« Una propuesta planetaria »

Ricardo Morín
Triangulación 10: Una propuesta planetaria
56 x 76 cm
Acuarela y lápiz de cera sobre papel
2007

Ricardo F. Morín

Noviembre 2025

Oakland Park, Florida

Este ensayo procede de un reconocimiento sencillo:   las estructuras políticas heredadas por la humanidad ya no corresponden a las fuerzas que hoy configuran su supervivencia.   La volatilidad climática, la aceleración digital, la interdependencia económica y la vulnerabilidad transfronteriza operan a escala planetaria.   Atraviesan el aire, el agua, los datos y las cadenas de suministro sin atender a los límites territoriales.    Sin embargo, el mundo continúa organizado como un conjunto de soberanías discretas, cada una responsable de riesgos que no puede ni contener ni resolver por sí sola.

Lo que sigue no procede del optimismo, de la inevitabilidad ni de visiones de armonía.   Parte, en cambio, de la insuficiencia.    Las instituciones que en otro tiempo estabilizaron la vida política no fueron concebidas para condiciones en las que la disrupción se propaga de forma global e instantánea.   La propuesta aquí expuesta —un sistema estratificado de coordinación planetaria, provisión universal y protecciones para la autonomía cultural— no intenta anticipar qué formas políticas habrán de surgir.    Ofrece, más bien, una arquitectura conceptual de aquello que ha pasado a ser pensable si la continuidad humana ha de seguir siendo plausible bajo condiciones de profunda interdependencia.

El ensayo se despliega en tres movimientos.    En primer lugar, perfila un marco proporcional a la escala del riesgo contemporáneo.    En segundo término, enfrenta las objeciones más sólidas —psicológicas, culturales, geopolíticas, económicas e históricas— que limitan cualquier reorganización de este tipo. A continuación, el análisis se orienta hacia formas transicionales a través de las cuales la identidad local puede persistir y la coordinación puede emerger en contextos donde la fragmentación ya ha introducido riesgo.    El trabajo no prescribe un futuro; permanece dentro del horizonte en el que opera hoy la imaginación política.

i

Este ensayo se apoya en un cuerpo creciente de teoría política atento a la brecha cada vez mayor entre las presiones de alcance global y el radio limitado de acción del Estado-nación.    Pensadores como Ulrich Beck (World Risk Society, 1999), David Held (Democracy and the Global Order, 1995), Jürgen Habermas (The Postnational Constellation, 2001) y Saskia Sassen (Territory, Authority, Rights, 2006) han mostrado cómo el cambio climático, los sistemas digitales y la interdependencia económica exceden hoy las capacidades de la gobernanza territorial.    Beck identifica el riesgo mismo como fenómeno global; Held y Habermas examinan formas de gobernanza multinivel; Sassen describe la migración de la autoridad a través de redes que eluden las fronteras.    Este ensayo permanece alineado con estos planteamientos y fundamenta su argumentación no en la probabilidad de que los Estados existentes se unifiquen, sino en condiciones materiales ya en vigor.

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Los teóricos del riesgo global —en particular Beck y Anthony Giddens (Runaway World, 1999)— describen un mundo unido por vulnerabilidades compartidas: inestabilidad climática, pandemias, contagio financiero y exposición digital.    Ningún Estado puede contenerlas de manera aislada.    Este ensayo desarrolla ese diagnóstico al tratar el riesgo compartido como la razón central para el rediseño institucional.    Investigaciones sobre soberanía compartida o superpuesta, como las de Anne-Marie Slaughter (A New World Order, 2004) y Neil Walker (Intimations of Global Law, 2015), muestran que la autoridad ya se distribuye en múltiples niveles.    Lo que sigue es una observación:    la dispersión sin estructura produce fragilidad; la autoridad compartida requiere diseño, no mera acumulación.

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Filósofos de la justicia global como Martha Nussbaum (Frontiers of Justice, 2006), Amartya Sen (Development as Freedom, 1999) y Thomas Pogge (World Poverty and Human Rights, 2002) sostienen que las capacidades humanas básicas ya no pueden garantizarse exclusivamente dentro de las fronteras nacionales.    El bienestar y la oportunidad se han convertido en hechos transnacionales.    Teóricos de la política ambiental como Bruno Latour (Facing Gaia, 2017) y Robyn Eckersley (The Green State, 2004) muestran además que los sistemas ecológicos imponen exigencias que ningún gobierno aislado puede atender.    Este ensayo toma estas afirmaciones como relevantes y propone instituciones dimensionadas según la interdependencia ecológica y tecnológica, en lugar de apoyarse en jurisdicciones heredadas.

