
Pergamino del Silencio II
Oleo sobre lino
114 x 190 x 19 cm
2010
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Nota del autor
Este relato forma parte de un tríptico narrativo junto a In Tenebris [2021] y En la Oscuridad [2022], tres piezas que exploran un mismo juicio por asesinato desde ángulos distintos.
In Tenebris aborda la deliberación desde dentro; En la oscuridad propone una recreación abierta; Entre la ley y la conciencia retoma la experiencia desde una distancia reflexiva—para examinar lo que el sistema de justicia deja fuera.
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El juicio tuvo lugar siete años después del asesinato.
Costaba entender cómo algo tan grave había podido esperar tanto. No se había recuperado el arma. Los testigos ofrecían relatos confusos, entrecortados. La víctima tenía catorce años cuando recibió el disparo. El acusado—que apenas parecía superar los veinte durante el juicio—debía tener aproximadamente la misma edad entonces. Eran, en realidad, dos muchachos.
Lo que ocurrió en esos siete años—antes y después—nunca se abordó.
Se nos dijo que el crimen había surgido de una disputa territorial entre bandas juveniles. No fue un acto premeditado, sino una erupción de violencia nacida en un mundo donde, para algunos, sobrevivir ya es un trabajo diario. Niños—algunos aún en edad escolar—quedaban atrapados en espirales de represalia donde el miedo y la pobreza marcaban el ritmo de sus vidas. Nada de eso—nada de lo que pudiera explicar cómo germina la violencia donde desaparecen las opciones—formaba parte de lo que se nos permitió considerar.
Tal vez hubo procesos anteriores. Quizás el caso se inició en un tribunal de menores. Ocurrieron apelaciones. Testigos que se negaron a declarar. O quizá el expediente quedó sumergido, por un tiempo, bajo el peso del atraso judicial.
Para cuando nosotros—el jurado—entramos en escena, todo aquello ya no estaba. Nuestra tarea era empezar donde empezaba el expediente: en el hecho. Como si el tiempo no hubiera dejado huella. Como si esos siete años no hubieran erosionado la memoria, ni transformado al joven que teníamos delante.
La finalidad, en teoría, era determinar culpabilidad o inocencia.
Pero desde el principio se sintió como si nos pidieran aplicar una pregunta rígida a una situación que escapaba a ese molde. No era solo lo que había ocurrido—era también lo que no podía decirse.
Nos indicaron que debíamos ceñirnos a las pruebas. Y lo intentamos. Pero las preguntas volvían—suaves, insistentes. ¿Cómo no ver que se trataba de un homicidio entre adolescentes? ¿Cómo no percibir que el contexto ya venía sesgado en su contra? ¿Cómo no sentir que algo esencial había quedado fuera del encuadre?
Nadie habló del tiempo que el acusado pasó detenido—cuánto esperó para llegar a juicio, si le ofrecieron un acuerdo, si tuvo acceso temprano a una defensa adecuada. Y aquella expresión en su rostro—que algunos no supieron leer y que a otros les resultó inquietante—podía llevar trazos de encierro, de crecer dentro de un sistema que ofrece poco margen para la ternura. No lo sé. Pero seguía preguntándomelo.
A pesar del esfuerzo por mantener la disciplina, las preguntas volvían.
¿Qué posibilidades reales había tenido ese chico para escapar del destino que lo alcanzó? ¿Qué habría pasado si otras decisiones—las suyas o las de otros—hubieran sido posibles antes? ¿Era justo, incluso legal, juzgarlo sin considerar las condiciones que lo formaron?
Pero esos pensamientos no eran admisibles. No constaban en el expediente. Las instrucciones del juez eran claras: ese contexto, por convincente que fuera, no era pertinente. La justicia, se nos dijo, requería una visión en túnel—sin historia, sin tiempo.
Así siguió el proceso: objeciones, testigos, peritos, contrainterrogatorios. Nunca se encontró el arma. Tanto la fiscalía como la defensa tuvieron lapsos—momentos de fatiga, de titubeo. Pero lo que permanecía no era la solidez del caso, sino la sensación de que algo esencial quedaba sellado, inaccesible. Que la verdad entera—si es que existe—nos había sido vedada mucho antes de llegar.
Algunos jurados querían decidir pronto. Para ellos, las pruebas bastaban. Otros, entre quienes me incluyo, no estábamos tan seguros—no por simpatía, sino porque el caso se sentía incompleto. Volvía una inquietud tenue: ¿se nos pedía juzgar a una persona, o solo el contorno estrecho que el sistema nos permitía ver?
Durante la deliberación, la tensión aumentó. Un jurado dijo que la actitud retraída del acusado parecía un signo de culpa. Otro lo interpretó como agotamiento. No podía decirlo. Pero seguía preguntándome: ¿cómo luce la inocencia después de siete años de prisión preventiva? ¿Qué forma toma la presencia en alguien que ha vivido bajo sospecha constante?
Una tarde, antes de retirarnos, el más joven del grupo—apenas veinte años—habló. Su voz fue baja, pero firme:
« Yo también crecí en un barrio donde era más probable que te pararan por tu apariencia que por considerarte digno de cuidado. No sé si él lo hizo. Pero sí sé lo que es ser juzgado antes de saber quién eres. »
Nadie respondió. Pero algo cambió. El ambiente se volvió más reflexivo, menos a la defensiva.
Tardamos casi tres semanas en llegar a un veredicto.
No porque el caso fuera técnicamente complejo, sino porque todos—cada uno—tuvimos que enfrentar no solo los hechos, sino también nuestras propias ideas sobre la justicia. Las dudas persistieron. Las conversaciones fueron respetuosas, incluso silenciosas, pero pesadas. Como si la sala del jurado se hubiera convertido en otra cosa—un confesionario donde lo que revelábamos no era solo sobre el caso, sino sobre nosotros mismos.
Pensé en mi padre, que decía que la justicia debía ser ciega, pero no sorda.
Que hay que escuchar no solo lo que se afirma, sino lo que se omite. Ese recuerdo me acompañó mientras firmábamos el veredicto: no culpable.
Hubo aplausos contenidos del lado del acusado.
La madre de la víctima lloró.
Nosotros, el jurado, no sentimos alivio—solo el temblor de la incertidumbre.
El juez nos agradeció. Salimos por un pasillo estrecho, luego en un ascensor de servicio, y de allí, al exterior.
No sé qué fue de él después.
Tal vez se desvaneció de nuevo en los márgenes de una ciudad que ya lo había marcado. Tal vez intentó empezar de nuevo. No puedo saberlo. Pero sí sé esto: aquel juicio no trataba solo de un acto violento.
Trataba también de la violencia callada de la omisión—de lo que la ley, en sus formas, muchas veces se niega a ver.
Y es esa omisión—silenciosa, legal, sistemática—la que realmente pone a la justicia en el banquillo.
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Ricardo F. Morin
Bala Cynwyd, Pensilvania — 10 de julio de 2025
Editor: Billy Bussell Thompson
Tags: adolescencia, encarcelamiento, exclusión social, ficción ética, juicio moral, juicio por jurado, justicia, narrativa reflexiva, omisión, sala de audiencias, sesgo sistémico, Silencio, tríptico narrativo, violencia estructural
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