« La Mujer de la Tienda de Cristal »

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Foto de Catarina (Kitty) O’Bryan-Erlacher por Ricardo Morin. Kitty sostiene el libro “Steuben Glass: An American Tradition in Crystal” de Mary Jean Madigan—edición revisada y ampliada.

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Para Kitty O’Bryan-Erlacher, cuya amabilidad innata, lucidez profunda y agudeza entrañable convirtieron un instante fugaz en un regalo duradero.

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Ricardo Morin — Corning, Nueva York, agosto de 2025

De camino a la boda de nuestra prima Shayna con Johnny, hicimos una parada en Corning, Nueva York, y dedicamos unas horas sin prisa a recorrer las tiendas de West Market Street. El cielo tenía la quietud opaca de un lunes ajeno al apuro. En una esquina tranquila nos encontramos con la tienda Erlacher Steuben Glass, un espacio bañado en una luz propia y delicada.

Allí hallamos lo que acabaría siendo el regalo de bodas: un plato redondo de cristal titulado Vesta Plate (1993), obra de Peter Drobny (nacido en 1958). Estaba expuesto con una sencillez elegante, como una pieza de museo que espera sin urgencia a ser comprendida. Junto a él, dos jarrones de cristal —uno ultramarino translúcido, el otro de un lavanda opaco e intenso— se alzaban con una belleza decidida. No dudamos en llevarnos también esas dos piezas.

Supimos entonces que la tienda había sido fundada en 1960. Hoy está al cuidado de Catarina (“Kitty”) O’Brian-Erlacher, nacida en 1938, una mujer de 87 años con un encanto sereno, aguda inteligencia y una templanza que no necesita alardes. Su esposo, el Sr. Roland (Max) Erlacher (nacido en 1933, Viena y fallecido en 2022, Corning), había llegado de Viena en 1957 para trabajar en Steuben Glass (fundado en 1903 por Frederick Carder). Allí, en Corning, conoció a Kitty. Su historia de amor y oficio se convirtió también en la historia de la tienda—una historia de belleza, artesanía y una custodia constante del vidrio como objeto y como arte.

Al acercarme a Kitty por primera vez, pensé que era una clienta más. Empezamos a hablar con soltura, sin ninguna expectativa. El arte nos llevó a la astrología; y de ahí, a la numerología. Fue una de esas conversaciones que parecen frenar el tiempo —hasta que David, mi esposo, interrumpió insinuando que quizás yo estaba hablando demasiado. Lo tomé con humor y lo llamé “el jefe”. Kitty, sonriendo, comentó: “Eres muy inteligente.” Respondí: “Deberíamos aspirar a ser más inteligentes aún”, y devolví el cumplido. Ella lo rehusó con una elegancia discreta.

Resultó que el importe de nuestras tres piezas, según palabras de Kitty, “cubriría las necesidades de la tienda durante todo el mes de agosto.” Esa pequeña confesión hizo que el encuentro cobrara, de pronto, un peso inesperado. El embalaje de las piezas —especialmente del Vesta Plate— fue complicado. El plato, de grandes dimensiones, no cabía en ninguna de las cajas disponibles. Por intuición, me ofrecí a ayudar y rearmé una de sus cajas para que encajara a la perfección. Kitty, observando entre risas y asombro, lo calificó de brillante.

Sacó entonces un libro de referencia sobre la obra de su esposo. El entusiasmo de sus diseños, herederos del Art Nouveau, parecía llenar el lugar de una energía viva. Pero al hablar de él, las palabras la abandonaron. Se le humedecieron los ojos, y apenas pudo decir: “Fue el hombre más bondadoso.” Yo me quedé en silencio, sosteniendo su mirada con una pausa larga y cómplice—más dispuesto a reconfortarla que a invitar al duelo.

Cuando finalmente nos despedimos, me demoré un instante más en el vaivén callado del adiós. Y al cruzar el umbral, bajando un poco la voz, me giré y le dije:

—Dios la bendiga, estimada señora.

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