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Los debates en torno al poder digital refuerzan esta necesidad.   Autoras y autores como Shoshana Zuboff (The Age of Surveillance Capitalism, 2019), Kate Crawford (Atlas of AI, 2021) y Helen Nissenbaum (Privacy in Context, 2010) documentan cómo la inteligencia artificial, las infraestructuras de datos y los sistemas algorítmicos operan a través de fronteras mientras eluden los marcos nacionales de supervisión.    El poder tecnológico se desplaza hoy con independencia de los dispositivos concebidos para regularlo.    La propuesta sitúa la gobernanza tecnológica en el núcleo de la coordinación planetaria, y no como una preocupación auxiliar.

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Tomados en conjunto, estos enfoques indican que ni el repliegue nacionalista ni el universalismo abstracto resultan adecuados para las condiciones presentes.    Este ensayo permanece alineado con estos planteamientos y fundamenta su argumentación no en la probabilidad de que los Estados existentes se unifiquen, sino en condiciones materiales ya en vigor.    No se orienta hacia la abstracción, sino hacia una propuesta legible y coherente, calibrada según las realidades que ya se están desarrollando.

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La humanidad se encuentra hoy en un umbral en el que las formas políticas heredadas ya no logran absorber las presiones que configuran la vida colectiva.    La inestabilidad climática, la aceleración digital, el desplazamiento migratorio y la interdependencia económica operan a escala planetaria.    Atraviesan las fronteras con una velocidad para la cual los sistemas basados en el Estado nunca fueron concebidos.    En tales condiciones, la cuestión de la supervivencia converge con la cuestión del rediseño institucional.

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La propuesta parte del reconocimiento de que los Estados soberanos fragmentan la responsabilidad precisamente en el momento en que la coherencia se vuelve necesaria.   Los riesgos se propagan de manera global; la rendición de cuentas permanece localizada.   Un marco planetario emerge no como aspiración, sino como respuesta proporcional a vulnerabilidades que exceden la capacidad nacional.

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Dicho marco se limita a ejercer autoridad únicamente allí donde la fragmentación produce exposición sistémica: a saber, en la salud pública, la estabilización climática, la migración, la gestión de recursos y las tecnologías globales.   La autonomía cultural, jurídica y administrativa permanece firmemente radicada en las instituciones regionales y locales.

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El bienestar universal constituye la base estructural de este planteamiento.    No opera como caridad, sino como estabilización.    En un mundo interconectado, la privación en una región genera inestabilidad en muchas otras.    El acceso a la atención sanitaria, a los recursos esenciales y a una educación significativa define el umbral mínimo de participación en la vida colectiva.

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De ello se sigue una reconfiguración del valor.    Los mercados continúan operando, pero ciertos bienes —salud, educación, seguridad ambiental y acceso digital— quedan garantizados como derechos.    El ingreso universal cede su lugar a la provisión universal: un compromiso con las condiciones materiales e intelectuales requeridas para la dignidad y la resiliencia.

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A medida que estos cambios toman forma, las fronteras asumen una función distinta.    Persisten como marcadores administrativos, pero su capacidad para regular el riesgo disminuye.    Los sistemas climáticos ignoran los límites; los patógenos los atraviesan sin control; las infraestructuras digitales disuelven las restricciones territoriales.    Una arquitectura planetaria aparece así no como un punto de llegada, sino como un ajuste a condiciones ya en curso.

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Articular un mundo de este tipo no constituye un acto de idealismo, sino de razonamiento proporcional.    Las presiones contemporáneas exigen una imaginación política acorde con su escala.    Esta propuesta no anticipa el futuro; permanece dentro del horizonte.

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La primera objeción se refiere a la identidad.    La soberanía no funciona únicamente como un orden jurídico, sino también como un depósito de memoria, historia y continuidad afectiva.    Un marco de alcance planetario introduce una capa adicional de identificación para la cual no existe precedente histórico directo.

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A esta objeción se suma la resistencia geopolítica.    Los Estados —en particular aquellos con mayor capacidad de influencia— disponen de escasos incentivos para diluir ventajas estratégicas ya adquiridas.    Cualquier forma de autoridad global tiende a ser percibida no como coordinación, sino como pérdida relativa de control.

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Una tercera objeción concierne a la escala.    Las instituciones que operan en un ámbito planetario enfrentan riesgos de opacidad, inercia o captura.    La coordinación a tal magnitud puede introducir nuevas formas de fragilidad allí donde pretende reducirlas.

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Los argumentos económicos cuestionan la viabilidad.    La provisión universal requiere mecanismos distributivos de una complejidad sin precedentes.    Los mercados, pese a sus distorsiones, conservan capacidad de adaptación; las alternativas, en cambio, suelen ser percibidas como propensas a la ineficiencia o a la coerción.

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Los planteamientos culturales señalan el riesgo de homogeneización.    Incluso bajo protecciones formales, los sistemas de alcance global pueden ejercer presiones sutiles hacia la uniformidad, debilitando especificidades lingüísticas y culturales sin necesidad de imposición explícita.

