« El vínculo primario »


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Ricardo Morin
Still Forty-three
Oil on linen
14″ x 18″ x 3/4″
2012

Para quienes saben que la palabra más tajante no puede sustituir el simple acto de responder con ternura.


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Ricardo Morin —13 de agosto de 2025— Bala Cynwyd, Pensilvania

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La ternura —una apertura deliberada que busca el bienestar del otro mediante un simple gesto de acogida, la delicadeza y el respeto— no se sitúa en simple oposición a la agresión, entendida aquí como la afirmación enérgica de la propia voluntad de un modo capaz de herir, coartar o dominar. Ambas pueden existir sin la otra, y sin embargo a menudo se encuentran en un mismo instante, alterando la naturaleza de un conflicto o suavizando su intransigencia.

En un mundo habitado por el resentimiento y el temor a sufrir —sentimientos que pueden ser tan reales como exagerados— la ternura surge no como una negación, sino como una modulación de esas mismas fuerzas, como cuando una discusión acalorada se interrumpe porque una de las personas, de manera instintiva, ofrece una silla a la otra; como en incontables momentos, tanto ordinarios como profundos, en los que la atención y el daño se cruzan.

Allí donde la causalidad pretende imponerse como medida de las emociones humanas, lo que en realidad se manifiesta son preferencias y condicionamientos: hábitos de respuesta que alternan entre la atracción delicada que calma y el impulso que hiere. Como cuando dos adversarios, tras una discusión encendida, bajan la voz para escucharse mejor —un ajuste que atenúa la hostilidad sin borrarla.

La ternura, entonces, no es la ausencia de agresión, sino un espejo que revela el tejido en el que ambas se hallan unidas desde un mismo origen. Puede verse cuando una enfermera agotada, después de un turno interminable, todavía se toma el tiempo de acomodar la manta de un paciente. El gesto es pequeño, pero surge del mismo terreno humano en el que la impaciencia y el cansancio podrían fácilmente inclinarse hacia la aspereza.

Como señuelo, la ternura encierra una ambigüedad que la hace tan irresistible como desconcertante. Su aparente fragilidad desarma sin violencia, obligando a la agresión a contemplarse en un reflejo inesperado: un gesto suave que interrumpe el impulso de dañar y lo deja sin sustento.

No es una estratagema calculada, sino una atracción natural que apela a recuerdos anteriores a la desconfianza, cuando el contacto era una necesidad y no una amenaza. Como cuando, tras años de silencio y ofensa, un hijo acude a cuidar a su padre enfermo. El resentimiento persiste, pero en ese acto de asistencia late la misma raíz que antaño sostuvo la cercanía.

En ese instante suspendido, la locura se suaviza, el miedo se disuelve, y lo que parecía un terreno de conflicto se convierte en un pasaje incierto pero abierto al alivio. En gestos así, la ternura no borra el conflicto, pero muestra cómo, incluso en medio de él, algo más antiguo y profundo sigue uniéndonos. Lo presencié una vez en el metro de Nueva York. Un hombre, molesto por la petición de ayuda de un desconocido con discapacidad, desvió su mirada airada hacia mí al cruzarse con la mía, firme. Se acercó como si fuera a golpearme, acercando su rostro al mío. Cerré los ojos y relajé el gesto. Privado de la mirada que había alimentado su agresión, dio un paso atrás —aún incómodo, pero sin seguir avanzando. Me alejé, el momento ya pasado, marcado por la forma en que un gesto mínimo puede aquietar el arco de una confrontación.

Allí se encuentra un vínculo primario que nos ata a la fuente de la vida, donde la ternura y la agresión no son polos aislados, sino expresiones del mismo tejido humano, como cuando una hermana, en una conversación tensa, le dice a su hermano mayor que aprendió de él su propia actitud combativa. Él se irrita ante la afirmación, pero ambos saben que han llevado consigo esa misma dureza durante años y que ninguno puede culpar del todo al otro. El reconocimiento no trae una reconciliación fácil, pero acorta la distancia entre ellos.

Desde el primer vínculo, el cuerpo aprende a reconocer las señales más mínimas: el calor que acoge, la presión que amenaza, el pulso que se acelera o se calma. Como cuando, en medio de una batalla, un soldado ofrece agua al prisionero que instantes antes era su enemigo. Allí, antes de que existan las palabras, se forman los hábitos que luego llamamos preferencias o temores. Por eso la ternura puede ceder paso a la agresión sin imponer derrota; la expone a un reconocimiento involuntario, devolviéndole la memoria de su propia raíz. Y en ese reconocimiento, incluso el impulso más hostil encuentra, aunque sea por un momento, su desarme.

La ternura no elimina el conflicto ni borra sus causas, pero cambia su rumbo: abre un momento en el que la certeza de la herida deja paso a la posibilidad del esmero afectivo. No es una cura para todo, pero en su sencilla forma de llamar y ser escuchada, revela que incluso la agresión más firme necesita ser reconocida. Y en ese reconocimiento, ambas —ternura y agresión— muestran que brotan del mismo lugar humano.

La presencia de la ternura en nuestros intercambios no es sólo una virtud privada, sino también una necesidad cívica, pues sostiene la confianza y el reconocimiento sin los cuales las comunidades se fracturan y no pueden perdurar.

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Bibliografía anotada:

  • Fromm, Erich: El arte de amar. Barcelona: Paidós, 2006. (Erich Fromm examina la naturaleza del amor como acto de voluntad y compromiso, distinguiendo la ternura como expresión madura frente a formas inmaduras de afecto.)
  • Gilligan, Carol: La moral y la teoría: Psicología del desarrollo femenino. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1993. (Carol Gilligan propone una ética del gsto de atención afectiva que coloca la empatía y la ternura en el centro de las relaciones humanas, en contraste con modelos basados en la justicia abstracta.)
  • Keltner, Dacher: Nacidos para ser buenos: La ciencia de una vida significativa. Barcelona: Urano, 2010. (Dacher Keltner explora la base evolutiva y neurobiológica de las emociones prosociales, incluida la ternura, como fuerzas que moldean la cooperación y la cohesión social.)
  • Nussbaum, Martha C.: Las fronteras de la justicia: Consideraciones sobre la exclusión social. Barcelona: Paidós, 2007. (Martha Nussbaum vincula la compasión y la ternura con el reconocimiento de la dignidad humana, subrayando su papel en la superación de la agresión estructural y la marginación.)

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