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Resumen
Este ensayo examina la suposición de que los avances tecnológicos y científicos han producido una mejora universal en la vida humana. Aunque el discurso contemporáneo suele equiparar innovación con progreso, la distribución de sus beneficios sigue siendo profundamente asimétrica. El crecimiento tecnológico aumenta la capacidad, pero no corrige las inequidades estructurales presentes en los sistemas económicos modernos. Lo que parece un avance colectivo suele reflejar la consolidación de ventajas entre quienes ya estaban posicionados para recibirlas. Al distinguir capacidad de justicia y tendencias agregadas de condiciones reales, el ensayo sostiene que la idea de un mejoramiento histórico es menos una medida de dignidad compartida que una narrativa que oculta jerarquías persistentes.
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El argumento moderno del progreso se apoya en una premisa conocida: los avances tecnológicos y científicos han hecho que la vida actual sea mejor que en cualquier otro momento de la historia humana. Pensadores como Steven Pinker sostienen esta visión con confianza empírica—señalando el aumento de la esperanza de vida, la reducción de la mortalidad, las mejoras médicas y el incremento sostenido de la alfabetización global. Bajo este marco, la innovación y la expansión macroeconómica constituyen no solo evidencia del mejoramiento histórico, sino los motores que lo producen.
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Sin embargo, la estructura de este razonamiento es frágil. Equipara la capacidad técnica con el avance cívico y trata la expansión de herramientas como sinónimo de expansión de dignidad. Supone que los beneficios de la innovación se distribuyen de manera natural y uniforme. Sugiere que el progreso es una herencia compartida y no un resultado selectivo. Estas premisas aplanan las complejidades de la vida económica en una narrativa que oculta las asimetrías de las que dependen los sistemas contemporáneos.
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El registro histórico ofrece otra imagen. El crecimiento tecnológico ha aumentado de forma constante la eficiencia de la extracción, la velocidad de la acumulación y el alcance del poder centralizado. Ha amplificado la productividad sin alterar la jerarquía básica de la distribución. El conocimiento se expande, pero la arquitectura de la inequidad persiste. Lo que parece un avance colectivo suele ser una redistribución de ventajas hacia quienes ya estaban en posición de capturarlas. No es un fallo de la tecnología; es la continuidad de una lógica primitiva incrustada en las estructuras económicas modernas.
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La promesa ilustrada—que la razón y la innovación elevarían la condición de todos—ha producido, en la práctica, una economía dual. Una parte se beneficia de la capacidad científica, las mejoras médicas y el acceso informativo. La otra experimenta precariedad, desposesión y vulnerabilidad estructural, aun viviendo bajo el mismo horizonte tecnológico. El progreso, en este sentido, no es un hecho universal, sino una abstracción estadística. Describe promedios, no realidades vividas. Trata la media como medida de lo moral.
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Algunos defienden la concentración de poder argumentando que un gobernante virtuoso podría lograr lo que las instituciones plurales no pueden. Sin embargo, este argumento sustituye la estructura por el carácter. Si la justicia depende del azar de la benevolencia, deja de ser un principio y se convierte en una contingencia.
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Las narrativas macroeconómicas refuerzan esta ilusión. El aumento del PIB se interpreta como evidencia de ascenso colectivo, incluso cuando la riqueza se concentra en fracciones cada vez más estrechas. La producción globalizada se expande, pero sus beneficios se consolidan entre quienes tienen acceso al capital, a la infraestructura y a privilegios amortiguadores. La apariencia de mejoramiento colectivo oculta la asimetría interna: crecimiento para algunos, estancamiento o deterioro para muchos. La aritmética del progreso se convierte en una retórica de consuelo más que en un diagnóstico de la realidad social.
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Cuestionar este marco no implica negar los logros de la ciencia ni el valor del descubrimiento. Implica rechazar la confusión entre capacidad y justicia. Implica observar que nuestras herramientas han avanzado mientras nuestras instituciones han permanecido elementales—con frecuencia primitivas—en su distribución del poder y la oportunidad. La inequidad no está menos arraigada hoy que en épocas anteriores; simplemente ha sido racionalizada bajo el estandarte de la innovación.
8
Si emergen ecos de Thomas Paine en este argumento, no son intencionales. Surgen de una intuición compartida: los sistemas que se presentan como ilustrados pueden reproducir las mismas condiciones que afirman superar. Thomas Paine se enfrentó a la monarquía; nosotros enfrentamos la monarquía del capital, que se presenta como progresista mientras opera mediante concentración, asimetría y narrativas manufacturadas de mejoramiento.
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El desafío no es rechazar el avance tecnológico, sino evaluar sus consecuencias cívicas sin aceptar su mitología. El progreso existe, pero su distribución no es natural ni inevitable. Hasta que se reexaminen, en lugar de darlas por sentadas, las estructuras que distribuyen los beneficios, la afirmación de una mejora histórica funciona menos como un relato de justicia que como una historia que las sociedades se cuentan a sí mismas para evitar enfrentarse a la ausencia de la misma.
Tags: concentración de riqueza, desigualdad, estructuras económicas, ilusión del progreso, progreso, tecnología

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