Por Ricardo F. Morín
Octubre de 2025
Oakland Park, Florida
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La historia de la inteligencia artificial (IA) suele contarse como un relato de promesas infinitas: una tecnología destinada a transformar las economías y redefinir el potencial humano. Sin embargo, bajo ese optimismo se oculta una realidad más antigua: la conversión de la creatividad humana en riqueza concentrada. Lo que se presenta como progreso repite el patrón económico más viejo de todos: extraer valor de muchos para beneficio de pocos. El lenguaje que rodea a la IA disfraza esta continuidad. Convierte la innovación en un espectáculo de inevitabilidad, una visión de abundancia que oculta sus cimientos desiguales.
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Ese espectáculo depende de la persuasión. Expresiones como inteligencia manifestada, la próxima frontera del billón de dólares o transformación inevitable no son descripciones, sino estrategias de mercadotecnia. Presentan el beneficio como destino e invitan a participar no en el descubrimiento, sino en la especulación. Cifras como “80 billones” o “25.000 % de retorno” se repiten en los medios como profecías, transformando las previsiones financieras en certezas morales. Esta retórica moldea la imaginación pública: la IA deja de ser una herramienta para resolver problemas humanos y se convierte en un fenómeno financiero—una historia sobre riqueza más que sobre comprensión.
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Estas promesas no marcan un nuevo comienzo. Repiten el mismo ciclo que acompañó a cada gran invención. La Revolución Industrial transformó el trabajo pero profundizó las divisiones sociales. La revolución digital difundió la información pero concentró la propiedad. La IA entra ahora en esa historia como su expresión más reciente. Su capacidad para ampliar el conocimiento y servir al bien común es real, pero su primera lealtad sigue siendo el lucro. Dentro de las estructuras existentes, acelera la acumulación de capital en lugar de corregir su desequilibrio.
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Los mecanismos de esa concentración son visibles. Los modelos propietarios cercan el conocimiento tras muros de pago y patentes. Los datos recolectados del público se convierten en propiedad privada. El costo de la potencia informática y del talento especializado limita quién puede participar. El resultado es previsible: la mayoría experimentará la IA no como empoderamiento, sino como dependencia. Lejos de reducir la desigualdad, la incorpora a la infraestructura del futuro.
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Esta dirección resulta más inquietante frente a las necesidades urgentes del mundo. Miles de millones de personas aún viven sin acceso confiable a alimentos, salud o educación—condiciones que la tecnología podría transformar pero rara vez aborda. Los usos más rentables de la IA optimizan la publicidad, manipulan el comportamiento y amplían la vigilancia. No son accidentes; son la consecuencia lógica de un sistema que valora la rentabilidad por encima del bienestar humano. Cuando el progreso se mide solo por el valor para el accionista, la tecnología pierde su brújula moral y la sociedad pierde su sabiduría.
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Un uso más reciente y peligroso de estos sistemas ha surgido en la esfera política. Las mismas herramientas que dirigen anuncios ahora dirigen conciencias. Gobiernos de tendencia autocrática han comenzado a utilizar modelos generativos para inundar el discurso público con contenidos persuasivos, borrar la frontera entre verdad y ficción y cultivar obediencia mediante la simulación. Informes recientes muestran cómo oficinas ejecutivas emplean la IA para redactar mensajes políticos, amplificar medios afines y silenciar voces disidentes. Tales prácticas convierten la inteligencia en propaganda y los datos en dominación. Cuando un Estado puede administrar algorítmicamente la percepción, la democracia se convierte en representación teatral. La concentración de la riqueza converge así con la concentración de la creencia—cada una reforzando a la otra.
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Ya hemos visto este patrón. En cada era tecnológica, la riqueza se transforma en poder político y luego utiliza ese poder para protegerse. Los magnates ferroviarios consolidaron monopolios en el siglo XIX. Las potencias petroleras moldearon la política exterior en el XX. Hoy, los conglomerados digitales redactan las reglas que mantienen su dominio. La IA sigue la misma fuerza gravitacional, guiada menos por visión humana que por la inercia del capital.
