Una nota sobre la supervivencia, el sufrimiento y la esperanza de alivio
Por Ricardo Morín

Hoy cumplo 71 años, y quiero comenzar dando las gracias por vuestro buen deseo de cumpleaños. Recibo cada palabra con profunda gratitud y con plena conciencia de lo que significa llegar a esta edad, sostenido por mensajes que me abrazan en silencio.
Aún me asombro—no por ingenuidad, sino con mirada lúcida—de haber vivido más de cuarenta de esos años con VIH.
No ha sido una supervivencia sencilla. Ha sido una lucha titánica marcada por un sufrimiento constante: neuropatía dolorosa, diarrea crónica, diabetes, y una carga emocional que se ha incrustado en mi cuerpo. He resistido todo eso, sí—pero no sin consecuencias.
En esta etapa de mi vida, mi mayor deseo es poder acceder a un tratamiento que haga esta carga más llevadera. La buena noticia es que ese tratamiento ya existe, aunque todavía esté pendiente de aprobación para su uso ampliado: Capavir, una inyección semestral que podría aliviar parte del desgaste neurológico y gastrointestinal acumulado tras décadas de terapia. No se trata solo de un avance médico: se trata de una posibilidad de alivio. De descanso. De calidad de vida.
Capavir se promueve por su capacidad de frenar la propagación del VIH. Pero para mí, su promesa más urgente es esta: que pueda mejorar la vida de quienes hemos vivido con el virus durante décadas. Porque a estas alturas, ya no se trata únicamente de vivir más tiempo—se trata de vivir con más dignidad, con menos dolor, con mayor humanidad.
Así que hoy no solo marco un cumpleaños. Hoy celebro la claridad de seguir buscando alivio. Celebro no haberme rendido. Celebro el derecho que tenemos los sobrevivientes de largo plazo a una medicina que no solo prolongue la vida, sino que nos permita vivirla bien.
Porque a mis 71 años, después de todo lo vivido, sé con certeza: me lo merezco.
Leave a comment