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Las objeciones psicológicas subrayan los límites de la contención.    La cooperación a escala planetaria presupone capacidades de empatía y autocontrol que no siempre se sostienen en ausencia de incentivos claros o de mecanismos de cumplimiento.

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La memoria histórica refuerza el escepticismo.    Proyectos de integración previos han dado lugar, en numerosos casos, a procesos de fragmentación.    Un marco planetario podría generar resistencia precisamente en razón de su amplitud.

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Consideradas en conjunto, estas objeciones configuran un campo denso de restricciones —psicológicas, culturales, geopolíticas, organizativas e históricas— que complica cualquier transición hacia formas de organización planetaria.

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Una resolución que resulte creíble requiere la incorporación de estos contraargumentos, no su desestimación.    La coherencia planetaria no puede construirse allí donde el acuerdo es más sencillo, sino allí donde la resistencia es mayor.

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El primer elemento adopta una forma arquitectónica.    La gobernanza debe ser estratificada, no monolítica.    La autoridad global queda limitada a ámbitos acotados de vulnerabilidad compartida, mientras que los Estados conservan su autonomía interna.    Los límites jurídicos, la transparencia y la representación distribuida actúan como restricciones frente a la concentración del poder.

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El segundo elemento concierne al bienestar.    La provisión universal establece una base estructural financiada mediante gravámenes globales y sistemas nacionales coordinados.    Los mercados operan por encima de ese umbral; los bienes esenciales quedan resguardados de la volatilidad.

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El tercer elemento se refiere a la identidad.    La ciudadanía planetaria funciona como una afiliación complementaria, no como un reemplazo.    La educación y los medios de comunicación fomentan la conciencia de sistemas ecológicos y tecnológicos compartidos sin eliminar la distinción cultural.

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El cuarto elemento atañe al poder.    Las instituciones se distribuyen por funciones y quedan protegidas mediante rotación en los liderazgos, mecanismos de supervisión independiente y transparencia digital.    La autoridad permanece limitada, visible y divisible.

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El quinto elemento concierne al ritmo.    La transición se desarrolla a través de disposiciones intermedias:    pactos climáticos exigibles, marcos estandarizados de gobernanza digital, protocolos sanitarios ante pandemias y uniones regionales que experimentan con formas de bienestar transfronterizo.

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A través de estas disposiciones, la soberanía se vuelve estratificada, el bienestar adquiere carácter fundacional, la identidad se articula de forma dual y la gobernanza se ajusta a la escala de la vulnerabilidad.

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Lo que emerge no es un diseño utópico, sino un desplazamiento navegable desde la fragmentación hacia la coherencia:    un trayecto mediante el cual la organización se vuelve posible.


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EPÍLOGO

Este ensayo fue escrito desde una condición de reconocimiento, no desde una expectativa de resultados.    Observó la emergencia de la interdependencia planetaria como un estado de hecho —ambiental, tecnológico y económico— sin asumir que el reconocimiento, por sí solo, conduciría a la coordinación, a la contención o a una acción compartida.    La propuesta se apoyaba en la visibilidad de la escala, no en la presunción de una respuesta.

Lo que con el tiempo se ha vuelto más claro no es que la condición planetaria haya sido mal leída, sino que sus implicaciones fueron sobreestimadas.   La interdependencia no suspende los hábitos políticos.    La exposición global no disuelve el cálculo nacional.    La existencia de un riesgo compartido no neutraliza la desconfianza ni desplaza la lógica mediante la cual los Estados preservan su autonomía a través del aplazamiento, el aislamiento o la participación selectiva.

La ausencia que hoy se hace evidente no es empírica, sino estructural.   Una condición planetaria puede ser reconocida mientras la responsabilidad permanece local, fragmentada o diferida.    Los sistemas se adaptan a la crisis sin reorientar sus prioridades.    La cooperación se vuelve condicional, provisional o transaccional, más que vinculante.    Lo que persiste es el ajuste, no la alineación.

Esto no invalida el marco planetario; aclara sus límites.    El mundo no avanza hacia la coherencia por el reconocimiento tan sólo.    Avanza mediante negociación, repliegue, recalibración y autoprotección —a menudo de forma simultánea.    El equilibrio, cuando aparece, no es diseñado; se alcanza de manera desigual, a través de la restricción más que del consenso.

Vista desde este ángulo, « Una propuesta planetaria » registra un momento de claridad antes que un programa.    Señala el punto en el que la exposición global se volvió innegable, sin presuponer que tal exposición produciría una forma correspondiente de acción.    Lo que sigue en los ensayos posteriores no prolonga esa propuesta.    Estrecha el foco y atiende, en cambio, a las condiciones bajo las cuales el reconocimiento se estanca, la agencia se fragmenta y el ajuste sustituye a la resolución.


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