el médico y dices:  ¿Qué significa para usted la dignidad?  ¿Es usted un ser humano?

Capítulo 45

Unos meses después estabas en casa de tu madre.  Tu padre iba a visitarte todas las semanas.  A medida que te fortalecías en los meses siguientes, él te dijo que deberías regresar a los Estados Unidos.

Capítulo 46

En noviembre de 1996 volaste de Caracas a Nueva York.  Tu estancia de nueve meses en Venezuela violó tu estatus de residencia.  Creo que me estaba muriendo y no podía regresar, respondiste.  Señor, puede pasar, dijo por fin el agente.

Capítulo 47

Algunas semanas después, tu padre se cayó en casa y sufrió una contusión.  Después de la cirugía murió en el hospital.  Tu madrastra lo había encerrado como si fuera una bestia salvaje.  En el duelo volviste a pintar.  Sin más éxito que antes, las galerías siguieron rechazando tu obra.  Viajaste a Europa con tu madre.  Ella hablaba sin parar y, nueve años después, perdió la voz a causa del Alzheimer.  Sin padres, no tienes puente con tus hermanos y hermanas.  A lo largo de los años de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, ayudaste a la familia.

Capítulo 48

En 2012, la pintura se había vuelto una carga para tu salud.  Cerraste el estudio y la tecnología digital pasa a ser tu medio.  Tu confianza regresa.

Capítulo 49

En 1997 conociste a Nelson.  Juntos caminaron por la selva amazónica hasta el Salto Ángel.  También nadaron juntos en Los Roques.  Contigo se mostró vulnerable.  ¿Se debió su suicidio a la muerte de su hermano o a que tú lo dejaras?

Capítulo 50

En agosto de 1999 te confesaste con un sacerdote nicaragüense en el Vaticano.  Él te dijo que midieras tus responsabilidades.  Lloraste desconsoladamente por la muerte de Nelson.  La respuesta del sacerdote fue:  Este no es el lugar.  Desde el Vaticano regresaste al hotel, donde te encerraste.  Al volver a los Estados Unidos, buscaste terapia.  Allí hablaste de una relación con un profesor de inglés casado y con hijos que te dijo:  Tú también me has matado. Luego entablaste una relación con un alcohólico que te dijo lo mismo.

Capítulo 51

La terapia se convirtió en una muleta y restringió tu libertad.  Cuando te fuiste, el terapeuta se decepcionó.  Se había acostumbrado a dirigir tus pensamientos y tus actos.  Esa era su forma de poder, y, para su disgusto, lo dejaste.

Capítulo 52

Cuando tú y David se encontraron, él llena un vacío en ti y tú llenas uno en él.  Encuentran respiro en un mundo imperfecto.

Capítulo 53

Despertó con la quijada áspera y con la barba naciendo.  Rozaste tu rostro contra el suyo y aspiraste su olor almizclado.  Sus ojos tenían la expresión de un niño amoroso.

Capítulo 54

Sus ojos brillantes guardan un asombro tímido.

Capítulo 55

Juntos recorren el mundo:  el Atlántico, el Pacífico, el Mar de la China Meridional, el Mediterráneo y el Mar del Norte.

Capítulo 56

El 27 de diciembre de 2000, un hombre de 39 años se arrojó a la muerte desde un edificio de apartamentos en Manhattan.  La caída ocurrió en Hell’s Kitchen, cerca de tu casa.  Era tu médico de cabecera y ambos eran VIH-positivos.  La semana anterior le habías dicho que la medicación que te había recetado te había dejado sin dormir.

Capítulo 57

Aún siguen en contacto algunos amigos de mi infancia.  A sus 94 años, Herta es mi amiga más antigua.  La conozco desde hace 46 años.  Es mi mentora y mi amiga platónica desde la universidad.  Perdió la memoria a causa del Alzheimer.  De la escuela de posgrado en Yale están Angiolina Melchiori, hoy directora de noticias en RAI en Roma; Ariel Fernández, químico físico e investigador farmacéutico estadounidense-argentino; y Maider Dravasa, vascofrancesa, doctora en lingüística, que vive en París.  Los tres han sido mis amigos durante cuarenta años.  Como ocurre con todos mis amigos, conocemos el flujo y reflujo de nuestras fuerzas.

Luego está Billy Bussell Thompson, antiguo colaborador.  Creo que sufre lo que Job no sufrió.  Lo conozco desde 1987.  Mi verdadera educación comenzó cuando lo conocí.  A lo largo de los años fuimos coautores en numerosas ocasiones, incluida su edición de muchos de mis blogs de WordPress.  Cuando escribo en español, italiano o francés, Billy estaba allí para guiar y ordenar mis pensamientos entre lenguas.  ‘Libro de mutaciones’ evoluciona a partir de un collage de reflexiones:  la memoria, mi tensión con las ciencias sociales, mi amor por la historia, mi interés por la métrica y por su auge y caída en la poesía estadounidense, la prevención del suicidio y la reparación de sí.

Más importante aún está mi esposo de más de veinte años, David Lowenberger, que ejerce la influencia más significativa sobre quién soy.  Sus amigos y familiares también importan profundamente.  Para mi buena suerte, su madre, mi suegra Eva, me dio veinte años de amistad.  Digna en todos los sentidos, fue una inspiración como madre y como amiga.  Murió durante la pandemia de COVID, casi cinco semanas antes de cumplir 98 años.  Dedico estos relatos a su memoria.

12 de abril de 2021

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