« Una Herida que supura »


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Líderes y jefes de las 21 Primeras Naciones signatarias del Tratado Robinson Huron en el anuncio del 17 de junio de 2023 sobre el acuerdo propuesto. De pie a la izquierda: Gimaa Craig Nootchtai (Atikameksheng Anishinawbek); en el centro: Gimaa Dean Sayers. Fotografía de Jenny Lamothe. Cortesía de SooToday / Anishinabek News.

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Introducción

El anuncio del acuerdo del Tratado de Robinson Huron de 2023—captado en una imagen ampliamente difundida de líderes y ancianos reunidos en solidaridad—marca un momento de continuidad en la gobernanza indígena que en su día fue silenciada por el desplazamiento colonial. No escribo como miembro de estas comunidades, ni como ciudadano canadiense, sino como un observador que se apoya en testimonios y en la evidencia documentada. Bajo la serenidad natural de Parry Sound late una herida profundizada por el abandono continuado, una herida que requiere no sólo reconocimiento, sino un cambio estructural.

Los 94 Llamados a la Acción de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, emitidos en 2015, delinearon un plan integral en materia de justicia, salud y educación. Casi una década después, el Instituto Yellowhead informa que sólo se han completado 13 de los 94—y ninguno en 2023. Esta inacción revela la brecha entre el compromiso y la ejecución, mostrando que la reconciliación sigue siendo más retórica que estructural.

Es revelador que las tensiones entre las tribus de las Primeras Naciones y las instituciones canadienses pongan de manifiesto cómo un país que celebra la diversidad cultural puede seguir en conflicto con sus pueblos originarios.


Por Ricardo Morin, 6 de agosto de 2025; Isla Isabella, Parry Sound, Ontario, Canadá

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Resumen

Este ensayo examina el legado perdurable de la violencia colonial contra las comunidades indígenas del norte de Ontario, con énfasis en el encarcelamiento y su desproporcionado impacto sobre las mujeres indígenas. Basándose en el testimonio de un especialista en justicia juvenil y en la historia jurídica canadiense reciente, muestra cómo la ley y la política siguen enmascarando los orígenes del daño y perpetuando ciclos de trauma. Al rehusar tomar en cuenta el contexto histórico, el sistema de justicia convierte la neutralidad en complicidad. La sanación, por tanto, exige no sólo resiliencia, sino un cambio político. Bajo la quieta belleza de Parry Sound yace una herida sin tratar—visible en estadísticas, silencios y vidas truncadas. Los encuentros en torno a tratados contemporáneos y las imágenes de solidaridad dan testimonio tanto de la continuidad histórica como de la fuerza emergente de un resurgimiento jurídico indígena.

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« Una herida que supura »

La barca atraviesa las aguas tranquilas de Parry Sound en dirección sur hacia la Isla Isabella. La belleza circundante—pinos densos, formaciones rocosas dispersas y cielo abierto—contrasta con lo que mi primo Marc revela al desembarcar: que bajo este apacible paisaje del norte de Ontario persiste una historia de abuso, borramiento y abandono sistémico. Marc, especialista veterano en justicia juvenil en el sistema legal de Ontario, ha pasado más de treinta años asesorando a departamentos de policía y a tribunales en causas contra menores. Su experiencia abarca casi todos los casos de homicidio juvenil en la provincia, pero sus observaciones más dolorosas, dice, no provienen de lo que la ley contempla, sino de lo que omite.

Esta omisión no es accidental. Los pueblos originarios de esta región—los Anishinaabeg, incluidos los Ojibway, Odawa y Potawatomi—han vivido durante generaciones bajo políticas que transformaron la violencia colonial en negligencia institucional. Las escuelas residenciales, administradas principalmente por iglesias y avaladas por el gobierno canadiense, buscaban asimilar a los niños indígenas separándolos por la fuerza de sus familias y de su cultura. El abuso físico y sexual, la desnutrición y el trauma psicológico fueron generalizados. La Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá, que publicó su informe final en 2015, calificó este sistema como “genocidio cultural”. Sin embargo, pese al reconocimiento oficial, su legado sigue incrustado en la aplicación de la ley, la educación, la vivienda y el encarcelamiento.

Como relata Marc, los efectos actuales no son meros vestigios: son acumulativos. Las comunidades indígenas del distrito de Parry Sound, explica, suelen ser objeto de hostigamiento racista abierto. Menciona casos en que personas indígenas han sido secuestradas por residentes blancos, llevadas a kilómetros de sus comunidades y abandonadas en pleno invierno—semidesnudas, humilladas y en peligro físico; algunas murieron. Estas historias no son excepcionales. Se transmiten en silencio, en la desconfianza, en patrones de desaparición y criminalización. “La depresión y los delitos menores”, continúa Marc, “llevan a los jóvenes indígenas a prisión. Pero son las mujeres indígenas quienes más sufren.”

Hoy, cerca del 70 por ciento de la población femenina encarcelada en Ontario es indígena—una cifra que desafía toda proporcionalidad y exige un escrutinio moral. La cifra equivalente para los hombres es del 20 por ciento, ya de por sí alarmante. ¿Qué explica la extrema sobrerrepresentación de las mujeres indígenas? Los datos apuntan a una convergencia de factores de riesgo: trauma intergeneracional, pobreza, falta de acceso a la atención sanitaria, educación interrumpida y sesgo policial sistémico. Las mujeres indígenas son también las víctimas más frecuentes de violencia doméstica y sexual, a menudo desprotegidas por un sistema de justicia que ignora su vulnerabilidad hasta criminalizar su supervivencia. Es mucho más probable que sean encarceladas por delitos vinculados al trauma—consumo de sustancias, hurtos menores o incumplimiento de medidas cautelares. En estos casos, el encarcelamiento sustituye al cuidado; el silencio sustituye a la rendición de cuentas.

