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56 x 76 cm Acuarela, carboncillo, óleo, corrector líquido y tinta sobre papel
2006
Existe un umbral más allá del cual el sufrimiento deja de ser resistencia y se convierte en otra cosa—algo crudo, incomunicable. No es simplemente una cuestión de dolor, ni siquiera de desesperación, sino una merma silenciosa en la que el ser se encuentra al borde de su propia disolución. Pero, ¿cómo se define ese límite?
Es tentador creer que el sufrimiento tiene un propósito, que puede transmutarse en sabiduría o resiliencia. Esta creencia nos sostiene en sus primeras etapas. Soportamos en nombre de su significado, con la esperanza de que el sufrimiento refine en lugar de aniquilar. Sin embargo, llega un punto en que el sufrimiento se convierte en una fuerza en sí misma, desligada de toda justificación. Ya no instruye ni dignifica—únicamente persiste.
El problema del sufrimiento no es cuánto se puede soportar, sino cuánto debe revelarse. El silencio a menudo protege tanto al que sufre como al que escucha. Hay dolores demasiado íntimos, demasiado profundos como para traducirlos en palabras sin convertirlos en espectáculo. Exponer el sufrimiento en su totalidad corre el riesgo de despojarlo de su dignidad, de transformarlo en algo irreconocible. Y, sin embargo, ocultarlo por completo puede generar su propio tipo de exilio, una soledad donde el dolor se enquista en la sombra.
Algunos intentan navegar esta tensión ofreciendo fragmentos—lo suficiente para reconocer la existencia del sufrimiento sin invitar a la intromisión. Otros prefieren el silencio absoluto. No es cobardía, sino una última afirmación de control, un rechazo a ser definido por el dolor. Imponer al que sufre la expectativa de compartir su aflicción es no comprender la naturaleza de su carga. La gravedad del sufrimiento no reside únicamente en la experiencia en sí, sino en la imposibilidad de hacerla comprender.
Vivimos bajo la ilusión de que la mente y el cuerpo resistirán, de que la capacidad de aguante es infinita. Pero el sufrimiento nos recuerda lo contrario. Hay un punto de quiebre, ya sea visible o silencioso, súbito o prolongado. No es el mismo para todos. Algunos resisten más que otros—no por una mayor fortaleza, sino por una alquimia diferente de circunstancias, temperamento y azar. Lo único constante es que todos los límites, tarde o temprano, son alcanzados.
No hay una sola forma de vivir con el sufrimiento. A veces, lo que alivia no es resistir, sino el acto callado de reconocerse con compasión. Hablar, cuando se puede. Callar, cuando es necesario. En el espacio entre lo que no puede decirse y lo que debe asumirse, puede surgir una verdad sencilla: incluso la incertidumbre puede sostenernos, si la aceptamos con honestidad.
Y cuando esa liberación es imposible, cuando el sufrimiento se prolonga más allá de su propio límite, sólo queda el reconocimiento silencioso de su presencia—un peso que, tarde o temprano, debe disiparse o consumir lo que aún permanece.
Ricardo Federico Morín Tortolero
Marzo 14, 2025; Oakland Park, Florida
Tags: Aceptación, compartir el sufrimiento, condición humana, disolución del ser, introspección, liberación, muerte, Reflexión existencial, resiliencia, resiliencia mental, resistencia emocional, Silencio, Sufrimiento, umbral personal, Vulnerabilidad
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