… Poder, narración y el miedo a ser insignificante »
Por Ricardo Morín, julio de 2025

El estilobato de Zeus sumergido
CGI
2003
Resumen
Este ensayo examina la compulsión de la mente humana a inventar historias, no sólo para comprender la realidad, sino para reemplazarla. Explora cómo la narración se convierte en refugio frente al vacío, en una forma de autoconstrucción que busca tanto sentido como control. La tensión entre la observación racional y la proyección imaginativa no es un defecto del pensamiento humano, sino una pista de nuestra inestabilidad: inventamos para tener importancia, para pertenecer, y para afirmar que somos más de lo que tememos ser. En el fondo, se trata de una reflexión sobre la seductora autoridad del relato: cómo este ofrece no sólo identidad sino grandeza, no sólo consuelo sino una frágil ilusión de poder. Debajo de todo mito puede yacer el terror a la nada—y la callada esperanza de que la imaginación nos rescate del miedo a dejar de importar.
El delirio de la autoridad: poder, narración y el miedo a ser insignificante
Contamos historias para darle sentido a la vida. Eso parece evidente. Pero si miramos un poco más de cerca, podemos descubrir que las historias que contamos—sobre nosotros mismos, nuestras creencias, nuestras tradiciones, incluso nuestro sufrimiento—no son sólo intentos de entender. Son también expresiones de poder. No siempre poder sobre otros, sino algo más íntimo y a menudo más peligroso: el poder de sentirse central, seguro y superior en un mundo que rara vez ofrece tales garantías.
Esa necesidad se manifiesta en formas que suelen parecer nobles: tradición, lealtad, virtud, orgullo cultural, claridad espiritual. Pero detrás de muchas de estas manifestaciones se esconde el hambre de ser más de lo que somos. De importar más de lo que tememos que importamos. De corregir la sensación de que, por sí solos, no somos suficientes.
No nos gusta pensar en esto como una sed de poder. Suena egoísta. Pero en su forma más callada, no es egoísmo: es supervivencia. Es la necesidad de mirarse al espejo y ver a alguien real. De mirar el mundo y sentirse parte de una historia que signifique algo. Y cuando no sentimos eso, la inventamos.
A veces toma la forma de tradición: los rituales, los lemas, las banderas. Estas cosas nos dan la ilusión de formar parte de algo duradero, algo sagrado. Pero con frecuencia lo que ofrecen es una certeza prestada. Repetimos lo que otros han repetido antes, y en esa repetición nos sentimos a salvo. Confundimos el acto con la verdad. Así es como la pertenencia se convierte en obediencia—y cómo el ritual se convierte en una máscara que oculta la ausencia de pensamiento real.
A veces toma la forma de iluminación. Adoptamos el lenguaje de la claridad espiritual o del conocimiento místico. Hablamos en acertijos, o escuchamos a quienes lo hacen. Pero muchas veces esto también tiene que ver con autoridad: con la idea de que podemos saltarnos la duda y aterrizar en una comprensión superior. Cuando oímos frases como “escucha con todo tu ser” o “la comprensión intelectual no es comprensión verdadera”, se nos está invitando a abandonar la razón a cambio de lo que se siente como verdad. Pero la sensación de verdad no es lo mismo que el arduo trabajo de la claridad.
Y en ocasiones, ese anhelo de centralidad se manifiesta en la identidad. Reclamamos el dolor, el orgullo o la historia como una especie de capital moral. Decimos “mi gente” como si esa frase lo explicara todo. Y tal vez a veces lo haga. Pero cuando la identidad se convierte en escudo contra la crítica o en arma contra los demás, deja de ser pertenencia y se transforma en autoridad—en una lucha por quién tiene derecho a hablar, a tener razón, a ser visto.
Ni siquiera la razón queda inmune. Usamos la lógica no sólo para comprender, sino para protegernos de la incertidumbre. Discutimos no sólo para aclarar, sino para ganar. Y poco a poco, sin darnos cuenta, convertimos la búsqueda de la verdad en una actuación de control.
