
Triangulación IV
22″ x 30″
Carboncillo, sanguina y corrector líquido sobre papel
2008
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El lugar de la escritura rara vez coincide con un escritorio. Muchas veces el trabajo ocurre durante un trayecto en automóvil mientras mi esposo conduce, camino a una cita médica o en medio de una salida cotidiana. También puede suceder en un tren o en un avión. El movimiento crea entonces un espacio inesperado de concentración. Las frases aparecen en tránsito: durante el viaje, mientras se camina, o incluso de pie en una pausa breve del día. El pensamiento parece acompasarse con el desplazamiento.
Las frases pasan de una lengua a otra con naturalidad. Un mismo texto puede revisarse o corregirse en inglés, español e italiano casi al unísono, como si el desplazamiento físico liberara también el movimiento del pensamiento. El viaje crea así una especie de territorio mental donde las palabras encuentran su propio ritmo.
A veces la escritura llega desde un lugar aún más interior. No es raro despertar en mitad de la noche porque, mientras dormía, una idea o una solución se ha formado con claridad. Entonces basta levantarse y escribir, como si el pensamiento hubiera seguido trabajando silenciosamente durante el sueño.
La imagen más difundida del escritor sigue siendo la de alguien sentado ante un escritorio, bajo una lámpara, rodeado de papeles cuidadosamente ordenados. Es una imagen tranquilizadora, casi ceremonial. Pero la historia de la literatura sugiere algo muy distinto.
Marcel Proust escribió gran parte de En busca del tiempo perdido acostado en su cama, en una habitación revestida de corcho para aislar el ruido. Algo parecido ocurrió con Truman Capote, quien se describía como un autor completamente horizontal y escribía acostado, con lápiz y papel apoyados sobre las rodillas. Otros escritores encontraron su ritmo en el movimiento. Edith Wharton desarrollaba sus textos caminando mientras los dictaba, y Ernest Hemingway prefería escribir de pie frente a un atril improvisado.
Estos ejemplos recuerdan algo simple: la escritura no depende de un único ritual ni de un mobiliario específico. Cada autor descubre su propio equilibrio entre silencio, movimiento, atención y memoria. El escritorio tradicional es apenas una posibilidad entre muchas.
Tal vez por eso la literatura ha nacido tantas veces en lugares inesperados. En una cama, en un tren en marcha, en una habitación silenciosa o en medio de un viaje. La imaginación rara vez espera condiciones perfectas. Aparece donde puede y convierte cualquier rincón en un territorio de trabajo.
Con el tiempo se comprende que el escritorio no es el verdadero lugar de la escritura. El lugar es la atención. Allí donde aparece, cualquier sitio puede convertirse en parte de esa geografía íntima donde las palabras finalmente encuentran su forma.
Ricardo F. Morín
13 de marzo de 2026
Oakland Park, Florida
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