Los marcos legales no reconocen esta cadena de causas. Donde el sistema judicial reclama imparcialidad, con frecuencia actúa como mecanismo de amnesia histórica. La neutralidad política se convierte en indiferencia moral. La sala de audiencias habla en términos de culpabilidad individual, separada del contexto social. Lo que la justicia omite es precisamente lo que la historia insiste en mostrar: que una herida no tratada no cicatriza, sino que se profundiza.

La resistencia no ha estado ausente. Las Primeras Naciones locales se han organizado para reclamar derechos territoriales, restaurar lenguas y establecer servicios de salud basados en el conocimiento tradicional. Movimientos como Idle No More y el trabajo de líderes como Cindy Blackstock y Tanya Talaga han elevado la conciencia nacional. Sin embargo, la maquinaria de reparación avanza con lentitud. Se redactan informes, se emiten disculpas, se concluyen comisiones. Entretanto, las comunidades siguen sin recursos, la juventud sigue siendo vulnerable y las mujeres continúan desapareciendo—unas veces en instituciones, otras veces en la penumbra del silencio.

Este ensayo no acusa a un solo actor. Pretende iluminar lo que las instituciones suelen dejar de ver: que el daño no es sólo histórico, sino estructural; que la sanación no es sólo personal, sino política; y que la justicia, sin historia, corre el riesgo de convertirse en una representación vacía.

Las aguas de Parry Sound parecen pacíficas, pero ocultan la contradicción de una nación que promete reconciliación mientras la deja inconclusa. Entre 2015 y 2023, sólo 13 de los 94 Llamados a la Acción de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación fueron implementados—ninguno en el último año. Tal inacción no borra los testimonios; los amplifica. No puedo pretender hablar por las Primeras Naciones, pero sí dar testimonio del registro, de las palabras de quienes viven estas realidades y del silencio que persiste cuando las promesas no se cumplen. La sanación requiere más que reconocimiento; requiere responsabilidad y el cambio estructural que las voces indígenas han reclamado durante tanto tiempo. El papel de un observador externo, si tiene alguna legitimidad, no es prescribir, sino escuchar, aprender y visibilizar lo que ya está siendo dicho.

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Apéndice: Fuentes y datos de seguimiento

  • Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá, Informe Final: Volumen 5: El Legado. Montreal y Kingston: McGill-Queen’s University Press, 2015. (Incluye 94 Llamados a la Acción en los ámbitos de la justicia, la educación, la salud, etc.).

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Notas al pie

[1]. Office of the Correctional Investigator, “Annual Report, 2020–2021.” Ottawa: Office of the Correctional Investigator, 2021. (Este informe documenta que las mujeres indígenas representan más del 50 % de las mujeres encarceladas a nivel federal en Canadá. Contrasta este alarmante aumento con el encarcelamiento de hombres indígenas, que sigue siendo alto pero menos acelerado.)

[2]. Truth and Reconciliation Commission of Canada, Final Report, Volume 5: The Legacy. Montreal y Kingston: McGill‑Queen’s University Press, 2015. (Este volumen establece una continuidad histórica entre el trauma de las escuelas residenciales y las inequidades legales actuales. A partir de testimonios de sobrevivientes, detalla la remoción sistemática de niños, la supresión cultural y los efectos psicológicos intergeneracionales.)

[3]. Statistics Canada, “Women in Canada: A Gender‑based Statistical Report.” Ottawa: Government of Canada, 2020. (Este informe estadístico resalta las tendencias de encarcelamiento específicas por género, enfatizando la sobrerrepresentación de mujeres indígenas en prisión, a menudo por infracciones administrativas o no violentas.)

[4]. Public Safety Canada, “Risk Assessment and Indigenous Offenders.” Ottawa: Government of Canada, 2016. (Este informe gubernamental examina cómo las herramientas estándar de evaluación de riesgo asignan niveles de seguridad más altos a las personas indígenas, especialmente a las mujeres, debido a factores vinculados al trauma interpretados erróneamente como criminógenos.)

[5]. Parliamentary Budget Officer, “Costing Restorative Justice Programs.” Ottawa: Office of the Parliamentary Budget Officer, 2020. (Este estudio señala la disparidad en financiación y acceso a programas de justicia restaurativa, mostrando cómo las mujeres indígenas reciben menos opciones de desvío que los hombres o la juventud, reflejo de una negligencia sistémica.)

[6]. Department of Justice Canada, “Indigenous Overrepresentation in the Criminal Justice System.” Ottawa: Government of Canada, 2018. (Este informe proporciona datos estadísticos sobre la detención previa al juicio, la denegación de fianza y los resultados de las sentencias, subrayando causas administrativas de la sobrerrepresentación indígena en prisión, particularmente entre mujeres.)

[7]. Talaga, Tanya. Seven Fallen Feathers: Racism, Death, and Hard Truths in a Northern City. Toronto: House of Anansi Press, 2017. (A través de la investigación de las muertes de siete jóvenes indígenas en Thunder Bay, este libro expone un patrón de fracaso institucional y racismo sistémico dentro de la policía, la educación y el sistema de justicia canadiense.)

[8]. Idle No More, “About the Movement.” Saskatoon: Idle No More, 2012–presente. https://idlenomore.ca/about-the-movement/. (Esta página web oficial traza los orígenes, objetivos y actividades del movimiento Idle No More, surgido en defensa de la soberanía indígena y el medioambiente. Destaca el papel central de las mujeres indígenas en la movilización y educación pública.)

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