Todo esto es comprensible. El mundo es confuso. El yo es frágil. Y en el fondo, la mayoría de nosotros teme ser insignificante. Tememos ser una voz más entre la multitud. Un instante más en el tiempo. Una vida más que termina y desaparece.
Entonces buscamos autoridad. Si no podemos controlar la vida, tal vez podamos controlar su significado. Si no podemos escapar del tiempo, tal vez podamos contar una historia que perdure. Pero esto también es una ilusión—una que conduce al sufrimiento, al aislamiento y al conflicto.
Porque cuando todos son el centro de su propia historia, cuando cada grupo insiste en su propia verdad, cuando cada visión se proclama incuestionable—nadie escucha. Nadie cambia. Y nadie crece.
¿Pero qué pasaría si renunciáramos a la necesidad de tener razón, de ser centrales, de ser superiores?
¿Qué pasaría si no necesitáramos ser grandiosos para ser reales?
¿Qué pasaría si contáramos historias no para controlar la realidad, sino para compartirla?
Eso exigiría algo más difícil que la inteligencia. Exigiría humildad. La disposición a ser pequeños. A estar inseguros. A vivir sin autoridad y aun así vivir con sentido.
No es fácil. Todo en nosotros se resiste. Pero quizás ese sea el único camino que nos saca de la actuación y nos lleva a la presencia. De la ilusión a la claridad. No la claridad de los lemas o las doctrinas, sino la claridad de la atención—de ver sin necesidad de dominar lo visto.
No necesitamos ser dioses. No necesitamos ser héroes. Sólo necesitamos ser humanos—y dejar de fingir que ser humanos no es ya suficiente.
Bibliografía anotada
Arendt, Hannah: The Origins of Totalitarianism. New York: Harcourt, Brace & World, 1951. (Estudio fundamental sobre cómo la certeza ideológica y la identidad colectiva pueden erosionar el pensamiento, allanando el camino para la conformidad emocional y el control de masas.)
Beard, Mary: Twelve Caesars: Images of Power from the Ancient World to the Modern. Princeton: Princeton University Press, 2021. (Explora cómo se construyen imágenes e historias sobre los gobernantes para sostener la ilusión de autoridad divina o heredada.)
Frankl, Viktor E.: Man’s Search for Meaning. Boston: Beacon Press, 2006. (Reflexiona sobre la voluntad de sentido como impulso humano básico, especialmente bajo sufrimiento extremo, mostrando cómo la narrativa puede sostener la dignidad y la vida.)
Kermode, Frank: The Sense of an Ending: Studies in the Theory of Fiction. Oxford: Oxford University Press, 1967. (Analiza cómo las personas imponen comienzos, desarrollos y finales a una experiencia caótica, buscando estructura mediante el relato.)
Nietzsche, Friedrich: On the Genealogy of Morality. Traducido por Carol Diethe. Editado por Keith Ansell-Pearson. Cambridge: Cambridge University Press, 2007. (Sostiene que los sistemas morales surgen con frecuencia del resentimiento y de luchas de poder encubiertas más que de la virtud o la razón puras.)
Oakeshott, Michael: Rationalism in Politics and Other Essays. Indianapolis: Liberty Fund, 1991. (Critica el impulso racionalista de sistematizar la vida humana, advirtiendo contra el exceso de confianza en la razón como vía de dominio sobre la realidad.)
Todorov, Tzvetan: Facing the Extreme: Moral Life in the Concentration Camps. Traducido por Arthur Denner y Abigail Pollack. New York: Metropolitan Books, 1996. (Ofrece perspectivas sobre cómo la identidad y la moralidad se sostienen—o colapsan—en condiciones que despojan de toda ilusión, revelando los límites del relato.)
Wallace, David Foster: This Is Water: Some Thoughts, Delivered on a Significant Occasion, about Living a Compassionate Life. New York: Little, Brown, 2009. (Una breve meditación sobre cómo el pensamiento automático da forma a nuestra percepción y cómo la conciencia—no la autoridad—ofrece un camino hacia la libertad.)
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