« El encanto de Amalfi: un viaje a través de la historia »

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Un paisaje sin título
22″ x 30″
Acuarelas, carboncillo, óleo, corrector y tinta sobre papel.
2006

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Prólogo

Esto no es un relato histórico, sino una invención—honesta y emotiva, un ensueño tejido en los pliegues barrocos de la prosa poética.      No es un manifiesto lógico, sino una invocación sensual de un lugar que ha obsesionado mi imaginación.

Ricardo F. Morín Tortolero,

10 de febrero, 2025, Oakland Park, Florida


Ulises la conoció como la tierra de las sirenas, un lugar que, durante la Edad Media, se alzaría hasta convertirse en un gran imperio marítimo.      Resguardado al pie del imponente monte Cerreto, el Ducado de Amalfi halló aquí refugio, como envuelto en el abrazo de un crisálida de musas ancestrales.

La tragedia de La duquesa de Malfi de John Webster, el realismo de Henrik Ibsen y el Gesamtkunstwerk del tantas veces vilipendiado Richard Wagner han resonado en el destino de esta legendaria cariátide del placer, encaramada sobre el Golfo de Salerno.     Entre los acantilados, la danza atronadora de montañas en cascada se despliega con magnificencia; parecen moverse al ritmo de la mariposa Podalirio para evocarnos las menos venerables Cruzadas, claustros y monasterios de tiempos pretéritos.      Las montañas y los farallones exhalan aún el residuo de una metamorfosis bárbara, esculpida por innumerables civilizaciones.      Y, sin embargo, hoy nuestra mirada inquieta traza el génesis del pasado mientras descubre la seductora fragancia de la dolce vita.

Tallado en un promontorio al borde de un precipicio, entre las localidades de Cetara y Vietri—célebres por sus anchoas en aceite y sus cerámicas multicolores—se alza nuestro magnífico hotel, el Cetus. En la cacofonía cromática del arco iris y sus afloramientos rocosos, la brújula eterna guía las regatas de remo que zigzaguean a lo largo del litoral, navegando de sur a noroeste, desde el Tirreno hasta el Liguria.

A poca distancia, el río Canneto desciende a través del Valle de los Molinos, donde el susurro del viento transporta las baladas renacentistas escritas sobre el célebre papel de bambagina.     Como si remontáramos el tiempo, los fiordos se repliegan bajo un cielo radiante, acariciados por la delicada bruma de los vientos fríos.     Oímos el zumbido de las abejas e inhalamos el aroma punzante de los limones sfusato del Etna, mientras el limoncello libera su embriagadora esencia dorada.     Las entrañas de la península exhalan el sabor y la fragancia de sus frutos más cautivadores.

Tan intensa es la esencia de la República Amalfitana que parece sembrar lava en las aguas turquesas y en los acantilados que durante siglos la han protegido del derrumbe.     Cantamos la Falalella bajo la neblina crepuscular y flotamos sobre el litoral centelleante de Salerno, Positano y Ravello, suavemente bañados por una llovizna fresca.      Con el vaivén de la vida, las nubes carmesí se miran en el espejo de las aguas inmóviles y proyectan su fulgor sobre la azulada bahía de Salerno.

Amalfi, joya de Salerno, está enmarcada por la región de Campania, donde los majestuosos santuarios de Herculano y Paestum se alzan con solemnidad para saludarnos.     Y de entre las cenizas que tejieron tiempos míticos, las expediciones arqueológicas del siglo XVIII en Pompeya desenterraron, entre tantos hallazgos, antiguos frescos que representan el Ciclo de los Misterios Romanos, así como las conquistas de Alejandro Magno.

El tacto de manos ancestrales aún reverbera en nuestros sentidos.      Dulce es la visión bajo el sol primaveral, que salta de barranco en valle, y se mece de escalera en cascada hasta alcanzar el ancestral muelle.      Allí habíamos anclado, cerca del embarcadero desde donde partieron las grandes galeras rumbo a tierras desconocidas.     Ellas, como mi amado y yo, se alejaron, dejando tras de sí la visión del paraíso de las sirenas.

Ricardo F. Morín, 7 de febrero de 2025, Oakland Park, Florida

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