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En el orden actual, la unión del poder tecnológico y la especulación financiera ya no produce descubrimiento, sino dependencia. La riqueza circula dentro de una economía cerrada de influencias, recompensando a quienes diseñan los mecanismos de acceso en lugar de a quienes amplían el alcance del conocimiento. Lo que aparece como innovación suele ser un ensayo del privilegio: un intercambio de capital entre los mismos centros de autoridad, cada uno validando al otro mientras la sociedad asume el costo. Cuando la creatividad se convierte en garantía y la inteligencia en arrendamiento, el progreso deja de servir al público y empieza a servirse a sí mismo.
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La ilusión más seductora que sostiene este orden es la del mito de la inevitabilidad: la creencia de que el avance tecnológico debe producir desigualdad y que nadie es responsable del resultado. Es una ficción útil, pues exime a los poderosos del escrutinio moral al convertir la explotación en destino. Pero la inevitabilidad es una elección disfrazada de naturaleza. Las sociedades siempre han dado forma al uso de la tecnología mediante sus leyes, sus valores y su coraje para intervenir. Aceptar la desigualdad como destino es renunciar a esa responsabilidad.
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Rechazar la inevitabilidad implica recuperar la idea misma de progreso. La innovación no es progreso si no amplía la libertad y la seguridad humanas. Ello requiere dirección deliberada—mediante inversión pública, impuestos justos, estándares transparentes y cooperación internacional. No son obstáculos al crecimiento; son las condiciones que lo hacen justo y sostenible. Los mercados por sí solos no garantizan justicia, y la tecnología sin ética no es avance, sino aceleración sin rumbo.
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Medir el progreso de otro modo transformaría lo que celebramos. Si un sistema de IA reduce errores médicos en comunidades pobres, fortalece la educación donde faltan recursos o mejora la participación democrática, su valor supera al de aquel que solo aumenta los márgenes de ganancia. La verdadera medida de la inteligencia—artificial o humana—es el bien que aporta al mundo. El beneficio es solo una forma de valor; la dignidad humana es otra.
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En el centro de este orden persiste una hipocresía silenciosa. Se elogia la riqueza como recompensa al esfuerzo y la inteligencia, pero depende de la extracción constante de valor de otros—del trabajador, del consumidor, del entorno. Lo que parece mérito suele descansar en la desigualdad disfrazada de eficiencia. El mismo patrón define a la inteligencia artificial. Construida a partir del conocimiento y la creatividad humanos, se encierra en sistemas que venden el acceso a lo que fue dado libremente. Ambas formas de acumulación—la financiera y la tecnológica—obtienen su poder de los mismos recursos que agotan: el trabajo, la atención y la imaginación humanos. Al pretender impulsar a la sociedad, reproducen la inequidad que convierte la vitalidad en estancamiento—la inversión de lo que el progreso debería ser.
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El discurso febril sobre oportunidades de billones pertenece a un vocabulario antiguo: el lenguaje de la extracción confundido con el de la evolución. La cuestión esencial es si la inteligencia seguirá sirviendo a la riqueza o empezará a servir a la humanidad. La inteligencia artificial ofrece esa elección: repetir la lógica que durante siglos confundió acumulación con progreso, o construir un futuro en que el conocimiento y la prosperidad se compartan. Esa decisión no surgirá por sí sola; depende de lo que las sociedades exijan, de lo que los gobiernos regulen y de los valores que definan el éxito. La ventana para decidir sigue abierta, aunque se estrecha cada vez que el lucro habla más alto que la conciencia.
Las observaciones anteriores se refieren a las consecuencias de la extracción. La lógica institucional que produce estas consecuencias pertenece a un patrón histórico más amplio dentro del desarrollo económico moderno. Ese patrón se examina por separado en La lógica de la extracción.
Tags: ética, capitalismo, concentración de la riqueza, democracia, desigualdad, Economía política, futuro del trabajo, gobernanza, inteligencia artificial, manipulación digital, poder, propaganda, responsabilidad moral, tecnología, Trump

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