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Nota preliminar
La imagen que abre este ensayo fue tomada dentro del Templo Masónico de Filadelfia, una estructura concebida por el arquitecto John Mary Gibson y el diseñador de interiores George Herzog como un santuario cívico de orden simbólico. A lo largo de uno de sus grandes salones, la frase en latín fide et fiducia —“por fe y confianza”— aparece inscrita en oro, presidiendo muros con patrones, simetría abovedada y espacio ritual.
Estas inscripciones, incrustadas en el diseño de las instituciones, no son accidentales. Destilan una cosmovisión en lemas, gestos y emblemas, invitando a creer sin cuestionamientos. En esta arquitectura de convicción, los ideales de confianza, honor y fidelidad se codifican mediante la repetición y la reverencia. El entorno físico se convierte en un modelo moral.
Este ensayo explora la persistencia de tales formas: cómo se cultiva la pertenencia a través del ritual, cómo se practica la virtud mediante la alineación y cómo, en la vida moderna, la estética de la tradición puede oscurecer la labor del pensamiento. La fotografía no se explica por sí sola, pero sus símbolos permanecen presentes, inmóviles, persistentes y abiertos a la interpretación.
El ritual de pertenencia
La virtud colectiva suele operar sin ser cuestionada. Cuando se introducen símbolos —banderas, lemas, saludos— los valores adquieren la forma de fórmulas: repetibles, ceremoniales, inexploradas. La pertenencia prevalece sobre la comprensión. Dentro de estas estructuras, la frontera entre lealtad y obediencia se difumina, y los sistemas de representación moral terminan por sustituir al razonamiento moral.
El esquema es reconocible. Las organizaciones basadas en la tradición —sean cívicas, fraternales o políticas— adoptan posturas de unidad y disciplina, fomentando un sentido de propósito común al tiempo que desincentivan la disensión interna. Los rituales no acogen la contradicción. En muchos de estos espacios, la afirmación se convierte en una forma de sublimación, y el ritual, en sustituto del pensamiento.
Este patrón cultural antecede a la política contemporánea. Su persistencia no depende de una ideología específica, sino de la disposición a cambiar la reflexión por consuelo. Cuando la creencia se hereda a través del acto repetido, y no del entendimiento, se transforma en superstición. El lenguaje permanece elevado —deber, servicio, honor— pero el contenido se va vaciando. Con el tiempo, lo que se repite es lo que se venera, y lo que se venera se vuelve intocable.
En tales condiciones, las figuras autoritarias no necesitan imponer la sumisión; basta con que imiten los rituales de pertenencia. El auge del trumpismo hizo que esta arquitectura resultara inconfundible. Armasó la afirmación, convirtió la representación en principio y recodificó la pertenencia como exclusión. Sus consignas han prosperado gracias al rechazo; sus verdades, gracias al aplauso. Pero lo que emergió no es solo un movimiento político, sino una plantilla ritual: altamente transferible, guiada por la emoción e indiferente, en lo estructural, a la verdad. Esa plantilla resuena hoy mucho más allá de la política, infiltrándose en la forma en que se filtra la realidad misma, incluso mediante la inteligencia artificial. Entrenados con un lenguaje cargado de emoción polarizada y certeza viral, los sistemas de IA están aprendiendo a imitar un mundo modelado por el fervor, no por la reflexión. Las mismas fuerzas que vacían el discurso en los ámbitos humanos—la velocidad, el espectáculo, la certeza—ahora moldean el espejo que nos devuelve la máquina. En ese bucle de retroalimentación, se refuerzan las estéticas de la creencia mientras se erosionan las condiciones para el matiz.
La identidad se ofrece como redención. El individuo queda absorbido en un relato colectivo que le asigna un sentido predefinido y un enemigo designado. El aplauso sirve de prueba. El eslogan reemplaza al argumento. La convicción ocupa el lugar de la claridad. Los movimientos políticos, que alguna vez nacieron de ideas, reproducen ahora la arquitectura emocional de clubes, cofradías o congregaciones.
Pocos advierten el giro mientras ocurre. La coherencia emocional se confunde con la verdad. La disidencia suena a traición. La invocación de la tradición parece más confiable que la interrupción de la duda. La repetición tranquiliza. El símbolo infunde seguridad. En este ambiente, los hechos son menos persuasivos que las sensaciones familiares.
No se trata únicamente de ignorancia. Es el resultado de hábitos culturales que desconfían de la ambigüedad. En muchos entornos, la incertidumbre se percibe como debilidad. Preguntar se interpreta como deslealtad. El espacio para la vacilación moral —donde podría emerger una verdadera claridad ética— es suprimido con sigilio.
El autoritarismo no comienza con la violencia. Comienza con el ritual. Su fuerza reside no en la coacción, sino en la coreografía emocional: el gesto adecuado en el momento preciso, el tono ensayado de la certeza, la recompensa de la aprobación. Se disfraza de herencia para avanzar como control. En sus primeras formas, se confunde fácilmente con patriotismo, con tradición, con orgullo.
Una resistencia genuina no puede fundarse en contraeslóganes ni en gritos más fuertes. Debe iniciarse con la recuperación de la dificultad: con la negativa a aceptar que pertenecer es más importante que comprender. La reflexión debe interrumpir el ritual. La duda debe romper la repetición. El objetivo no es reemplazar una serie de creencias inexploradas por otra, sino ralentizar la maquinaria el tiempo suficiente para recordar cómo suena el pensamiento cuando no es una mera representación.
Ningún movimiento cimentado en la coreografía emocional resiste por mucho tiempo una atención honesta. Se alimenta del reflejo, no del reconocimiento. Y cuando los símbolos pierden su hechizo—cuando el aplauso deja de ser argumento; entonces, la claridad exiliada durante tanto tiempo regresa. No en el silencio, sino con el peso de la atención.
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Ricardo F. Morin, Bala Cynwyd, Pa., July 16, 2025
Bibliografía anotada
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Tags: arquitectura, autoritarismo, conformismo, espectáculo, estética ideológica, identidad colectiva, lealtad performativa, lenguaje simbólico, pensamiento crítico, poder institucional, psicología política, ritual, simbolismo, sistemas de creencias, trumpismo

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