« El arroyo de Erminio »

Ricardo Federico Morín Tortolero, Oakland Park, Fl.   29 de diciembre, 2024

Dedicado a la comunidad universal

*

En una aldea al borde de un bosque vivía una mujer llamada Eleni.    Desde muy temprana edad, una gran inquietud se agitaba en su interior.

Reuniendo fragmentos de las ideas de otros, encontraba refugio en libros y pergaminos.   Con cada respuesta que descubre, quedaban más preguntas.

“Eleni, ¿por qué nunca descansas?”, le preguntaban sus vecinos mientras la veían caminar por los senderos del pueblo.

“Porque algo me llama”, contestó ella.  “Siento un propósito, una verdad . . . .  Pero no sé dónde buscar”.

Un día, un peregrino llamado Damián llegó al pueblo.   Sus ojos lo iluminaban y noticias de su llegada se extendió rápidamente.   Eleni estaba ansiosa por conocerlo.

Cumplido su deseo, lo condujo a su estudio y le señaló sus libros y mapas.

“Me he dedicado a la indagación,” dijo mientras señaló las estanterías.   “Pero cuanto más investigo, más incompleta me siento.   Estoy llena de deseo, de vergüenza . . . .   Anhelo la paz.   Pensé que el conocimiento me daría plenitud.   Pero, en su lugar, siento un vacío.   ¿Cómo encontraron exploradores de la antigüedad su voz?”

Damián la miró y respondió:   “Tratas el conocimiento como grilletes.   Es sólo una piedra de toque; lo que necesitas es instinto.

Eleni frunció el ceño con incertidumbre.   “¿Qué quieres decir?

“Ven conmigo”, dijo Damián.

Caminaron hacia el valle y el aire se hacía más fresco con cada paso.   Encima de ellos, las águilas circulaban:   los chillidos, agudos pero distantes.   Eleni guardó silencio; su mente repasaba una y otra vez las palabras de Damián.

Llegaron a un claro.   En su centro se alzaba un árbol antiguo, cuyas ramas se extendían hacia el cielo y sus raíces se aferraban a la tierra.   Allí murmuraba un arroyo con aguas brillantes.

“Ésto”, dijo Damián, “es el ‘Arroyo de Erminio’.   Sus aguas contienen la sustancia de todas las cosas:   la verdad, cegadora; el misterio, cada vez más profundo; la ilusión, tentadora; la sabiduría, cambiante.   Cualquiera que participe puede vislumbrar su destino, aunque a menudo se encuentre más a la deriva que antes”.

Como hechizada, Eleni se arrodilló y miró el arroyo.   “¿Por qué alguien estaría dispuesto a someterse voluntariamente al abandono?”

Damián recogió una hoja y la dejó flotar en el agua.   La corriente la arrastró río abajo y la hizo girar en círculos perezosos hasta que desapareció.   “El conocimiento fluye como esa corriente”, dijo Damián, con los ojos fijos en el agua.   “Persigue cada onda y sólo te alejarás más de ti misma; las respuestas no están en la corriente, sino en cómo te acercas a ella”.

Eleni sintió que la frescura del arroyo la atraía.    Un pensamiento la retuvo:  “¿Cómo puedo dejarme guiar por los instintos?, preguntó, con su voz apenas audible sobre el bisbiseo del agua ondulante.

“Mira el árbol”, dijo Damián.

Eleni se volvió hacia él.

“El árbol no persigue el agua”, dijo Damián.   “Sólo toma lo que necesita y crece; y aunque estático, siempre está alcanzando.  Su confianza está en sus raíces.”

Una vez más Eleni se quedó mirando el árbol.   “Si el árbol sabe lo que es”, dijo, “¿cómo puedo confiar en mí misma, si no conozco mi instinto?

“El propósito”, dijo Damian, “no se puede encontrar.   Se forma con el tiempo.   Así como el árbol, tú tienes que estar anclada, y tus ramas tienen que alcanzar tu destino”.

Eleni lo miró.   “¿Qué quieres decir?” dijo.

Damián señaló el arroyo:   Las hojas flotaban; a veces se agrupaban; luego divergían.   “La humanidad es un espejo de reciprocidad.   En la armonía o en la enemistad, en la enfermedad o en la salud, en la pobreza o en la abundancia, nos vemos a nosotros mismos a través de los demás.   El arroyo no es sólo agua:   es una corriente de vidas compartidas, frágiles o fuertes.   Sólo interactuando con los demás sabrás quién eres y qué deberías ser”.

Eleni pensó en su pueblo:   en las bondades y las desavenencias que había compartido con vecinos, en cómo sus historias y sus luchas la habían moldeado.   Ahora, veía cómo los libros la habían consumido.

“¿Debo buscar la verdad fuera de mí?”, preguntó.

Damián sonrió.   “Sí, nadie puede llevar la corriente solo; la paz viene de estar juntos.   Crece cuando reconocemos que las vidas se rigen entre sí.” 

Eleni cerró los ojos y dejó que los sonidos del bosque (el arrullo del agua, el susurro de las hojas, el pulso de la tierra) entraran en ella.   En esa quietud, comprendió:   el anhelo no era sólo suyo; era el hilo de la existencia.

Cuando Eleni regresó a la aldea, brillaba en silencio.   Buscando la verdad, ya no estaría sola.

La vida de Eleni no era un punto final.

~

Editor, Billy Bussell Thompson, New York, NY.   29 de diciembre, 2024

*

Epílogo

Motivado por un ensayo histórico en curso sobre la autocracia y la democracia, ofrezco esta fábula como una meditación sobre el equilibrio entre la neutralidad y la vulnerabilidad.   La fábula refleja los desafíos de los prejuicios y la ignorancia personal.

Para mí, escribir es como estar al borde del arroyo Erminio, donde el pensamiento y la emoción se fusionan y fluyen como uno solo.   Durante años, me sumergí en la investigación y confundí la acumulación de conocimientos con su comprensión.   Me encontraba cada vez más aislado:   Me ahogaba en preguntas en lugar de animarme con las respuestas.   El verdadero significado apareció, y no en una búsqueda interminable de análisis, sino a través de conexiones, arraigadas en la empatía y en realidades vividas.   Al igual que Eleni, llegué a comprender que el conocimiento es una piedra de toque, no un punto final.

La neutralidad intelectual requiere moderación.   Es un esfuerzo deliberado por abordar las ideas sin prejuicios y escuchar en lugar de afirmar.   Es la práctica de ver la corriente sin dejar que te arrastre.   Pero ningún acto de creación puede separarse por completo del yo.   Escribir también exige vulnerabilidad:   el coraje de enfrentar los propios miedos y deseos.   La vulnerabilidad permite que estas verdades iluminen la obra como si la luz del sol brillara a través del agua.

La corriente nos invita a sumergirnos en ella, a buscar claridad, pero nos desafía a evitar que nos arrastre.   El acto de esforzarse es donde reside el significado:   el cuestionamiento, la persistencia y el crecimiento.

La neutralidad no es silencio y la vulnerabilidad no es rendición.

R.F.M.T.
Oakland Park, FL.   29 de diciembre, 2024

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